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México no se arrodilla ante EU, ya está postrado ante el narco
Oaxaca, Oax. 02 de marzo de 2013 (Quadratín).- Como cada sexenio en el que el presidente de la república en turno necesita un PRI a la medida de sus necesidades, el partido que regresó al poder presidencial iniciará su XXI asamblea nacional para adecuar sus documentos básicos al programa de gobierno. Se trata de un proceso que inició, sin dobleces, Carlos Salinas de Gortari cuando en la XIII asamblea de agosto de 1986 se inició el largo ciclo de subordinación del partido a la presidencia de la república en turno.
La XIII preparó la sucesión presidencial de 1987, es decir, abrió el camino para Salinas de Gortari con la modificación de los estatutos para incorporar el Plan Nacional de Desarrollo 1982-1988 como la propuesta de gobierno. En esa asamblea se dio el albazo para cerrarle las puertas del PRI a Cuauhtémoc Cárdenas y su Corriente crítica que querían abrir el proceso de elección de candidato. Al no encontrar espacios, Cárdenas y sus seguidores salieron del PRI.
La XIV asamblea de septiembre de 1990 fue determinante porque logró una negociación entre priístas con la cúpula presidencial: aprobación de las reformas privatizadoras, del ejido y del 130, a cambio de incorporar nuevos mecanismos de selección de candidatos rompiendo con el dedazo presidencial. la XV, que fue vendida como la refundación del PRI, se realizó en 1992 para preparar con la nominación de Colosio como candidato presidencial.
Las reformas posteriores se realizaron en el sexenio de Ernesto Zedillo, la XVI, XVII y XVII, con la XVII en 1996 como el punto de choque entre bases con dirigencias porque los priístas condicionaron la designación del candidato presidencial al requisito de un cargo de elección popular, circunstancia que no ocurría desde 1964 con la nominación de Gustavo Díaz Ordaz, que había sido senador de la república en el sexenio 1946-1952, durante el gobierno de Miguel Alemán Valdés. Los candidatos Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas y Zedillo, cinco aspirantes, carecían de cargo popular.
El albazo de la XVII le cerró los espacios de maniobra a Zedillo para poner como candidato a Guillermo Ortiz Martínez o José Ángel Gurría porque carecían de cargo y la nominación del 2000 le cayó a Francisco Labastida Ochoa, ex gobernador de Sinaloa, un político débil que perdió las elecciones presidenciales. Las asambleas XVIII, XIX y XX se realizaron ya con el PRI en la oposición, luego de haber perdido las elecciones presidenciales en el 2000. La XVIII del 2001 se perdió en la crisis de la derrota, la XIX en el 2005 fue operada por Roberto Madrazo para manejar a su favor la candidatura presidencial del 2006 que ganó pero perdió las elecciones constitucionales. Y la XX en el 2008 ya con nuevos liderazgos parlamentarios en el PRI logró reaglutinar el partido luego del fracaso de Madrazo y el hundimiento del partido al tercer lugar en elecciones presidenciales, pero perfilando ya al entonces gobernador mexiquense como el precandidato presidencial mejor colocado en las encuestas electorales.
La XXI asamblea nacional será la primera después de la recuperación de la presidencia pero estará marcada por la reforma de los documentos básicos para anular el mandato de anteriores asambleas de prohibir el IVA en alimentos y medicinas y la inversión privada en Pemex. Si se esperaba la gran asamblea para replantear el papel del partido a partir del regreso al poder, la agenda será mucho menor, circunstancial y determinada por la urgencia presidencial de esas dos reformas estructurales que tienen el candado de compromisos de campaña registrados en el IFE.
Algunos grupos priístas han comenzado a agitar las aguas, no tanto por la negativa a frenar esas reformas sino por la necesidad de que el partido vuelva a reformular su papel en la sociedad y por la pluralidad de grupos e ideas. El PRI como partido acumuló en las pasadas elecciones presidenciales de 2012 sólo 14.5 millones de votos y apenas el 28.9% y aumentó su tendencia con su alianza con el Partido Verde para consolidad 19.2 millones de votos y 38.2% de los votos. Pero como partido, el PRI no alcanzó a superar los 17 millones de votos de Zedillo en 1994, los 15 millones de Fox en el 2000 y los 15 millones de Felipe Calderón en el 2006.
El resultado directo –no consolidado– de las elecciones del 2012 fue un aviso para el PRI: a pesar del carisma de Enrique Peña Nieto, del derrumbamiento de Andrés Manuel López Obrador y de la sorpresa de Josefina Vázquez Mota y del saldo negativo de doce años de gobiernos presidenciales panistas, el PRI apenas pudo superar la raya de la sobrevivencia electoral: con los votos del Verde sumó un total de 19.2 millones de votos y alcanzó el 38.2% de la votación, poco más de un tercio del total de los votos. A ello se agregó también un equilibrio partidista en el Congreso, donde el PRI no pudo alcanzar la mayoría absoluta y se ha visto obligado a negociar votos con la oposición para aprobar decisiones legislativas.
Si la XXI asamblea nacional se circunscribe sólo a la reforma del IVA y del petróleo, el PRI habrá dejado escapar la oportunidad de replantear su reinserción en una sociedad que desconfía de los partidos y de partidos que están por encima de la sociedad. Al PRI le faltan ideas, un programa de gobierno y mayores compromisos con una sociedad que en las elecciones del 2012 le negó votos al partido y lo obligó a alianzas.
El PRI sigue siendo una estructura arcaica, corporativa, que se mueve por el reparto de posiciones de poder, en peligro de caer nuevamente bajo el control del presidencialismo y sin apertura hacia nuevos sectores de la sociedad –sobre todo los jóvenes– que irrumpieron caóticamente en las elecciones con una agenda distorsionada por la exposición mediática. Si el PRI no se nutre de nuevas corrientes y militancias, el PAN, el PRD y el movimiento de López Obrador, con todo y sus contradicciones y limitaciones, lo van a desfondar, a pesar del atractivo de posiciones de poder que ha recuperado el PRI con la presidencia de la república.
Hasta ahora, la actual dirigencia del partido –a cargo del ex gobernador mexiquense César Camacho Quiroz– no ha podido elaborar un discurso político ni centrar la asamblea en ajustes ideológicos en general y todo se ha reducido al IVA y al petróleo, sólo que con la circunstancia agravante de que el PRI corre el peligro de modificar sus estatutos pero perder las reformas en un legislativo que no quiere aventuras neoliberales y en las calles donde López Obrador prepara ya movilizaciones que pueden convertirse en obstáculos a las reformas.
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