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Tareas de Claudia sin AMLO: economía y Casa Blanca
+ Peña Nieto, factor PRI y reformas
+ La modernización puede no llegar
México, DF. 17 de febrero de 2013 (Quadratín).- El exceso de confianza de los priístas al regresar al poder presidencial comienza a toparse con las primeras piedras de los nuevos escenarios internos en el partido y en el gobierno. Por lo pronto, el punto que podría fracturar la coalición priísta sería el de las reformas estructurales en materia fiscal y energética por la reproducción del escenario de 1990-1993 cuando el gobierno de Carlos Salinas de Gortari liquidó el proyecto histórico del PRI para consolidar el proyecto de modernización neoliberal: los históricos contra los neoliberales.
Los primeros indicios han comenzado a notarse: las resistencias en el PRI a reformas de estatutos y programa de acción en la próxima asamblea nacional del partido, algo similar a lo ocurrido en la XIV y XVI durante Salinas y la XVIII con Zedillo, en las que las bases priístas resistieron la modernización y a Zedillo le pusieron candados en la designación del candidato presidencial exigiendo cargo previo de elección popular y con ello frenaron a los tecnócratas sin carrera partidista.
Como antes, ahora también los priístas estarían encontrando en el PRD e indirectamente en el MRN de López Obrador parte de la movilización para permitir que el PRI pueda terminar con el programa de exención de IVA a alimentos y medicinas y flexibilizar los capitales privados en Pemex. Así, de nueva cuenta van a enfrentarse en el PRI modernizadores contra históricos, lo que pudiera derivar en decisiones que impidan una modernización del sistema productivo y con ello mantener al país con un proyecto nacional poco operativo aunque funcional a vertientes políticas de corto plazo.
El proyecto de desarrollo del gobierno de Peña Nieto se forjó en función de mantener y profundizar la modernización del sistema productivo que inició Salinas de Gortari, apenas pudo sostener Zedillo por la crisis económica y que Fox y Calderón –a pesar de venir del PAN– carecieron de estrategia y fórmulas para avanzar. De ahí que el gobierno de Peña Nieto, por venir del PRI, podría tener la facilidad de avanzar en lo pendiente, aunque requerirá de habilidad para lidiar con los grupos priístas del pasado.
El problema de fondo radica en la inviabilidad del viejo modelo de desarrollo priísta basado en el Estado y en una política general de bienestar imposible de alcanzar por restricciones presupuestales y la multiplicación de los pobres, pero al ausencia de bases sociales modernizadas que pudieran impulsar una reactivación del desarrollo con cambios en la estructura productiva y sin modificar el carácter del Estado.
La lucha por la modernización se va a dar primero al interior del PRI entre y luego se va a trasladar a otro escenario priísta alterno: el del activismo del PRD y el partido de López Obrador porque los dos no sólo se consolidaron con ex priístas que abandonaron el partido –de Cuauhtémoc Cárdenas a Manuel Bartlett, por ejemplo– sino porque el proyecto comunista del viejo PCM también fue aplastado por el neopopulismo cardenista. Así, el PRD y el Movimiento lopezobradorista se van a colgar del debate priísta por el nacionalismo estatista para consolidarse internamente y para ganar espacios políticos públicos.
El nuevo presidente nacional del PRI, César Camacho Quiroz, no ha podido mostrar aún la astucia para operar la asamblea nacional priísta, aunque en el pasado las bases llegaron a rebasar a Luis Donando Colosio, a Salinas y a Zedillo para frenar reformas neoliberales. Los priístas suelen ser los militantes más disciplinados cuando son víctimas de la estructura piramidal autoritaria del presidencialismo y fieros diques de resistencia cuando ven que los consultan para cambios.
Salinas de Gortari pudo reformas la Constitución y el programa ideológico del PRI –relaciones con la iglesia, Estado y ejido, por ejemplo– cuando utilizó el poder de la presidencia para doblegar resistencias, aunque también tuvo la astucia de no estirar demasiado la liga y mantener la estructura corporativa del partido como parte de su fuerza operativa presidencial. Pero logró que el PRI firmara la iniciativa de reforma del 130 constitucional para reconocer a la iglesia católica, consiguió el aval de la CNC para privatizar el ejido y mareó a los priístas cuando logró borrar de sus documentos básicos el concepto de Revolución Mexicana para imponer el de liberalismo social como parte de la profundización del PRI en la ideología del capitalismo globalizado. Esa fuerza presidencial le permitió a Salinas superar el conflicto derivado del asesinato del neopopulista Colosio para imponer como sustituto al neoliberal Zedillo, a fin de que el proceso de reforma del proyecto nacional del PRI no regresara al populismo.
Ahora le tocara el presidente Enrique Peña Nieto conseguir la inmovilización de los priístas para permitir la segunda generación de las grandes reformas estructurales y para ello tendría que operar con energía la asamblea nacional priísta. Zedillo no pudo controlar el PRI y por ello se vio obligado a poner a seis presidentes nacionales.
La gestión de Salinas demostró que no se necesita de una asamblea nacional partidista para lograr reformas estructurales que modifiquen el pensamiento político histórico del PRI, sino decisión para mover los hilos del poder. La convocada XX asamblea nacional del PRI estaría metiéndose en problemas aun antes de enfrentar a los grupos por la sencilla razón de que la dirigencia nacional partidista ha permitido el litigio del IVA y de la reforma energética en los espacios de la oposición PRD-AMLO.
Salinas de Gortari pudo lograr sus reformas por el ejercicio autoritario del poder y por la habilidad para el manejo de la política de medios de comunicación. Zedillo no conocía los hilos del poder como para impulsar reformas, pero aun así logró introducir modificaciones fiscales y financieras obligando a los priístas a votar por ellas. Ahora el presidente Peña Nieto, que en lo personal tiene un apoyo lo suficientemente fuerte como para haber vencido en las elecciones presidenciales con fuertes oposiciones, tendrá que tirarse a fondo para desde ahora impedir debates desgastantes o apostarle a que los grupos tradicionales del PRI se consoliden e impidan cualquier reforma.
La viabilidad de la recuperación productiva del país se localiza en las reformas estructurales; sin ellas, el país se quedará en el estancamiento. Y el principal obstáculo se localiza en los grupos tradicionalistas, aunque los modernizadores carecen de fuerza y habilidad para alcanzar sus objetivos.
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