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Periodistas del New York Times podrán utilizar IA de forma legal
Oaxaca, Oax. 19 de diciembre de 2012 (Quadratín).-Debo reconocer aquí que soy un hombre del siglo pasado: aclaro, de principios del siglo pasado, me declaro inútil para trabajar con esta herramienta llamada computadora.
Lo que es más: debo aclarar que si no es por las mujeres que gobiernan mi entorno, yo sería un auténtico cero a la izquierda. No sería nada.
En la oficina es una mujer la que lleva el orden de mis actos, sin ella sería un fantasma que vaga sin rumbo fijo.
En la casa es mi hija y mi mujer quien gobierna mi vida, de lo contrario yo aparecería una mañana junto al mar sin tener más esperanzas en mis horas que la de llegar al mediodía.
Si se trata de hacer un movimiento bancario, soy una nulidad, nunca me sale mi firma igual a la que aparece en mi credencial de identificación y por eso la gente duda que yo sea yo: soy una mala imitación de mí mismo.
Durante muchos años de mi adolescencia y juventud traté de estudiar los secretos de la escritura en nuestro idioma, esa actitud ante la vida, el estudio, me hizo alejarme de la solución de los actos cotidianos como saber ordenar en un restaurante, elegir una película o hacer la fila en el lugar adecuado para pagar la luz.
Escribir o presentar un libro resultan ser más mi espacio. En el trabajo tengo cansados a todos: si se trata el asunto de escribir palabras eso no tiene ningún problema, pero si de obtener mi cédula de identidad hablamos, ahí es cuando el mundo se me derrumba y desde la noche anterior pierdo el sueño y me extravío.
Ya desde las últimas décadas del siglo pasado la vida se me hizo un infierno: había que saber manejar la computadora para poder mantenerse en el mundo del periodismo, la literatura.
Pero mis recursos son escasos, más bien nulos, en el mundo de la revolución informática. Mi ciencia sólo llega hasta la libreta y la pluma, y para usted de contar.
Bueno, la libreta y la pluma y la máquina de escribir mecánica; porque de las llamadas eléctricas mejor no hablamos. Nunca pude con ellas.
Tengo amigos que no saben encender una computadora. Pues yo sí la puedo llegar a encender, pero hasta ahí terminan mis grandes conocimientos. Tiene que llegar en mi auxilio mi mujer o mis hijos, de lo contrario me expongo a un infarto masivo al miocardio.
Para escribir mi literatura en la computadora no existiría problema alguno si yo poseyera sanos hábitos, pero no. Tengo que levantarme en las horas de la madrugada a escribir, para guardar lo escrito tengo que despertar a mi mujer o a mis hijos. Ahí es donde mi mundo se derrumba y termino la jornada como chamaco regañado: con la cara vuelta a la pared. Pero así es este mi negocio, qué se le va hacer. Esto acontece en mi vida por ser sólo un hombre del siglo pasado.