
¿Lealtad a quién?
Oaxaca, Oax. 14 de diciembre de 2012 (Quadratín).-Para los timoratos, la novela es una obra literaria en prosa o en verso en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres.
Esto para los timoratos, es decir, para los miembros de la Real Academia Española de la Lengua. Para el maestro Carlos Fuentes, novela es novedad. Y, en estricto sentido, los actuales novelistas del Continente pocas novedades nos traen con sus obras: todo es un repetirse incansablemente, hasta la eternidad, muy siglo XIX.
Milan Kundera, en Los testamentos traicionados, nos dice: consigo demasiado bien imaginar que la mayoría de la producción novelesca de hoy está hecha de novelas fuera de la historia de la novela: confesiones noveladas, reportajes novelados, ajustes de cuentas novelados, autobiografías noveladas, indiscreciones noveladas, lecciones políticas noveladas, agonías de la madre noveladas, novelas ad infinitum
Hasta el fin de los tiempos, que no dicen nada nuevo, no tienen ambición estética alguna, no aportan cambio alguno ni a nuestra comprensión del hombre ni a la forma novelesca, se parecen entre sí, son perfectamente consumibles por la mañana y perfectamente desechables por las noches.
Sin lugar a dudas, acierta Kundera: ubica perfectamente el núcleo esencial de toda obra narrativa llamada novela: una obra que ayude a la especie a la especie humana a la comprensión del hombre y, técnicamente, aporte un cambio a la forma novelesca.
Nos hemos perdido en tantas y tantas definiciones sobre la novela cuando la verdad estaba frente a nuestras narices. Recuerdo que algunos narradores sin juicio decían a los jóvenes escritores que una novela se definía por su extensión. Hablaban de una extensión entre 150 y 200 cuartillas. Nada más estúpido. Esto lo demostró Juan Rulfo.
La novela no se mide por su extensión, se pueden escribir miles de cuartillas de nada: digresión sobre digresión hasta la nausea.
Resulta necesario llegar a donde dice Kundera: develar el ser. Y el número de cuartillas utilizadas para tal efecto depende de la maestría con que maneje su arte el autor de la obra. No más. Hacer del lenguaje en sí personaje principal.
En México, a últimas fechas, se realiza novela del proceso electoral, novela de los movimientos sociales, novelas carentes en lo absoluto de ideas y de búsqueda estética. Pero esto ya es mucho pedir. Todos quieren estar al último grito de la moda. Nadie quiere o puede acercarse al alma humana. Aportar algo al conocimiento del ser. Y nadie, también, quiere pertenecer a la tradición de la novela. Como si la geografía de los hacedores de novelas estuviera sembrada de nuestros vivientes.
Novela es novedad que devela un misterio del ser y, al emitir un texto de conocimiento, entregar generosamente la voz al entendimiento del alma humana. Más allá de localismos, más allá de política momentánea. Más allá del entretenimiento mismo, que es la más cara moneda con la que hacen comercio los editores.