
Respuestas
Oaxaca, Oax. 12 de noviembre de 2012 (Quadratín).- El calor venía del estero. En las primeras horas de la mañana la luz a media calle era casi insoportable para los ojos que, con dolor, buscaban sombra en el interior de cualquier espacio, una habitación, un solar tapiado, la cocina.
__Hoy gano-, dijo la mujer.
Al amanecer, casi de madrugada, los dos hermanos entraron corriendo al billar. Ella, en el último año de escuela antes de realizar sus estudios en la ciudad. Él, con su cara llena de barros, aprisa todas las mañanas al ir a dejar el almuerzo a su padre en el limonar. Eran los dos hijos mayores de Antonio, el negro que construyó enfrente de la carretera el Billar El Tigre.
En la planta alta de su casa los dos hermanos escuchaban todas las noches los gritos de los borrachos que, abajo, tomaban tragos fríos y jugaban billar. No pegaban los ojos hasta que se apagaba el último rumor bajo sus camas.
___Mañana gano-, pensó la mujer antes de entrar al sueño.
La gárgara que hizo su padre en el patio, junto a la pila de agua, fue el inicio del día. A oscuras se vistieron y esperaron junto a la puerta de su recámara con el corazón latiendo desbocado que se apagaran los ruidos que hacía el negro antes de irse a la plantación de limones.
___Hoy le gano- se repetía ella junto a la puerta de su habitación.
Se escuchó el motor del camión y los dos hermanos bajaron a toda prisa por las escaleras de metal. El desvelo de la noche anterior les dejó en el cuerpo ansiedad por entrar al billar y ver lo que había quedado sobre las mesas de paño verde..
Cuando vendían bien sus limones, los negros de Santa Rosa de Lima gastaban el dinero en el billar. El pueblo no tenía para más, la iglesia, algunos depósitos de cerveza y la cantina de María donde los esperaban las putas de siempre. Era mejor visto por sus vecinos, por las negras habladoras, que gastaran su dinero en el billar. Antonio vivía con sus hijos y ahí no podían entrar las mujeres de la calle ni se podía organizar nada que fuera mal visto por los dos jóvenes. En el billar hora tras hora bebían cerveza y se sucedían las apuestas en las dos únicas mesas de juego. En las mallas de cada agujero guardaban lo apostado. Con buena venta las cantidades arriesgadas eran considerables; en la época de secas sólo cigarros de tabaco oscuro liados a mano, algún anillo de plata o un crucifijo hecho con diente de lagarto, nada más.
Pero cuando el bullicio y la luz que salía del Billar El Tigre permanecían hasta la madrugada, con toda seguridad eran los días de buena venta. Por eso se desvelaban los dos hermanos, para cuantificar con el ruido la ganancia de su padre, y de ellos.
Los negros de Santa Rosa de Lima prefieren la cerveza al trago fuerte. Ese era el último recurso de Antonio cuando su cuerpo, por el cansancio, ya no daba para más. Con su voz que espanta animales en el campo anunciaba:
___La casa paga esta tanda-, mientras servía el mezcal en pequeñas copas de barro.
Después de tomar durante toda la tarde cerveza helada no hay negro que aguante una copa de mezcal. Y al beber de la pequeña copa, uno a uno sin despedirse se marchaba a su casa. Dejaban todo: discusión, plática de negocios, apuestas.
Cada amanecer, cuando los dos hermanos cumplían con la primera obligación del día, limpiar el billar, encontraban auténticos tesoros.
La ambición la mataban de una forma muy simple, con un partido de billar. Quien ganaba sobre la mesa de franela verde tenía el derecho de escoger lo más valioso. Quien perdía cargaba con las sobras.
Fue así que un día ella, al perder, se llevó a su habitación una pequeña bolsa de gamuza que contenía pelos hirsutos y nunca entendió por qué los hombres traficaban con los pelos.
Otro día, su hermano, al perder, tuvo que cargar con un envoltorio que contenía un dedo meñique en estado de descomposición. No le dijo nada a su hermana y arrojó el pequeño bulto por el camino al limonar.
Pero había otros días para los hijos Antonio, cuando durante el aseo corrían generosas apuestas con las sobras que dejaban los parroquianos, cuando jugaban el partido que habían iniciado la noche anterior los señores.