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Rinden homenaje a José Emilio Pacheco con lectura poética en la UNAM
Oaxaca, Oax. 10 de junio de 2013 (Quadratín).- Me interesa saber quiénes somos y cómo vivimos. A veces pienso que somos casas muy grandes, con muchas habitaciones, y que los libros buenos son los que tienen que abrirte las puertas, otras ventanas y otras habitaciones en las que estamos habituados a vivir, esto se lee en la cuarta de forros de Segundo libro de crónicas, de Antonio Lobo Antunes.
Sí, este fue un escritor famoso de finales del siglo pasado. Llegué a leerlo cotidianamente en la contraportada de Babelia, el suplemento cultural de El País, diario español. El ejemplar que poseo tiene fecha del año 2005. La fecha de la primera edición consigna el año 2004.
Pasaron sólo ocho años y nadie habla ya de Lobo Antunes. De él se llegó a decir que era digno sucesor de José Saramago, en lo que a Portugal y su literatura y al premio Nobel se refiere. Ahora el nombre y la obra de este autor me resultan algo distantes, de otro tiempo, del siglo pasado. Muy en el olvido. Como asunto inventado por las casas editoriales. Pero Lobo Antunes fue un autor crucial para definir mi columna periodística y buena parte de mi narrativa, por ejemplo, esa mezcla que establezco entre lo urbano y el mundo rural.
Reconozco que vivimos un tiempo en que la industria editorial se convierte en la madrastra perversa de los escritores, se come a sus hijos. Y nos domina el gusto con un argumento sencillo, lo urbano y moderno. Ahí está el origen de la novela, como género literario ampliamente vendido, en aquel lejano siglo XIX. Siempre fue así. Aquí, y en todas partes.
Más en los países que vivieron en los inicios del siglo una propuesta editorial agresiva en ventas, publicaciones y autores. Y que tienen un origen campesino, como Portugal y España ¿Quién recuerda hoy un libro de Bernardo Atxaga, de Enrique Vila-Matas? Ahora se mandan a la trituradora tirajes completos, porque el libro y el autor no respondieron a las expectativas comerciales. Esto le ocurrió en estos días a Carlos Montemayor y a buena parte de su obra, por decir un ejemplo. En este tiempo de lo nuevo y lo inmediato comercializar libros en el mercado de pulgas resulta ya una actividad insana, bastante cargada de patógenos.
Foto: La Vanguardia