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Reforma de maíz transgénico: ¿camino a soberanía alimentaria de México?
Oaxaca, Oax. 5 de enero de 2013 (Quadratín).-A la manera de Mallarmé, como lo sostuviera en su obra José Donoso, estoy convencido que el mundo existe para llegar a un libro.
En estos tiempos que corren, donde la revolución informativa acorta el tiempo y la existencia misma de los seres humanos, esta afirmación podría tomarse como una verdadera declaración de guerra muy siglo XIX, pero no lo es. Si el hombre es tiempo y espacio, su momento histórico y el lugar en que habita, entonces es necesario fijar ese tiempo y ese espacio en que habitamos para dejar constancia de nuestra existencia.
No para ser vista por otros, sino para refrescarnos los días que están por venir. Fijar ideas, pensamientos y sentimientos para dejar constancia de nuestros días en esta tierra. Pienso por ejemplo en la Oaxaca nuestra. En la calle, la esquina, el barrio en que habitamos. En todo aquello que nutre nuestro cuerpo: el desayuno de domingo en casa, el guiso de la abuela, la comida que entrega generosa nuestra madre. Ese tiempo no puede pasar sobre nosotros sin que nosotros dejemos constancia de él.
Dejaremos constancia de su transcurrir cuando fijemos nuestra memoria en letra impresa, que es a fin de cuentas el descubrimiento más grande que ha realizado el género humano porque en la decodificación de ese artefacto llamado letra impresa, de ese objeto vil llamado libro, quien escribe logra abolir al hombre de la esclavitud a que está destinado por el tiempo y el espacio en que existe.
Sólo los dioses, las divinidades, pueden existir más allá del tiempo y el espacio. Pero el mortal, el hombre, ingresa al ámbito de lo divino cuando establece un mecanismo mediante el cual hace perdurar su existencia, la escritura.
El escribir está más allá de un viaje a la luna, del descubrimiento y el desarrollo de la energía nuclear o de los misiles aéreos que se pueden trasladar a miles de kilómetros con tan sólo oprimir un botón.
Más allá la computadora misma, esa magia de ensamblador que nos venden a cada esquina. Porque la ciencia misma deja al hombre fijado a un tiempo y un espacio: la ciencia, ese argumento pueril de dioses con pies de barro y sueños de nuevo rico.
Tan románticos nosotros, tan manirrotos, que guardamos en algún lugar de nuestra casa el libro aquel donde escribimos el nombre de nuestra primera novia de secundaria. La flor que nos regaló esa niña y que pusimos entre las páginas de ese libro. Un día cualquiera, sin pensarlo, abrimos el libro, algún poemario de Neruda, algo de Gustavo Adolfo Becker, por escribir dos nombres, y llega inmediatamente frete a nosotros esa sonrisa fresca, la cintura breve, los pequeños pechos beligerantes, y con tan sólo el recuerdo de esa pequeña se evapora el dolor de los riñones en nuestra espalda, la tos que nunca nos abandona, la caspa fiel.
En ese instante habitamos otro tiempo y otro espacio, somos dioses con buena memoria. Por eso creo que no es desmesura decir que el mundo existe para llegar a un libro. La lectura nos libera de nuestro cuerpo mismo, cuerpo ruin, cuerpo cobarde que se somete al tiempo, al maldito lugar en que habitamos y nunca podremos abandonar.
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Este sábado 5, en la biblioteca pública municipal Profesor Ventura López, tendré la oportunidad de presentar el libro La casa del jaguar. A partir de las 12:.00 del día los esperamos en la calle Macedonio Alcalá s/n, casi esquina con Juventino Rosas, colonia Emiliano Zapata, en la agencia municipal de San Martín Mexicana. La entrada es gratuita, me dará un gusto enorme saludarlos.