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Para César Alejandro
Oaxaca, Oax. 08 de octubre de 2012 (Quadratín).-En medio de un campo enorme rodeado por la selva, cerca del mar, del tumbo de la ola, está una feria. Los juegos mecánicos que la componen son tres: una rueda de la fortuna, un tiovivo y las sillas voladoras; también un juego de lotería.
Los hombres manchados de grasa llegaron como quien se acerca a una casa a pedir caridad para luego continuar el camino, mendigos, indigentes.
En silencio hicieron su trabajo. Golpe tras golpe, a marrazos, levantaron la estructura metálica de la que salió la rueda de la fortuna. También, a marrazos, surgió en el campo grande el carrusel.
Los camiones que trajeron a toda esta gente, que llegaron hasta aquí con todo este ruido de marros y barretas, se diría, por su apariencia, que transportaban pesares, penas, desgracias. Pero de esos carros y esa gente una a una fueron saliendo las sillas que no traían patas sino cadenas. Y los focos, tanta luz.
Los hombres de la feria son los únicos que se han acercado a la mitad del día hasta el campo grande en pleno sol de marzo. No pidieron nada, no dijeron nada, hicieron su trabajo.
Nadie se dio cuenta, ni recuerda, el momento que la feria quedó erigida. Fue ya al entrar la noche cuando los cientos de focos de la rueda de la fortuna, al girar, convocaron a la gente.
Primero llegaron los niños, de unos diez, doce años, luego, los padres jóvenes cargando a sus hijos en brazos. Vuelta tras vuelta, y a bocinazos, la enorme rueda hace que todos tengan la cabeza levantada hacia el cielo. Entonces, no faltó el adolescente que pidió el primer boleto.
En tanto, los niños desde los brazos de sus padres acariciaban la reluciente cabeza de un conejo, de una jirafa, de un elefante. Olía a pintura fresca y a tierra suelta.
Con la noche el hombre de la lotería trajo con su voz la dicha de la buena suerte. Las madres se juntaron en los asientos de madera para pedir su tabla de sortear, sus granitos de maíz para marcar las figuras.
Ollas de peltre, cubetas de aluminio, jarras de vidrio, relojes de pila, flores, vasos y muñecos de peluche eran la ambición de las mujeres,
Salió la luna llena, enorme: sólo ella estaba por arriba de la rueda de la fortuna. Enfrente también se podía mirar la playa enorme, blanca. Y el mar era sólo un recuerdo. La vida se mantenía sobre tres juegos mecánicos, sobre la luz de los focos en medio de un campo enorme rodeado por la selva.