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México no se arrodilla ante EU, ya está postrado ante el narco
Oaxaca, Oax. 9 de septiembre de 2012 (Quadratín).- Hay una realidad de la política de nuestro país que se manifiesta en lo inmediato ante nuestros sentidos, que tal vez requerirá de un esfuerzo de razonamiento que intentaremos en estas páginas, que consiste en que la política practicada en nuestro país, en los últimos tiempos, se ha vuelto una actividad lucrativa, en un negocio, en donde se privilegian los intereses individuales y particulares y que ha hecho desaparecer el objetivo fundamental de la política que es la búsqueda del bienestar común. Si Platón, Aristóteles, Polibio, Vico, Cicerón, Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Kant, Marx, Gramsci, incluyendo a Bobbio vivieran se morirían de vergüenza por la degradación de la política, porque ellos vieron en ella la más excelsa de la actividad del hombre para vivir en común y en condiciones de libertad e igualdad.
Para algunos esta situación se debe a que nuestro tiempo, que le llaman posmodernidad y que ésta ha producido una realidad cuya base es el egoísmo y el interés particular. Para explicar esta situación baste citar el libro Ética Posmoderna: 2005 del escritor Zygmunt Bauman, quien sostiene que en nuestros tiempos, se ha deslegitimado la idea de un auto sacrificio, la gente ya no se siente perseguida ni está dispuesta a ser un esfuerzo por alcanzar ideales morales ni defender valores morales; los políticos han acabado con las utopías y los idealistas de ayer se han convertido en pragmáticos. El más universal de nuestros eslóganes es sin exceso. Vivimos en la era del individualismo más puro y de la búsqueda de la buena vida, limitadas solamente por la exigencia de tolerancia (siempre y cuando vaya acompañada de un individualismo autocelebratorio y sin escrúpulos, la tolerancia solamente puede expresarse como indiferencia). La época posterior al deber admite apenas un vestigio de moralidad, una moralidad minimalista; situación totalmente novedosa, de acuerdo con Lipovetsky, quien nos insta a aplaudir su llegada y regocijarnos por la libertad que ha traído. Estamos pues en la época del aquí y ahora, de vivir el momento, de no asumir responsabilidades ni como ciudadanos, ni como gobernantes e incluso ni como seres humanos. Nos estamos acercando más a las bestias en cuya vida no cuentan los valores, las razones, mucho menos la historia.
No nos dejemos arrastrar por los signos de los tiempos y demostremos que podemos cambiar el curso de la historia, así, debemos de dar la lucha no sólo en la praxis política sino también en el universo teórico y filosófico de la política. Incluso uno de los más grandes teóricos de la política, que ha sido reducido a una cuestión ética moral, como es Maquiavelo así, estos reduccionistas han ubicado su teoría en sólo autonomía de la política, la supeditación de la moral a ella y la doctrina más conocida de Maquiavelo de que el fin justifica los medios. Hemos revisado a profundidad la obra del gran florentino y nunca expresamente Maquiavelo sostuvo esta tesis.
Ya en Maquiavelo tenemos una descripción del hombre, siguiendo a Valeriu Marcu en su libro Maquiavelo. La Escuela del Poder: 1967; nos dice que la lucha que agita al mundo, la inquietud que colma los días, las amarguras que agostan las ciudades y las aldeas, anidan y crecen en el pecho del individuo. El mundo es impulsado hacia lo grande y hacia lo general por las mismas pasiones que mueven al hombre aislado hacia lo pequeño y particular. El hombre vive a través de los siglos en perpetuo estado de guerra. Su existencia es el ruido permanente de la desarmonía. En las desgracias la gente se aflige sin límites, pero se cansa también de la felicidad. Cuando la felicidad es dada a los hombres, se hinchan de vanidad y orgullo, atribuyéndolo a sus virtudes y llegan a ser insoportables para los que les rodean. Cuando la desgracia hace presa en ellos son despreciables y se les puede comprar por un precio ridículo.
Tanto en la desgracia como en la felicidad, los hombres son empujados por un furor ardiente, por un profundo apego a la vida. Por eso siempre están dispuestos a la lucha. Si no luchan por necesidad luchan por ambición, la cual nunca les abandona sea cualquiera la altura que hayan ascendido.
No hay vencedores, nos sigue diciendo Marcu, satisfechos ni saciados durante mucho tiempo su deseo de conquistar es insaciable y mayor aún que la posibilidad de satisfacerlo. El descontento lo determina todo, y lo que siempre produce efecto; una parte de la humanidad quiere poseer más de lo que tiene, mientras la otra tiene miedo de perder lo conquistado. Así se llega a la enemistad, a la guerra, a la ruina de un país y a la elevación de otro. Y, sin embargo, estos merodeadores y aprovechados son muy simples. Obedecen en alto grado a la fuerza del momento. Se parecen a esas pequeñas aves de rapiña, a las que les domina tanto el deseo de la presa, que no advierten la presencia de sus hermanas mayores, también aves de rapiña, cerca de ellas, para matarlas. La experiencia de sus antepasados o de su razonamiento no puede impedir que fracasen; porque son indolentes y viven con la mano en la boca, nunca creen que les pueda pasar algo distinto hasta lo que ahora les ha pasado, y casi siempre recorren los caminos allanados por otros. Su obrar es sólo imitación. La pregunta es si este tipo de ser humano tiene remedio, nosotros pensamos que si y puede ser a través de la política.
Foto: Ambientación