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Tareas de Claudia sin AMLO: economía y Casa Blanca
Oaxaca, Oax. 17 de febrero de 2013 (Quadratín).- Cuando Octavio el gran gobernante romano, dijo las siguientes palabras: ojalá se me permita consolidar en su asiento una República sana, salva y obtener de ello el fruto que deseo, el que se me llame autor del sistema perfecto, que al morir me lleve conmigo la esperanza de que los cimientos de la República que he construido permanecerán firmes (Suetonio. Vida de los césares. Alianza Editorial. Madrid, 2010.p.166), nos está señalando que el objetivo primario de todo gobernante es el fortalecimiento, institucionalización, desarrollo y nutrición de las fuerzas del Estado. Entendió perfectamente que sólo el sistema perfecto será capaz de hacer perdurar aquellas normas, procedimientos, dispositivos, instituciones y valores que hacen posible la existencia de una sociedad vigorosa y sana en bien del i dividuo.
El gobernante moderno deberá de entender que es un constructor y maestro de los cimientos y estructuras del Estado, además de un promotor de una disposición civilizatoria, el mismo Suetonio nos testimonia que: en la lectura de los maestros griegos y latinos no perseguía nada con igual interés que las máximas y ejemplos útiles para el Estado o las personas, y enviaban muchas veces estos pasajes copiados al pie de la letra a sus familiares, a quienes regían los ejércitos y las provincias o a los magistrados de la ciudad, según el consejo que cada uno necesitase (Suetonio.op.cit.p.215).
Es pues la organización política de la sociedad, que es el Estado, el fin principal de los gobernantes, pues sólo a partir del Estado será posible alcanzar una robusta y sana sociedad y lograr la felicidad de los ciudadanos. La fortaleza del Estado tiene su límite y es precisamente no dañar a las sociedades y a los individuos en sus más elementales derechos. Los gobernantes que han privilegiado a la sociedad antes que al Estado han cometido una terrible equivocación. La invocación histórica al Estado totalitario o absoluto ha sido un recurso cotidiano de los anti estatistas. Los liberales, después de todo, han reconocido de la necesidad de un Estado vigoroso pero no totalitario.
Esta falsa dicotomía entre Estado y Sociedad, nos lleva a plantear la diconotomia entre razón y voluntad; entre razón y destino. Más de las veces se quiere asemejar al Estado como racionalidad y a la sociedad como el espacio de la voluntad. Los que simpatizan con la subjetividad, regularmente son antiestatistas y más proclives a tesis
libertarias que a tesis de seguridad de la sociedad y de los individuos.
Dentro de la dicotomía entre Estado y sociedad también se encuentra la dicotomía entre naturaleza y razón, por ello, parafraseando a San Agustín se puede decir: levantad las barreras del Estado y por ende de la ley, y se pondrá de manifiesto toda la capacidad humana para hacer daño y toda su necesidad de complacencia. También Freud nos dice que vivimos a merced de los instintos básicos y brutales que hemos heredado de nuestros antepasados animales. Si bien la civilización doma el salvajismo que llevamos dentro, pero no elimina los instintos, para ello necesitamos del Estado para moderar esos instintos y que no dominan en la Sociedad.
Por otro lado, como no hemos encontrado el orden justo de la sociedad por sí misma, necesitamos del orden que impone el Estado en beneficio de todos. La vieja eunomía griega es un imperativo en el mundo social de hoy. Por eso, no nos podemos dar el lujo de regresar a una concepción interpersonal de la justicia, que se dirimía entre individuos y abandonar a su interpretación a través de una serie de normas construidas a través de la historia humana. La fuerza del Estado con justicia tiene la característica de la impersonalidad y del pensamiento abstracto.
La historia enseña que las sociedades sólo funcionan cuando hay mecanismos de reparto del poder o cuando se acepta la concentración del poder a cambios de otros beneficios, que pueden ser la protección o la prosperidad.
Los dos casos, la universalidad y generalidad de la justicia y como bien del Estado, así como del fenómeno de la distribución o concentración del poder, son hechos que consolidan al Estado y fortalecen a la sociedad; nada más de imaginar que la justicia sea un bien privado, significa lesionar gravemente el bienestar del Estado y de la sociedad.
Si bien es cierto que el Estado actúa bajo supuestos racionales, no se pueden olvidar, que como constructo humano, tiene mucho de resultado de la voluntad e incluso de la místico. Durante tiempos antiguos, Sófocles, en su Edipo rey, nos enseña que es un error creer que la racionalidad en la vida conduce a gobernar nuestro destino, al contrario, la propia racionalidad nos somete bajo su gobierno.
Pura racionalidad y el sometimiento a ella es mala conseja para el gobernante, se necesita tentar a la voluntad y a su fuerza. La existencia de la tragedia y el lado trágico del poder nos recuerda de la importancia del papel de la voluntad en el destino de los gobiernos y de los Estados.
Es indudable que el Estado tiene su telos o un fin natural, este consiste observar su propio mantenimiento para el bien de la sociedad. El Estado, por tanto, es un fin en sí mismo, Pobre del gobernante que ignore esto. De este fin surgen los principios, las estrategias y los modos del poder.
Si bien es cierto que la tesis platónica, en el sentido de que la capacidad de la razón asegura la verdad y es capaz de transformar a la codicia humana se impuso a la actitud de Demócrito, que aceptaba la subjetividad y las contingencias de la existencia, hoy en día es aceptada la tesis de la importancia de ambas posturas.
Por otro lado, los romanos aportaron la tesis de que si bien la razón es la piedra angular del mundo natural y de los asuntos humanos, no se pueden olvidar, el papel del comportamiento, no es la voluntad o la fortuna, por si solas, las que pueden cuestionar la imperatividad de la razón. Así tenemos, la triada del buen gobierno: la razón, la voluntad y el comportamiento adecuado.
Se puede decir que el gobernante puede llevar una vida virtuosa y una vida libre de los caprichos de la suerte o de la fortuna, pero si conserva un buen ánimo en cualquier circunstancia, la circunstancia no tiene porqué afectarle. Así, el gobernante estará cumpliendo con su deber primordial: conservar la fuerza del Estado.