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México no se arrodilla ante EU, ya está postrado ante el narco
Oaxaca, Oax., 16 de diciembre de 2011 (Quadratín).- Manuel Toussaint, entre muchos otros viajeros que han visitado Oaxaca a lo largo de los siglos, dejo escrita su admiración por nuestra señorial ciudad capital e hizo merecidos elogios del color verde de nuestra cantera, que le da identidad, que define su esencia, que la hace sobresaliente, única e irrepetible: la famosa ciudad de Jade, por el bellísimo color de la piedra con que fue construida, atrapada en el vaivén de tenues matices entre verdes y azules.
A los ojos de propios y extraños, a veces las soleadas paredes de los edificios de Oaxaca asoman su cantera en ritmos de pistache; en tardes de lluvia emergen en destellos azules y grises que dibujan el mágico espíritu de una de las ciudades más bellas del mundo, como la catalogó recientemente Guadalupe Loaeza.
Hoy estoy profundamente triste. He visto que obreros trabajan en cubrir las venerables paredes del templo de San Agustín y del templo de las Nieves, destruyendo con ello la patina del tiempo y siglos de historia. Sus vetustos muros de cantera están siendo cubiertas por personas que pretenden modernizar la imagen de una ciudad, cuyo atractivo precisamente radica en su antigüedad.
Me pregunto si se actúa con bases solidas o si se respetan las normas de conservación, pero aun más importante, si así lo prefieren los habitantes de la ciudad.
El gobernador Gabino Cué es un hombre profundamente democrático y en ejercicio de esa libertad que el impulsa, solicito respetuosamente a la autoridad encargada de realizar estas obras que haga un alto y convoque a quienes tengan que opinar, especialistas, historiadores, colegios de arquitectos y desde luego a los habitantes de nuestra ciudad, para que participen, dialoguen y alcancen un acuerdo, si deben o no continuar estas obras.
Nuestra ciudad, que ha sido considerada como Centro del Universo por D. H. Lawrence y Elliot Weimberger y que ha maravillado al mundo durante siglos, bien merece que reflexionemos unos días sobre ella, sobre la conservación de su belleza, que debe ser eterna, como lo es nuestro Dios nunca muere.
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