Hoy; cuando la pérdida intencional de valores y principios nos han conducido a un sendero oscuro y peligroso por el cual todos invariablemente transitamos, resulta necesario hacer una pausa en el camino que nos permita reflexionar sobre el tipo de sociedad que deseamos heredarle a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.
Habremos de reconocer, que estamos inmersos en una cultura en donde se nos ha hecho creer que sólo la fama, el dinero y el poder son los únicos medios para obtener el respeto y el reconocimiento de la sociedad; nada más falso que eso. De ahí que muchos aspiren a ser famosos antes que ser apreciados, a tener dinero antes que ser felices y a tener poder antes que ser amados.
Vivimos en un mundo sofocado por las mentiras; creemos más en la ciencia que en los valores espirituales, obligándonos a alimentar nuestras almas con cosas que la mayoría dice que son verdaderamente importantes, mientras vamos muriendo poco a poco, porque no llegamos a comprender lo que sucede a nuestro alrededor, a sabiendas que estamos siendo obligados a hacer cosas que no habíamos planeado; pero aún así no somos capaces de dejarlo todo para dedicar nuestros días y nuestras noches a la verdadera felicidad: la familia, la naturaleza, nuestro prójimo y nuestro entorno.
Nos encontramos presos de nosotros mismos; compitiendo interminablemente con la sombra de quien va adelante, no para superarlo, sino para impedir que este avance. Buscamos el evento que nos ofrezca notoriedad y no el espacio que nos otorgue paz.
Deseamos tener, antes que sentir. Estar antes que ser. Adquirimos poses que proyecten lo que pretendemos ser y en esa lucha acabamos por aparentar lo que no somos, terminando de paso por perder nuestra propia identidad.
Vivimos añorando que el futuro nos traiga lo que tanto ambicionamos, y en ese afán no nos damos cuenta los obsequios que el presente nos está ofreciendo; caminamos de prisa, dormimos poco, saturamos nuestra agenda, comemos, no nos alimentamos, leemos, no nos cultivamos, tenemos colaboradores, no amigos, vivimos presos del tiempo y al final decimos que no sabemos qué es lo que nos pasa pues el sentimiento de insatisfacción es el que prevalece.
Por eso, cuando vemos ejemplo de vida, que nos dicen con sus actos y con sus obras de que un mundo mejor es posible, no nos queda más que reconocer esa esperanza de que las cosas aún se pueden cambiar.
De que hay personas que no han perdido la capacidad de elegir lo excepcional, sobre lo mejor. Compartir, antes que recibir, caminar en sentido contrario a lo que dicta la moda sin perder su autenticidad. Y de pasar por la vida sembrando, lo que sin duda un día, como hoy, les tocará cosechar.
Por eso mi gratitud y la de Convergencia, a Abril Itandehui, a Mario y a Rubén, por aceptar, con esa humildad que los caracteriza y que además me consta, este reconocimiento que no es sólo de un instituto político promotor de los valores y principios, sino especialmente de una sociedad ansiosa de tener más ejemplos de ciudadanos comprometidos y honestos como lo son ustedes. Gracias, de verdad muchas gracias por su aceptación.

¡Muchas gracias!
Oaxaca de Juárez, Oaxaca a 11 de diciembre de 2009