
Desaparecidos, herida social del fracaso en seguridad 2006-2025
El fin de las elecciones
OAXACA, Oax. 29 de noviembre de 2015.- De nuevo, los ciudadanos oaxaqueños estamos ya en el proceso electoral para la renovación de los integrantes de los poderes públicos, desde el cambio del gobernador, de los legisladores hasta de los concejales de los ayuntamientos. Apenas se tienen escasos veinte años que hemos privilegiado la vía electoral para acceder a estos poderes, desde la reforma electoral de 1995 y de sus constantes perfeccionamientos en 1997, 2001, 2008, 2012 y 2015.
La vía electoral se da porque se cumple con un primer principio de toda elección: la incertidumbre sobre sus resultados. En sentido contrario, cuando los resultados se conocen de antemano, regularmente por la hegemonía de un solo partido, el cambio de estos poderes obedece a otra lógica y no a la competencia entre los partidos. Hoy podemos afirmar que las elecciones son un verdadero campo de batalla para acceder a estos poderes públicos.
El proceso de institucionalización de las elecciones no nos permite afirmar que en Oaxaca esté ya vigente un régimen democrático, sólo nos permite afirmar del arribo de la pluralidad al estamento gubernamental, es decir, los gobiernos ya no son de un solo partido, sino de una diversidad de partidos.
Este fenómeno político en lugar de enriquecer a nuestros gobiernos, haciéndolos más honrados, eficaces y más responsables, nos encontramos ante el fenómeno contrario, son más corruptos, ineficaces e irresponsables. Lo único que ha sucedido es que el estamento gubernamental se hizo más numeroso y más diverso.
Se está ante el hecho de tener un mayor y diverso estamento gubernamental, pero a la vez poderosa y rica en poder y en recursos económicos. Tenemos pues, gobernantes muy ricos y un pueblo muy pobre. Algunos pueden decir que esto siempre ha sido así.
Podemos aceptar que la política gubernamental siempre ha sido la vía para acceder a mejores niveles de vida, incluso, en Oaxaca, ha sido la única vía. Sin embargo, los gobernantes eran más pocos, sus recursos, por regular nacían de sus vínculos con la Federación y no del Estado, pero lo que sí se puede afirmar es que eran más cautelosos con la utilización de los recursos públicos y más eficaces en las labores gubernamentales.
Si la movilización social, es decir, la capacidad que tienen las personas de escasos recursos para acceder a mejores niveles de vida; en México, sólo tres de cada diez personas cambian de situación de vida al llegar a la edad adulta, en Oaxaca es de diez por cada cien. Es decir, sólo diez personas de cada cien tienen la posibilidad de mejorar su vida y la vía que escogen es la emigración, la política gubernamental y la lucha social, algunos escogen, lamentablemente, la delincuencia organizada. La actividad económica y la profesional están muy limitadas para los oaxaqueños.
Si nuestro régimen político no nos da para mejorar nuestra vida y si en cambio, es fuente de riqueza para los gobernantes, por qué asistir a las elecciones de nuevo. Desgraciadamente, no se cuenta con otras alternativas. Para muchos oaxaqueños, en este cambio de personas en el gobierno, su única esperanza radica en contar con alguna persona que “se coloque bien” para irle a solicitar algún empleo.
Este pronto desgaste de la vía electoral para la formación del poder público, lo que considero muy peligroso y muy lamentable, se debe, a mi parecer a los siguientes factores y hechos en nuestra historia.
En primer lugar, en estos veinte años de primacía de las elecciones, los integrantes del estamento político son casi los mismos, se puede sostener que sólo han circulado, su movimiento son transversales y no horizontales. La falta de arribo de un estamento más comprometido con el pueblo oaxaqueño y más preparado para las tareas de gobierno, nos ha conducido a la permanencia de prácticas, costumbres y hábitos, no del todo, a favor de los ciudadanos y de los pueblos.
Se necesita de una política electoral que plantee un cambio profundo del estamento gubernamental y de la erradicación de esas prácticas tan nocivas de hacer política en nuestro Estado. Un candidato, los que andan en la palestra puede ser, que se proponga integrar a su gobierno, ahora si de verdad, a las mejores y a los mejores oaxaqueños, que integre en el Congreso a lo mejor de la representatividad de nuestros pueblos, en las presidencias municipales a los más comprometidos con la gestión más eficaz y honrada.
Sin el planteamiento de este cambio, las próximas elecciones nos parecen tan rutinarias, tan cotidianas, tan sosas. Las diferencias entre los candidatos serán por ello, sólo de imágenes, de historias diferentes, de género, de edad, de rostro, de estilo, porque el proyecto de Oaxaca caerá en los lugares tan comunes, tan falto de imaginación, tan repetitivo, que ya lo sabemos de memoria.
Así, hay candidatos que confunden la labor de un gobernador por la de un administrador, se ven a sí mismos como gerentes, administradores y no hombres o mujeres de Estado. No hay idea, no hay concepto, ni imaginación de Oaxaca. La pobreza conceptual denota pobreza para la acción. Necesitamos a alguien que venga a revolucionar a las rancias estructuras de poder en el Estado.
Las actuales condiciones del Estado, que son muy lamentables, ante la inercia de las cosas, se necesitan del hombre o mujer fuerte, se necesita del don de mando, en una sociedad tan desigual, el supuesto demócrata profundiza la corrupción y la ineficiencia, profundiza el proceso de desinstitucionalización del poder público, en cambio, el hombre fuerte, el bonapartista como le he llamado en otras obras, puede lograr la institucionalización de esos poderes tan lastimados por esta época.
Si se supone que estoy abogando por un tirano, nada más lejos, se necesita de un hombre o mujer que haga efectiva el Estado de derecho, para lograrlo en una sociedad desesperada, se necesita mano firme y con una idea acabada de Oaxaca.
La época en que se vive en Oaxaca, llena de contrastes y de injusticias, pero más de revoltijos, arrastra a los hombres, a los partidos y a los gobiernos. Con dolor profundo observamos a estos hombres, partidos y gobiernos, ser arrastrados cual papel por los fuertes vientos que hacen tambalear a nuestras instituciones. Estamos a punto de llegar a lo que Juárez definía como bandoleros, a todos esos gobernantes sin ideas de justicia.
Parafraseando a Fouché, el ministro de la policía de Napoleón, vemos a nuestro Estado ruborizarse de la depravación de su clase gobernante, de las estúpidas aberraciones de los secretarios y directores generales, así como de los integrantes de los órganos autónomos, de la licencia de los poderosos, en fin, de la imagen de la disolución indignante de las instituciones que nos heredaron nuestros mejores gobernantes.
Las elecciones tienen que volver a su autenticidad, llamar a la soberanía, al pueblo, que ejerza su mandato, y como un gran Dios devore a sus malos gobernantes y premie con la gloria a los mejores, sólo estos últimos merecen estar en la memoria de nuestra historia.