
Destaca Farid Acevedo influencia de masonería en origen de la UABJO
En 2012, como parte de una aventura personal y de autodescubrimiento de la capacidad de viajar solo, acudí a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que por diferentes voces de la literatura e instituciones académicas ha sido reconocida como la más importante del mundo de habla hispana, y que este año va por su edición número 39. En aquel año el país invitado de honor era Chile, y yo tenía por entonces un maestro chileno que me inspiró en la ciencia política, don Ricardo Yocelevzky, a quien le sigo agradecido, no solo por ser mi profesor en la UAM Xochimilco, sino por mantener conmigo una conversación abierta sobre los problemas de México y América Latina. Él también estaría en este evento como ponente de lujo sobre lo que significó para su país el golpe de Estado en contra del gobierno de Salvador Allende. Por ello, para mí, ir a la FIL fue la confirmación de que quería ser politólogo más allá del título universitario.
Fui también como aprendiz de reportero, incluso acreditado por mi UAM, que me brindó un gafete de prensa, pues ya había colaborado con el suplemento universitario. Ahí en la FIL descubrí que el amor a los libros no es solo una decisión personal, y mucho menos de “goce capitalista”, hoy que algunos juzgan el placer de imaginar únicamente como acto de consumo. El amor a los libros es también el diálogo en sus diferentes versiones, de las presentaciones de nuevas obras a los homenajes a escritores, pasando por los cuenta cuentos y las conversaciones con jóvenes, las pláticas de pasillo, los intercambios de opinión en la sala de prensa y los vinos de honor. Todo cuanto es posible en un escenario internacional dedicado a la lectura, y con ello a fomentar el pensamiento crítico y la discusión razonada, valor esencial en una democracia.
El homenaje al bibliófilo de aquella edición a la que fui como estudiante, aprendiz y viajero solitario fue para María Isabel Grañén, quien pronunció uno de los discursos más elocuentes que recuerdo sobre el amor a los libros, incluidos los sucesos sorprendentes, cruces inesperados, y guiños de su destino personal que la llevó a convertirse en una de las mayores promotoras de la cultura del libro en México e Hispanoamérica.
En particular, recuerdo la alusión al maestro Toledo, a quien agradeció el noble gesto de avisarle que había un montón de libros antiguos abandonados, que podían echarse a perder si nadie hacía algo por rescatarlos de unas bodegas de la universidad de Oaxaca, y que hoy conforman ni más ni menos que el acervo de la Biblioteca Francisco de Burgoa, una de las más bonitas de este continente, ubicada al interior del convento de Santo Domingo y referencia de la cultura que desde Oaxaca se proyecta al mundo. Este objetivo no hubiera sido posible sin el apoyo siempre valioso de Alfredo Harp Helú, que se interesó al mismo tiempo por el rescate de aquello que se queda cuando nosotros nos vamos de este plano, y que revela después lo que fuimos para bien y para mal.
El aprendiz va entre Expo Guadalajara y el hotel donde se hospeda en el centro de la ciudad, dando vueltas en una ciudad que no conoce, y donde de noche se confunde el mariachi con el sonido muchas voces.
En la sede del evento cada pasillo es un descubrimiento, y afuera la vida social de la Feria trasciende, pues el hotel sede es parte de esta dinámica en la que las conversaciones se acumulan entre cafés, vinos y caras conocidas, ya sea por lo que ha leído o ve por la televisión. El joven reportero espera a nadie en una antesala del Hilton, realmente solo descansa y abre uno de los libros que acaba de comprar, y de pronto ve a una cara conocida dando una entrevista, es María Isabel Grañén portando oronda un hermoso huipil oaxaqueño, en el que se entretejen hilos siempre blancos en combinación con tonos discretos. En la terraza del hotel, y pensando que quizá no haya otro momento para sostener una conversación con la bibliófila, el aprendiz se lanza al ruedo y le pide cinco minutos que terminan siendo media hora, hasta que el asistente de ella le pide que por favor continúen con la agenda del día.
Le pregunta por el probable contrasentido de recibir un reconocimiento por amor a los libros, y la respuesta pone en su justa dimensión el trabajo de preservar la memoria: “Es como una paradoja que hoy en día que los libros electrónicos están tan en boga y tan cuestionado el libro impreso, estemos incidiendo en abrir bibliotecas y en rescatar la memoria. Yo sí creo en la tecnología como una herramienta muy útil; es una realidad, ni siquiera está en duda, pero también creo que el libro impreso no va a morir jamás, porque es el soporte que aún sigue siendo el más duradero y también es la mejor manera de preservar el pensamiento humano. Creo que el libro va a ser mucho más revalorado y se va a convertir en un objeto mucho más preciado. El Everest que vamos a escalar y está en curso es el Archivo General del Estado de Oaxaca. Es uno de los archivos más importantes del país. Yo diría que después del Archivo General de la Nación es el más bello. Siglo XIX es fascinante, es un siglo riquísimo; incluso de siglo XX es maravilloso, muy completo”. La respuesta se ajusta al resultado, como sucede con los proyectos en los que Grañén va un paso adelante, pues concluyó en 2016 con la creación del Archivo General del Estado de Oaxaca, una sede digna que se encuentra en Santa Lucía del Camino, y ocupó un espacio público para engrandecerlo, justo en lo que los niños de los noventa conocimos como la Ciudad de las Canteras.
Entre otros reconocimientos merecidos, la Doctora recuerda a Francisco Toledo: “Desde hace veinte años que empezó el maestro Toledo con este impulso a la cultura y el arte para servir a la sociedad, creo que sí ha sido como una salvación para la ciudad. Una de las cosas que más nos motivan a seguir trabajando en este sentido, incluso en San Pablo, el proyecto más jovencito, es que, si son conciertos o un cuentacuentos, nuestros eventos están llenos. Pusimos en su inauguración unas estanterías con cuentos para reproducir un poco el placer de la lectura que se vive en la Biblioteca Infantil BS que está en el Barrio de Xochimilco. El resultado ha sido tan alentador que ya decidimos dejar un espacio permanente para los niños, a veces hasta se desbordan y no caben dentro del espacio. Lo importante es hacer llegar los libros”.
La pregunta obligada para una bibliófila como ella es sobre sus libros favoritos: “Qué difícil pregunta (risas). Si son libros consentidos, creo que destacan los primeros impresos mexicanos del siglo XVI. Especialmente los que salieron de las prensas de Antonio de Espinoza, un impresor que llegó a trabajar primero con Juan Pablos y luego, en 1560, abrió su propia imprenta. Es un Señor Impresor que uno cuando ve los libros cuesta trabajo pensar que se hayan hecho en México en el siglo XVI, son de una destreza y maestría impecables. Este personaje me ha cautivado, me persigue y me encanta”. Las alusiones siguen a Sándor Márai y Stefan Zweig, que le parecen valiosísimos en esta época. Finalmente, el entrevistador cierra como de costumbre, para usted, ¿qué significa Oaxaca en una frase? La respuesta, luego de un gran suspiro, es como un amanecer en Monte Albán: “Es mi vida, Oaxaca ha sido luz en mi camino”.
El universitario oaxaqueño se despide, la foto del encuentro sale borrosa en su cámara, una mala broma del destino; la Doctora le pide a su asistente que tome una con su teléfono, y la idea es compartirla de vuelta en Oaxaca. Esto no sucede y el encuentro queda en la memoria. La entrevista ve la luz en el número 26 de la gaceta Oaxaca en México, el diseño es austero, pero la portada portentosa: don Andrés Henestrosa mirando hacia el horizonte junto a un librero, sobre sus pies el pasto de una montaña zapoteca, la fotografía es de Blanca Charolet. Como María Isabel, el grande de Ixhuatán confirma desde el otro plano para nosotros: “Soy los libros que he leído”.
Este miércoles, María Isabel Grañén recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.
La UABJO la honra y se honra con ello a sí misma. Gracias, María Isabel, por enseñarnos que amar los libros es, además de encomiable, un proyecto posible.


