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En Oaxaca, hablar de la industria de la construcción es hablar de una estructura que sostiene al estado y, al mismo tiempo, lo fractura. Es una industria que levanta escuelas, caminos, hospitales, pero también una industria que reproduce silencios, exclusiones y violencias que se han normalizado durante décadas.
En ese territorio complejo, las arquitectas oaxaqueñas ocupan un lugar particularmente delicado: son necesarias para el desarrollo del estado, pero el estado no ha construido las condiciones culturales, institucionales ni laborales para que puedan ejercer plenamente su profesión.
La situación tiene dos frentes visibles y uno profundo.
I. El frente institucional, la sombra del incumplimiento histórico
Durante años, la obra pública en Oaxaca ha sido marcada por empresas comandadas por hombres que dejaron proyectos inconclusos, presupuestos evaporados y una estela de desconfianza.
Este historial, lejos de ser asumido por quienes lo generaron, ha sido proyectado injustamente sobre las nuevas generaciones de profesionistas, incluyendo a las arquitectas que hoy buscan incorporarse a la industria.
La paradoja es evidente: las mujeres cargan con la desconfianza que dejaron los hombres.
En licitaciones, concursos, supervisiones y mesas técnicas, la presencia de arquitectas es recibida con sospecha, como si su profesionalismo tuviera que compensar los errores ajenos. Se les exige demostrar más, justificar más, explicar más. La carga simbólica del incumplimiento masculino se convierte en una barrera cultural para ellas.
II. El frente laboral: violencia ejercida desde la propia institucionalidad
A esta desconfianza estructural se suma una violencia más reciente, más dolorosa: la ejercida por funcionarias de la administración pública, quienes reproducen prácticas de hostigamiento, descalificación y bloqueo hacia las arquitectas que trabajan en obra pública o privada vinculada al gobierno.
La contradicción es brutal: en un gobierno que se nombra transformador, las mujeres que deberían abrir camino lo cierran.
Las funcionarias que deberían garantizar condiciones de igualdad replican jerarquías patriarcales, pero ahora con rostro femenino.
Las arquitectas reportan gritos, descalificaciones, retrasos deliberados en trámites, exigencias fuera de norma, amenazas veladas y un trato que oscila entre el desprecio y la humillación. No es solo violencia laboral, es violencia simbólica, institucional y territorial. Es la negación del derecho a construir.
III. El frente profundo: un estado que abandona a quienes lo sostienen
Oaxaca es un estado con rezagos históricos: caminos que se desmoronan, escuelas que se filtran, hospitales sin mantenimiento, comunidades que esperan obras que nunca llegan. En este contexto, la industria de la construcción debería ser un motor de dignidad y desarrollo. Sin embargo, la ausencia de políticas culturales y laborales que integren a las mujeres como agentes centrales del desarrollo perpetúa el abandono.
La ecuación es clara: un estado que abandona su infraestructura también abandona a las mujeres que podrían transformarla.
Las arquitectas no solo enfrentan violencia; enfrentan un territorio que no ha sido diseñado para que ellas participen en su reconstrucción.
La falta de condiciones culturales —respeto, reconocimiento, formación continua, acceso a cargos de decisión, mecanismos de denuncia, protocolos de igualdad— se convierte en un muro más alto que cualquier obra pública.
IV. Nombrar para transformar: la palabra como herramienta de obra
Nombrar esta situación no es un acto de confrontación, sino de responsabilidad. La palabra es también una herramienta de construcción.
Decir que las arquitectas son violentadas por funcionarias no es dividir a las mujeres: es exigir que la sororidad sea práctica y no discurso.
Decir que las arquitectas cargan con la desconfianza que dejaron los hombres no es victimizar: es evidenciar una injusticia estructural; decir que Oaxaca vive en rezago no es pesimismo: es reconocer que el territorio necesita ser reconstruido con todas sus voces.
La transformación cultural que requiere Oaxaca no se logrará solo con leyes o programas; se logrará cuando la industria de la construcción reconozca que la presencia de las mujeres no es una cuota, sino una necesidad técnica, ética y territorial.
V. La voz de las arquitectas
Las arquitectas que leen el cerro para orientar una vivienda. Las que conocen la humedad por el olor de la tierra. Las que calculan estructuras mientras cargan a sus hijas. Las que supervisan obra bajo el sol del Istmo. Las que diseñan sombra en la Mixteca y agua en la Sierra. Las que sostienen la ética en un campo donde otros sostuvieron la corrupción.
Ese coro existe. Ese coro resiste. Ese coro exige condiciones.
Conclusión: construir condiciones para construir futuro
La situación de las arquitectas en Oaxaca es delicada, porque es estructural. Pero también es transformable.
Si el estado quiere superar el abandono y los rezagos debe comenzar por garantizar que las mujeres que diseñan, supervisan y construyen su infraestructura puedan trabajar sin violencia, sin desconfianza y sin obstáculos institucionales.
La hipótesis es simple y verdadera: sí se puede lograr el cambio.
Pero, para lograrlo, Oaxaca debe construir primero las condiciones culturales que permitan que las arquitectas —en todas las regiones, en todos los territorios— desplieguen plenamente sus talentos y capacidades.
Solo entonces la industria de la construcción será realmente una industria de futuro.