OAXACA, Oax. 1 de agosto de 2021.- En la infancia renegamos de la lectura; de adultos, también. En la infancia y la adolescencia
elegimos el espacio donde pasar las horas, el sitio donde desarrollamos la imaginación. En
casa de mis padres, en Tehuantepec, barrio Santa María, frente a la carretera, elegí la
ventana como el espacio de mi infancia.
La gente que nos ama, en la infancia, en la vejez, pide que nos acerquemos a un autor, un
libro que abra nuestro pensamiento hacia otras formas de mirar la vida, que derrotemos al
incivil que nos habita y logremos al fin compartirnos; para mí que el espacio que elegimos
en la infancia, aquel sitio de la niñez, sigue presente a lo largo de los años a lo largo de los
años en nuestra forma de pensar.
Corren días difíciles, bien mirado en todos los tiempos de la vida humana corren días
difíciles, la naturaleza humana es tan frágil -las palabras, los cuidados que nos otorgan los
padres confirma este saber de la fragilidad. Con el paso de los años descubrimos que un
libro es la puerta de ruta para lograr nuestros sueños; un libro trae saberes en la escuela, con
un libro llega cierto conocimiento de los amores, ¿cómo hacer para que niños, niñas y
jóvenes se acerquen a la lectura?
21de julio, 2021, tarde. En su Breve Historia de la Lingüística R. H. Robins, dice: “Durante
la mayor parte de nuestra vida aceptamos nuestro uso y entendimiento de nuestra lengua
materna sin ser conscientes de ello, sin comentarlo ni cuestionarlo. Los recuerdos de la
temprana infancia y la experiencia de educar niños pequeños nos hace tal vez ponderar
ocasionalmente la complejidad de la capacidad lingüística de toda persona normal; el

aprendizaje de una o más lenguas extranjeras después de dominar la lengua primera o
materna nos revela simplemente cuántos factores intervienen en la facultad humana de la
comunicación a través del lenguaje”.
Expresamos pensamientos y deseos, anhelos con palabras; el lenguaje escrito nada tiene
que ver con nuestra vida cotidiana, nadie dice vacuo o aeródromo, pero resulta que la
lengua vive de “prestamos” entre tradiciones escritas y orales que arman la voz popular que
utilizamos
Agradezco a los libros y a los autores la generosidad que me brindan para que yo sepa cada
día más de mi propio lenguaje; al leer sus obras me otorgan nuevas palabras que yo integro
a ese grupito de palabras primeras con las que salí una tarde de Tehuantepec. Con ellas, el
nuevo acervo, en el presente logro expresar mi entorno, a la gente que amo, aquello que
siento o requiero, lo que me incomoda.
Si no fuera capaz de expresarme con el lenguaje sería como un árbol, mudo y solo, lleno de
sentimientos.
El lenguaje facilita en nuestro desarrollo las características humanas necesarias para la
convivencia de individuos en sociedad como son la compasión y la empatía, nos vuelve
solidarios con las víctimas y nos lleva a poner resistencia a toda forma de la injusticia.
Sabiendo de las bondades del lenguaje que ya conocemos, de la importancia de incrementar
el montoncito de palabras con las que salimos de la casa materna, que la casa de las
palabras está en el libro, ¿por qué los padres se niegan a compartir la lectura con sus hijos?
Pertenezco a la generación de los 60’s del siglo pasado, soy hijo de una mujer analfabeta,
indígena, que enfrentó la viudez con amoroso trabajo para sacar adelante a sus cinco hijos;

soy lector, estoy agradecido con los días de la infancia. Los saberes no están en los libros,
están en la interpretación que llegamos a tener de nuestro entorno; tuve la fortuna de crecer
con el ejemplo de lo sencillo como modo de vida; con la lectura supe que a partir de la
forma sencilla uno se acerca a cierta forma de la felicidad.
El amor a los libros me lo enseñó una mujer analfabeta, mi madre.
¿Qué hace falta en casa para que un niño se convierta en lector? ¿Qué cuente con padres
sabios? No, que cuente con su espacio propio, un apartado rincón, una ventana, el patio
sembrado de piedras; que no esté vigilado ni castigado, los castigos generan la competencia
entre hermanos que, a su vez, hace a los seres amargos, limitados, rencorosos. Los niños
aprenden nuevos conocimientos porque el aprender está en la naturaleza humana; la misma
naturaleza humana que se funda en el sitio próximo -el lugar que elegimos.
La tarde del sábado entra una ligera brisa por la ventana, estoy en paz con las palabras, las
que traje desde la infancia y las que integro con lecturas, como lo estuve en la lejana
infancia, allá, en barrio Santa María. El timbre de la campana del nevero suena, entra por la
ventana, me devuelve la pregunta: ¿Por qué los padres no comparten con sus hijos la
lectura? Las palabras están en todas partes, para mi que son como el viento que entra por la
ventana; Poe dice que en el viento está el Paraíso.