CIUDAD DE MÉXICO, 23 de marzo de 2020.- La evidente dimensión global y local del virus que nos aqueja en los días que corren apenas puede ocultar el rostro del nuevo constitucionalismo que acelera su gestación. No es utopía.

Si dos guerras mundiales cambiaron el curso de la historia liquidando el viejo orden liberal individualista heredado de los siglos 18 y 19, ahora la pandemia está provocando la liquidación del neoliberalismo individualista financiero que emergió, a su vez, motivado por la crisis económica de finales de los años 80 del siglo 20, y nos ha subyugado en beneficio de unos cuantos.

Immanuel Wallerstein lo pronosticó de manera magistral: la caída del comunismo entre 1989 y 1991 traería, dijo, la debacle catastrófica del entonces triunfante capitalismo liberal y su transformación en algo inédito. Y hacia allá vamos.

Lo que llamó a considerar es que las civilizaciones conocidas siempre han tenido necesidad de aferrarse al Derecho –aun en estados de excepción o de emergencia– para sobrevivir.

Más todavía: de cada crisis histórica el Derecho se ha levantado de las cenizas de la anomia para consagrar el rumbo del subsecuente ciclo humano colectivo.

En nuestros días, la sacudida a las estructuras sociales es causa y consecuencia de los abusos oligárquicos multinivel, la transición entre épocas, la competencia geopolítica internacional entre actores superpoderosos (EU, China, Rusia) para prevalecer en el siglo 21, y la persistente tensión entre fuerzas dominantes y emancipadoras a todos los niveles.

En esos juegos el Derecho emergerá no solo para formalizar los acuerdos que en algún momento estabilice aquellos litigios sino para fijar los alcances y límites de los nuevos compromisos.

Más nos vale que tenga razón la fina inteligencia jurídica de Luigi Ferrajoli.

En todos los niveles y ámbitos de la vida privada y pública debemos.empeñarnos para que los valores y principios de la democracia se revigoricen y presidan la vida cotidiana.

Que el constitucionalismo democrático permee en las relaciones privadas y en las relaciones de mando y obediencia nacionales y supranacionales.

Sobre todo, que un constitucionalismo social multinivel redistribuye, como.ya lo estamos atestiguando, así sea a cuentagotas y en algunos casos, bibliotecas virtuales y muchos otros bienes y servicios públicos y comunes que son de todos los humanos y los no humanos.

En particular, que reparta alimentos, agua, aire, salud, educación, vivienda, dinero, trabajo e ingresos.

Que la crisis forje conciencia y obligue a construir y fortalecer nuevas formas de control y equilibrio de los poderes formales e informales, y que para ello comencemos por la vida privada propia y la de nuestra interacciones y contextos inmediatos.

Estamos ante la primera oportunidad que nos brinda el siglo para salvar y no terminar de cavar la tumba de la civilización que tanto esfuerzo costó construir.

Porque nadie puede solo, porque en esta cabemos todos y por todos los que somos hoy y habrá mañana tenemos que reconfigurarla sobre las bases del nuevo constitucionalismo: el constitucionalismo igualitario emancipador multinivel