
Ilustra Melissa Pérez Segnini colección Cómoda de Pro Femme
OAXACA, Oax. 7 de septiembre de 2026.- La historia que da nombre al Colectivo Tgo cuenta que, en el siglo XVIII, una violinista mixteca tenía que disfrazarse de hombre para poder tocar en los fandangos de las tabernas de los pueblos de la Mixteca. Casi tres siglos después, seis mujeres violinistas de Oaxaca llegaron con ese nombre a la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes.
El sábado 5 de septiembre, en el marco del Día Internacional de la Mujer Indígena, el Colectivo Tgo compartió escenario con el Ensamble CEPROMUSIC en Música experimental en la mujer de Oaxaca, un concierto que puso en diálogo las tradiciones musicales de los pueblos originarios con la creación contemporánea.
No se trató simplemente de llevar música tradicional a Bellas Artes. La propuesta partió de los sonidos que viven en las propias comunidades —los violines, las jaranas, las lenguas tonales, las sonajas, el telar de cintura— para convertirlos en materia de exploración musical.
Bajo la dirección artística de Patricia García, Rubén Luengas y José Luis Castillo, el programa reunió repertorio de tradición oral Ayuuk y Ñuu Savi con obras creadas especialmente para este encuentro.
En el escenario estuvieron Aylen Yuceli González Juárez, violinista mixteca de San Juan Mixtepec; Alitzel Alessandra Leyva Sandoval y Aimee Shae Leyva Sandoval, violinistas triquis de San Andrés Chicahuaxtla; Denny Flor Tomás Rodríguez, violinista mixe de Tamazulapam del Espíritu Santo; Perla Ortiz Herrera, violinista mixteca de Tezoatlán de Segura y Luna; y Aylen Yareyvy Cruz León, violinista triqui de San Miguel Copala.
El concierto comenzó desde la raíz. Tres sones de Danza de Malinches mixe, con Denny Flor Tomás Rodríguez al violín, dialogó con sonaja de semillas y cajón; después apareció Yaa Kusún Kuatyi, un arrullo Ñuu Savi interpretado por la soprano mixteca Edith Ortiz.
La lengua también se convirtió en música. En Tu’un ì (Palabra Sagrada), de Rubén Luengas, la sonoridad del mixteco formó parte de la composición. Más adelante, Cuerpo Telar, de Mauricio Rodríguez, llevó al escenario seis violines junto con telar de cintura, piedras y petates, haciendo del oficio de tejer parte del paisaje sonoro.
Y finalmente estuvo TGO, la obra de Rubén Luengas que regresó a la mujer que dio nombre al colectivo. Con violines, jaranas mixteca y triqui y la narración de la actriz oaxaqueña Mónica del Carmen, aquella violinista obligada alguna vez a ocultarse detrás de la apariencia de un hombre volvió convertida en memoria y música sobre uno de los escenarios más importantes del país.
Ahí está quizá la imagen más poderosa de la presentación.
Tgo nació para recordar a una mujer que tuvo que esconderse para tocar. El colectivo que hoy lleva su nombre existe precisamente para lo contrario: para que las mujeres de las comunidades puedan ocupar su lugar como intérpretes, creadoras y continuadoras de las músicas de sus pueblos.
La agrupación es dirigida por Patricia García, etnomusicóloga por la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyo trabajo se ha especializado en las músicas de tradición oral de Oaxaca. El proyecto surgió del Automodelo para las músicas de la tradición oral en Oaxaca, iniciativa dedicada a que niñas, niños y adolescentes aprendan a reconocer, interpretar y preservar las músicas transmitidas por los viejos músicos de sus comunidades.
Ese programa, consolidado desde 2016 con el impulso de Patricia García y Rubén Luengas y el apoyo de Francisco Toledo, ha reunido durante una década a violinistas de diferentes culturas musicales de Oaxaca. Antes de Bellas Artes, sus integrantes habían tocado en el Teatro Macedonio Alcalá, el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, el Centro de las Artes de San Agustín y escenarios de la Ciudad de México; en 2019 llevaron también su música hasta Tokushima, Japón.
En Bellas Artes, sin embargo, aquella historia adquirió otro significado.
La tradición no apareció como una pieza detenida en el pasado, sino como algo vivo, capaz de cambiar, experimentar y dialogar con otros lenguajes sin perder su memoria.
Tres siglos después de aquella violinista que tenía que disfrazarse para poder tocar, otras mujeres de la Mixteca, la región Triqui y la Sierra Mixe llegaron con sus violines a Bellas Artes.
Y esta vez no tuvieron que esconderse.