
Urge Leticia Bonifaz a poner las armas en el centro del debate
En la novela 1984, George Orwell imaginó un futuro distópico, en el cual prevalece la guerra entre tres superpotencias: Oceanía, Eurasia y Asia Oriental. El personaje principal, Winston Smith, trabaja para el Ministerio de la Verdad, en Londres, que corresponde a Oceanía, aunque su labor consiste en alterar el pasado. Como es sabido, Orwell tenía en mente la figura de Stalin como el gran hermano, es decir, el dirigente de un Estado totalitario, invasivo hasta la médula, que vigila el comportamiento de sus ciudadanos en todas las esferas de la vida. Mientras que el Ministerio de la Verdad promueve mentiras oficiales; el del Amor promueve el odio; el de la Abundancia la escasez, y el de la Paz la guerra. Los principios están invertidos en un mundo donde se desdibuja la personalidad individual, la libertad no existe, y menos aun la privacidad.
Retomo a Orwell para analizar lo que sucede en el año convulso que ya enfrentamos, en el que la gran nota ha sido la captura, el domingo pasado, de Nemesio Oseguera, el Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. En los últimos años hemos visto el ascenso y consolidación de esta organización criminal, famosa por usar las redes sociales para promoverse, con el carrusel dantesco de imágenes de personas primero secuestradas y después asesinadas, diciendo sus últimas palabras y su asociación con otros líderes criminales frente a una cámara. En medio del torbellino noticioso del fin de semana, llegó a mi WhatsApp la imagen de un avión de Volaris calcinado, presuntamente en el aeropuerto de Guadalajara, que por la magnitud de los eventos consideré real, y que posteriormente se demostró como noticia falsa. La mentira convertida en verdad para sembrar pánico social.
Aceptar como verdadero lo que no tan claramente es falso alude a la clásica imagen de sumar dos más dos y defender que son cinco. Alterar el razonamiento se vuelve un método de destrucción de la capacidad de pensar autónomamente y por tanto de ser crítico del ejercicio del poder. Con el flujo masivo de mensajes e imágenes a través de las redes sociales muchas personas comienzan a defender verdades que existen solo gracias a la Inteligencia Artificial. Así, no solo la imagen del avión sino las imágenes de situaciones alteradas generan en algunos dudas razonables y en otros la aceptación de nuevas realidades ficticias. Así como en la Oceanía orwelliana existía una neolengua para empobrecer el razonamiento, hoy la adicción a las actualizaciones de último momento provoca que, incluso personas que razonamos los hechos, compartamos inmediatamente una situación que abona a la percepción de caos generalizado.
A las fake news se suman las teorías conspirativas. El escándalo de Jeffrey Epstein, y los papeles que han salido a la luz en las últimas semanas, plantean no solo un escándalo de abuso sexual de grandes proporciones, que por otra parte ya había sido dado a conocer desde que el multimillonario fue llevado a juicio, y hasta su aparente suicidio en 2019. Pero es precisamente aquí donde ese término: aparente, cobra relevancia, pues lo visto a través de una pantalla son imágenes de un cuerpo que, hoy en día, se pone en duda que corresponda al de Epstein. No solo eso, la poderosa red de contactos que por años labró el pederasta, entre los que destaca Bill Clinton y el príncipe Andrés de Reino Unido, además de figuras respetadas del mundo académico como Noam Chomsky suscitan diferentes teorías conspirativas. ¿Cuántos de los amigos de Epstein compartieron los mismos gustos que el asesor financiero? Para iniciar el debate recomiendo ver “Jeffrey Epstein: Filthy Rich” (Netflix: 2020).
Podríamos entrar a detalle a analizar las demás contradicciones orwellianas, pero en todo caso vale la pena retomar que a menor educación mayor aceptación de noticias falsas, y a comprar cualquier teoría conspirativa y darla como cierta, con la ayuda de videos aleatorios en X o Facebook que sugieren la ingesta de bebés por sociedades secretas que se fundan sobre la riqueza y el poder político. Es atractivo como guion de una película de suspenso, pero deja de importar en la arena de las interacciones reales, las instituciones y el complejo mundo social. Sigamos creyendo en fantasmas y los veremos aparecer sugestionados por nuestra mente aunque, en realidad, no existan.
Escribo estas líneas en parte motivado por dos hechos. En las últimas semanas he retomado clases en la Universidad José Vasconcelos de Oaxaca para enseñar a estudiantes de relaciones internacionales, justo en la que sigue siendo la única institución con esta carrera en la capital del estado; la otra, a nivel estado, es la UMAR en Huatulco, un hecho significativo en un estado que se precia de ser, cada vez más, un escenario internacional para distintos fines. El otro, la graduación de la cuarta generación de Hablando el Corazón, academia de oratoria y liderazgo en la que participo como docente. Y con ello reafirmar que el pensamiento crítico, en una era de desinformación, en la que prevalece lo creado artificialmente, es aun más valioso. Y que al hecho de pensar sucede el de hablar, pero solo se habla bien si se piensa estructuradamente, y si las ideas propias le dan valor a los discursos que pronunciamos cada día. “El discurso como acontecimiento”, señalaba Foucault, para referirse al poder que entraña lo que decimos y al desafío que representa para quienes quieren controlar la palabra, a través de una compleja red de instituciones, para dominar su temible materialidad.
Frente al doblepensar y doblemirar, es más, frente al doblesentir de nuestros días, nada como volver a la lectura, a los apuntes con tinta y papel, y a las aulas como formadoras de personas críticas y siempre libres.