Cipriano Flores Cruz

OAXACA, Oax., 6 de enero de 2019.- Para mi entender, el zapatismo y la Cuarta Transformación deben ir de la mano para la finalización del largo periodo de colonización  que se han visto sometidas las naciones mexicanas, antes indígenas.

Ambos movimientos tienen que converger en un solo proyecto: la descolonización de los pueblos.

La colonización de las naciones mexicanas, en una primera etapa fue física, de explotación, ambos casos crueles y sin miramientos, que casi logra el exterminio de la población de las naciones mexicanas.

Los colonizadores tuvieron el respaldo de las instituciones del Estado absoluto español, como la religión, las leyes, la cultura, la ideología y los prejuicios. Como se sabe, esta colonización física y de explotación duró trescientos años.

La segunda etapa colonizadora, estuvo a cargo  de los gobernantes del naciente Estado mexicano, cuya política general fue de la búsqueda de la extinción de estas naciones mediante su incorporación al proyecto de hegemonía de una sola nación y de una sola cultura.

Desde luego, se contó con el apoyo de todo el aparato del Estado mexicano y de la religión católica. Este proceso lleva más de doscientos años.

A este proyecto los zapatistas dijeron:¡Basta! en 1994. Dijeron también: ¡Nunca más un México sin nosotros! A partir de estos gritos y demandas,  se plantea ante la opinión pública la necesidad de la existencia del México plural y más democrático.

Las aportaciones del zapatismo a la lucha por la descolonización de las naciones mexicanas no se pueden desconocer y soslayar, volvimos a ser visibles.

Por otro lado, la Cuarta Transformación a que ha convocado el Presidente Andrés Manuel López Obrador, se nutre, por sus propias palabras, de la lucha del pueblo de México por alcanzar la justicia en un marco de libertades democráticas, donde la lucha zapatista no puede estar ausente. El zapatismo pues, nutre la Cuarta Transformación se reconozca o no.

Al triunfo del Movimiento de Regeneración Nacional Adelfo Regino, futuro encargado de la política indígena del nuevo gobierno, planteaba de la necesidad de cumplir a cabalidad con los Acuerdos de San Andrés, documento nodal de la lucha zapatista. Hasta aquí parece que iban bien las cosas entre ambos movimientos.

Sin embargo, de cara al veinticinco aniversario del levantamiento zapatista, irrumpen al escenario público descalificando al nuevo gobierno. Esto quiere decir que las negociaciones entre el nuevo gobierno y la dirigencia del movimiento zapatista no fructificaron.

Parece ser que el modelo de relación del gobierno con las naciones mexicanas no fue  del agrado de los zapatistas, ni tampoco el método de instrumentación de los programas que implicaban a los pueblos.

Es bien cierto que a la luz de las tesis del gobierno y de sus primeras acciones, como lo han sido la normatividad del órgano en la creación del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, los contenidos del Programa Nacional de los Pueblos Indígenas, la construcción del Tren Maya, del proyecto del Istmo de Tehuantepec, de la plantación de árboles frutales y maderables en el sureste mexicano, la falta de una consulta en los términos de las leyes a las naciones mexicanas, han sido motivo de divergencia entre la Cuarta Transformación y el zapatismo.  

Sin embargo, a mi entender, la divergencia es mucho más de fondo y de mayor amplitud. La Cuarta Transformación no está en la capacidad de cumplir por el momento histórico y por la correlación de fuerzas internacionales y nacionales: el cambio del neoliberalismo desde su estructura, desde su modo de producción y de su racionalidad, así como de su hegemonía.

El zapatismo es anticapitalista y antineoliberal, la Cuarta Transformación es sólo antineoliberal. Acepta estar en las leyes de las relaciones de producción capitalista, aunque con mayor presencia del Estado.

 El zapatismo plantea un nuevo proyecto de sociedad desde la perspectiva de la comunalidad, la Cuarta Transformación plantea una agresiva política social pero en los marcos de las relaciones de producción capitalista. Además de una vinculación orgánica del zapatismo con el cuidado y mejora del medio ambiente.

En razón de lo anterior, se antoja imposible no tener divergencias. Sin embargo, si los zapatistas habían intentado la vía electoral de lucha al respaldar la candidatura de Marichuy, quien fue la más honesta de los precandidatos independientes de la pasada elección para la Presidencia de la República, me parece que es todavía posible un entendimiento entre la Cuarta Transformación y el zapatismo, a condición de que ambos cedan en sus tesis que los hace divergir.

Es posible todavía profundizar y ampliar democráticamente el nuevo trato en el Estado mexicano y las naciones que lo componen, un nuevo acuerdo, en donde no se excluya a nadie es posible, un poco de voluntad es suficiente, entre los que quieren mandar obedeciendo, esa es la clave.

No hay de otra.