
De Aguas Blancas a Teuchitlán: 30 años de horrores e impunidad en México
OAXACA, Oax., 19 de abril de 2020.- La súbita irrupción del coronavirus en nuestras vidas y el régimen jurídico especial en el que nos ha insertado deben dejar espacio para reflexionar sobre enseñanzas y previsiones que pudieran ser útiles para todos. Apunto algunas:
a) El uso de nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TICs) debería convertirse en una política y práctica normal y permanente para los diferentes sectores y actores sociales.
Al respecto, está quedando claro que en las funciones públicas –legislativas, ejecutivas, administrativas y judiciales– el uso de las TICs es útil y eficiente.
Por ello, la política digital debería institucionalizarse y evolucionar en favor de la mejor organización y funcionamiento de personas y grupos.
b) La austeridad, desde luego que razonable y proporcionalmente, es un valor y una práctica que conviene observar en todos los sectores y ámbitos.
Debe ser así porque los recursos naturales y culturales no son infinitos y están distribuidos de manera inequitativa. Prohibido desperdiciar y abusar tanto en la producción como en el consumo.
Y es que la vida es más ancha que larga. Hay que autocontenerse y optar por darle vida a los años y no solo años a la vida.
A manera de ejemplo, la forma de vida de pueblos y comunidades originarios es una importante fuente de aprendizaje para vivir bien.
c) La fragilidad y vulnerabilidad afecta a todas las personas, físicas y jurídicas
Si quienes disponen de más derechos patrimoniales pueden protegerse más, ante una pandemia es claro que todos estamos en riesgo.
Lo están, en particular, las personas y grupos menos favorecidos por las relaciones socioeconómicas y políticas, cuyos derechos fundamentales se minimizan o de plano se extravían.
Este es el parámetro que habría que conservar como línea infranqueable. En el extremo, nadie debería morir por el Covid-19. Y quienes pierdan patrimonio u oportunidades habrían de hallar medidas de compensación en alguna medida.
d) El deber de cooperación y fraternidad para salvaguardar la salud y la vida escala al vértice de las prioridades, y es un deber común de la Humanidad.
Así es que si el individualismo y el egoísmo son motores para la acción en tiempos normales, en periodos como el que estamos experimentando no deberían presidir nuestras intenciones, en ningún nivel: ni en el de las grandes potencias y tampoco en el de las familias, los grupos sociales y las organizaciones.
Este es un tiempo de colaboración y solidaridad, no de competencia, divergencia y ganancia. Ahora ser exitoso es liderar la acción colectiva para salvar vidas y ello inicia con el autocontrol y proyección en nuestras relaciones interpersonales y grupales.
d) El régimen democrático, siempre imperfecto pero perfectible, es parte del bien común y cuenta con instrumentos para hacer frente a las emergencias.
Pueden posponerse pero no cancelarse elecciones y el consustancial ejercicio de derechos políticos. Reconducir financiamiento político pero no secarlo. Puede restringirse la movilidad pero no negarse el acceso a la justicia y el debido proceso.
Los gobiernos en tanto sociedades política y jurídicamente organizadas habrá de mantenerse activos para reforzar sus políticas de manera proporcional a las necesidades urgentes y esenciales: alimentos, agua, vivienda, salud, seguridad y otros servicios básicos. Esa será la mejor fuente de su legitimidad.
Ahora bien, al contrario, hay un deber reforzado de los políticos y servidores públicos para atender a los demás en el marco de sus obligaciones, así como, por ejemplo, de los sujetos del proceso educativo para mantener disciplina y autoexigencia con sus compromisos de enseñanza-aprendizaje, así sea de manera transitoria sólo en la modalidad virtual.
Por supuesto que hay un deber especial de apoyo material y simbólico a los operadores del sector salud y extender los reconocimientos correspondientes.
e) A grandes crisis, grandes conciencias y mejores decisiones.
En el fondo, la principal área de oportunidad a mano es aumentar la conciencia de la existencia y su sentido, para actuar consecuentemente.
El sentido de lo que es importante y lo que no, de lo que tenemos y no. Lo que somos y no. Y hasta de lo que podemos en verdad llegar a ser y lo que, en definitiva, ya no seremos.
Dado que las crisis exhiben mas las debilidades que las fortalezas de cualquier persona, estructura o función, estamos ante una extraordinaria oportunidad para reforzar capacidades clave, algunas de las cuales pudieron haberse disminuido en el pasado reciente.
Experimentar sufrimiento y dolor es en todo caso la frontera indeseable para cualquier ser vivo, especialmente para los seres humanos.
Precisamente, en la emergencia de lo que se trata es evitar esa frontera y, de ser posible, aprovecharla para forjar instrumentos que nos permitan vivir juntos, más y mejor.
¿Hay acaso otra mejor razón para la organización social y política que llamamos comunidad, municipio, estado o comunidad internacional?