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OAXACA, Oax. 1 de marzo de 2026.- Eran las tres de la mañana cuando el último de los 27 mil libros cruzó la puerta del ex convento de Santo Domingo.
No había llegado el personal que la universidad prometió. Vinieron en su lugar su mamá, su muchacha, la gente del IAGO, y un hombre que por entonces la pretendía y que esa noche cargó cajas como cualquiera.
Cuando terminaron, María Isabel Grañén Porrúa, la doctora, pidió un tequila. "Creo que es el día más feliz de mi vida", dijo. "Por fin los libros regresan a donde nunca debieron haber salido."
Era 1996. Llevaba tres años en Oaxaca. Había ido por una semana y se quedó, se quedó, porque como ella misma dice, en Oaxaca "todos mis sueños me rebasan".
Corresponsal por Oaxaca de la Academia Mexicana de la Historia, doctora en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla, presidenta de la Fundación Alfredo Harp Helú y directora de ADAVI —Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México—, Grañén Porrúa conversó en la segunda sesión del ciclo Diálogos desde la Academia Mexicana de la Historia con la investigadora Araceli Almaraz, del Colegio de la Frontera Norte.
Esta nota es un recuento de esa conversación, mínima, para una vida construida entre libros antiguos, comunidades indígenas y la certeza de que la cultura es la única salida posible y que este 1 de marzo cumple un año más haciendo posibles sus sueños.
Todo comienza en una librería. La de su abuelo, en la Ciudad de México, donde las paredes eran libros de piso a techo y donde un hombre sabía, sin computadora ni algoritmo, qué título necesitaba exactamente cada cliente que cruzaba la puerta. "Esos libreros ya se han perdido", dice. Cuarta generación de una familia de libreros y editores, los fines de semana y las vacaciones los pasaba ayudando en el negocio familiar, cultivando esa memoria de bibliotecaria que años después le serviría para identificar, en un convento oaxaqueño lleno de alacranes y ratas, uno de los acervos bibliográficos más importantes de México.
Cuando eligió estudiar Historia del Arte en la Universidad Iberoamericana, con maestros como Jaime Cuadriello, Fausto Ramírez y Angélica Velázquez, la decisión era, dice, "clarísima". Y cuando llegó el momento de la tesis doctoral, el tema se impuso solo: los grabados de los primeros libros impresos en México. Un homenaje al abuelo que había muerto cuando ella tenía trece años. "De alguna manera era como un encuentro con él."
El doctorado lo hizo en Sevilla, siguiendo la pista de Juan Pablos, el primer impresor que llegó a México, que había salido precisamente de allá. Dirigida por el exigente germanista Klaus Wagner —"alemán, alemán, alemán sevillano"—, recorrió bibliotecas en Madrid, Londres, Nueva York y Boston buscando impresos mexicanos del siglo XVI. Se resistía a volver sin terminar la tesis. Luego llegó la llamada de Toledo.
Francisco Toledo la llamó por teléfono. Había una biblioteca en Oaxaca "toda tirada", en muy malas condiciones, y quería hacer una exposición para ver qué se podía salvar. Grañén Porrúa fue por una semana. Lo que encontró no era el librero de un abuelito: eran 27 mil ejemplares revueltos y apilados, entre ellos un manuscrito de fray Bartolomé de las Casas y un tomo de la Biblia Políglota de Cristóbal Plantín. Eran los fondos conventuales de dominicos, franciscanos y jesuitas, absorbidos por la Biblioteca Pública del Estado. Un tesoro invisible.
Con apoyo del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, latinistas de Filológicas y una restauradora enviada por Estela González Cicero —entonces directora de la Biblioteca Nacional—, armó el equipo. Bajo la única condición personal de terminar su doctorado. "Le dije al maestro Toledo que tenía el compromiso de recibirme. Me dijo: sí, adelante." Toledo pagaba la mitad del proyecto; la universidad, la otra mitad.
El resto ya se sabe: una madrugada de Semana Santa, 27 mil volúmenes, un tequila al final y los libros en su lugar. Esa colección es hoy la Biblioteca Francisco de Burgoa, incluida en el Registro Memoria del Mundo de la UNESCO.
La primera vez que Alfredo Harp fue a ver la biblioteca, llegó de gira y con hambre. La invitó a cenar. Ella le contó del catálogo que quería hacer para la exposición de joyas bibliográficas, que lo iba a imprimir en blanco y negro para ahorrar. Él dijo que no, que a color. "Anoten", le dijo a quienes lo acompañaban. Y así salió un catálogo precioso. Ese fue el pretexto. Siguió yendo.
Toledo lo veía llegar al IAGO y le avisaba a ella con sorna: "Ahí está Harp, ahí está Harp que anda viendo cómo van los diablos." Ella se asomaba por la ventana y le respondía: "Todavía no termino, vete a bolear los zapatos y regresa." Tenía demasiado trabajo. Él esperaba, volvía, esperaba de nuevo.
"Me llevaba al zócalo, me cantaba, pedía canciones", recuerda. Era un hombre que llevaba a Oaxaca pegada al alma desde la infancia, que había construido una carrera brillante y que quería regresar, que tenía una vocación social tan arraigada como la de ella. Eso también le daba miedo al principio. "Andar con una gente como Alfredo, tan importante, tan así." Pero él llegaba, se sentaba, esperaba.
Entonces murió su padre. Le heredó la librería familiar, 27 años abierta en la Ciudad de México, que había sobrevivido temblores y crisis sin deber un peso a ningún proveedor. Cerrarla era impensable. Quedársela en la capital, imposible: Oaxaca ya era su vida. No sabía qué hacer.
Caminaban por la calle de Alcalá cuando ella se detuvo frente a una casa de puerta cerrada. Le dijo que era de las más bonitas de Oaxaca, que una vez le había preguntado a la señora de la tienda de artesanías que operaba adentro si tendría un cuartito para rentar. "Usted está loca", le dijeron. Semanas después, Harp llegó con la noticia: "Ya compré tu casa para que pongas tu librería aquí en Oaxaca."
"Es que en Oaxaca todos mis sueños me rebasan", dice ella. "Ni lo soñado." La librería Grañén Porrúa lleva décadas en esa casa de la calle de Alcalá. Es un negocio difícil, reconoce, pero tiene la consigna de seguir sí o sí. "Afortunadamente no pagamos renta. Y la librería ha sido un alivio para la ciudad."
Su relación con Francisco Toledo fue una escuela de vida. Como directora del IAGO aprendió que la cultura puede y debe servir a la sociedad, que una exposición se puede organizar de un día para otro cuando Carlos Monsiváis aparece de visita, que una máquina desfibradora donada por unos finlandeses puede convertirse en un taller de papel con fibras oaxaqueñas que sigue funcionando décadas después. También fue directora del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. "Todos los días había algo nuevo."
Fue en esos años cuando descubrió, siguiendo una pista del impresor artesanal Juan Pascoe, que la marca tipográfica del último impresor mexicano del siglo XVI llegaba hasta Oaxaca en 1720, en manos de una mujer: Francisca Flores. La investigación que siguió rastreó esa imprenta durante tres siglos. Y el hallazgo más improbable llegó como siempre llegan estas cosas: el único impreso oaxaqueño del siglo XVI que existía en el mundo apareció entre alacranes y ratas en una caja olvidada del Instituto de Humanidades. "Alfredo dice que soy bien sortuda. Y sí, tiene razón."
La librería de su padre llegó a Oaxaca cuando él murió. Alfredo Harp compró la casa en la calle de Alcalá que Grañén Porrúa siempre había admirado desde la banqueta. El Museo Textil de Oaxaca nació de los paseos por los mercados, donde el artesano Remigio Mestas les explicaba, huipil a huipil, que cada pieza era un códice: la historia de una familia, tejida con grana cochinilla y seda, desde los ancestros. "Alfredo siempre dice: no sumamos, multiplicamos."
Hoy, la Fundación Alfredo Harp Helú es una red de proyectos que abarca educación —más de 100 mil becas otorgadas a estudiantes de la UNAM y el Politécnico—, la Universidad La Salle en Oaxaca con más de 20 licenciaturas y posgrados, seis Bibliotecas Infantiles BS con nueve unidades móviles donde, dice ella, "los niños lloran cuando se van", restauración de iglesias y retablos en comunidades indígenas, y reforestación con 60 millones de árboles. "En la Fundación siempre se dice que sí. Luego veo cómo, pero sí."
El capítulo más urgente de su trayectoria es quizás ADAVI. Fundada junto con Estela González y Jorge Garibay, con el respaldo de Harp Helú, la organización llegó a llenar un vacío que nadie más estaba llenando: el apoyo sistemático a archivos civiles y eclesiásticos en todo el país. Los números: 27 estados, 662 archivos intervenidos, más de 190 mil libros catalogados, 83 fondos y colecciones fotográficas restauradas, 809 publicaciones sobre fuentes históricas.
Pero más que las cifras, lo que define a ADAVI es el vínculo construido con las comunidades que guardan esos documentos. Cuando devuelven un expediente restaurado, los reciben con cohetes y procesiones de lavanda. "No saben ni cómo me llamo, pero quieren hablar con la doctora, porque saben que el documento regresa a su comunidad." Esa confianza, advierte, se ha tardado décadas en construir y no se puede dar por sentada. Uno de sus pendientes más urgentes: evitar que los archivos ya organizados vuelvan a caer en el abandono. "No podemos decir ya basta. Es difícil. Pero también es muy gratificante."
Con el estadio de béisbol de los Guerreros de Oaxaca, en construcción, una nueva biblioteca infantil en proyecto —la BS Mira, en honor a su hija—, y una novela histórica sobre Atonalcin, el señor mixteco que desafió a Moctezuma, escrita junto al epigrafista holandés Sebastián van Doesburg, Grañén Porrúa no da señales de frenar.
Su mensaje a los jóvenes historiadores es directo: "Cuando alguien te diga que no y te cierren unas puertas, abran otras. Busquen otras. Encuentren. Es súper necesaria la presencia de los historiadores en el mundo."
Y Oaxaca, dice al final, "nunca jamás dejará de sorprendernos".
Esta conversación forma parte del ciclo Diálogos desde la Academia Mexicana de la Historia, en colaboración con el Colegio de la Frontera Norte que usted puede escuchar aquí: