
Con estrategia México responderá a la guerra arancelaria
OAXACA, Oax., 30 de octubre de 2016.- Seguramente Gabino Cué Monteagudo, en los momentos del primero de diciembre del 2010, haya tenido alguna sensación de soledad, además de los nervios naturales por la ocasión, así como preocupación por los detalles de su juramento ante el Congreso del Estado, como gobernador del Estado Libre y Soberano de Oaxaca.
En su segundo intento por ganar la elección de gobernador del Estado, en sus recuerdos cobraba vida el sentimiento de la derrota ante la poderosa maquinaria de su antiguo partido, el Revolucionario Institucional, conducido por el astuto Ulises Ruiz Ortiz, referente electoral que Gabino Cué Monteagudo quería enterrar en los anales de la historia. La doble satisfacción se reflejaba en su rostro, derrotar al gobernador Ulises Ruiz Ortiz y al Partido Revolucionario Institucional, al que había calificado como corrupto y autoritario.
El próximo gobernador tenía en su mente no cometer errores, llevar la verdad a todos los oaxaqueños, las dudas sobre su desempeño habría que transformarlas en una nueva fe, renovada y vigorosa. Al pueblo que sentía desesperado, llevarle esperanza.
En ese momento, a su recuerdo llegó el año del 2009, en el horizonte se asomó los inicios del 2010, año que por tercera ocasión se convocaban a elecciones competidas, la tercera, para elegir gobernador para ser más exactos. La vía electoral se imponía por la fuerza de los hechos, la presencia de indígenas armados en el Estado de Chiapas, vecino y de composición étnica, así lo recomendaba.
Gabino Cué Monteagudo jamás se imaginó que ser gobernador era una labor solitaria, no se puede gobernar desde las asambleas, desde las concentraciones, desde las marchas, desde las multitudes. Gobernar es escucharse a sí mismo y responderse, por tanto, a sí mismo. Pero el futuro gobernador estaba embriagado por las multitudes, alabado como el nuevo mesías que conduciría a la tierra prometida.
Para el régimen oaxaqueño, el 2004 fue un presagio, la cara del fin del régimen priísta se asomaba en el horizonte, el gobernador Ulises Ruiz Ortiz no percibió el fenómeno, confiado en sus habilidades se entregó a la divina providencia y a la fortuna. Confiaba también en el electorado oaxaqueño, su labor social a través de programas exitosos así lo habían demostrado en 2007 y 2009, en esos años sintió el respaldo de su pueblo. A pesar que el candidato del PRI obtuvo la más alta votación en la historia del partido, no fue suficiente, entregaba el poder a Gabino Cué Monteagudo.
En días previos, el gobernador se debatía entre integrar a sus colaboradores con personas leales y de compromisos o con personas capaces, grave disyuntiva para quien tenía la esperanza del pueblo. Se impusieron la contingencia, las relaciones del momento, las necesidades del pacto de la alianza, de las amistades. El camino del futuro gobierno se marcó para siempre, no hubo regreso. El gobernador mandó al garete el talento, la capacidad de decisión y el entusiasmo.
Gabino Cué Monteagudo se preguntaría con frecuencia si los pactos, compromisos y lealtades tuvieron costos excesivos y que si valió la pena, pasar por ello. con el mote ofensivo, de origen popular, como el gobierno de cuotas y cuates. En la larga historia de los gobiernos, gobernar con pequeño grupo se le denominaba oligarquía, algunos analistas benevolentes le llamaron gobierno aristocrático. Por estas circunstancias de su decisión, el gobernador tuvo, de principio, el deseo de hacer del poder político un bien patrimonial para él y su grupo.
Por esta entrega del poder político a los pocos, a Gabino Cué Monteagudo nunca se angustió ante las grandes decisiones, ni tampoco le preocuparon los detalles, fue una especie de libre cambista en materia política, dejar al libre relación de las fuerzas políticas, de aquí las constantes tomas de las calles y avenidas de la capital de los oaxaqueños, sus colaboradores no pudieron con la responsabilidad delegada por el gobernador, ni tampoco el gobernador demostró demasiado interés por intervenir. Por esto, algunos analistas lo catalogaron como un gobernador parco, con pereza por gobernar.
El se consideró siempre como un gobernador democrático, porque delegó, desconcentró el poder político y no un gobernador perezoso. Un ejemplo que puede ilustrar esta aseveración fue su renuncia a nombrar a los administradores municipales, administradores que asumieron la dirección de un municipio en caso de nulidad de las elecciones o de la imposibilidad para ser gobernado por sus propios ciudadanos. Siendo facultad de gobierno lo delegó a la Cámara de Diputados, por ende, a los partidos políticos. A todas luces es un absurdo si a esto se le puede considerar una acción democrática.
Considerarse demócrata en un territorio de larga tradición bonapartista, fue, desde luego, un despropósito, fue no entender la naturaleza de los tiempos oaxaqueños, obligación mínima de un gobernante, según el maestro del pragmatismo político: Maquiavelo. Para dirigir al pueblo oaxaqueño no bastaba ser una persona decente, como algunos analistas consideraron a Gabino Cué Monteagudo, o ser una persona perseverante como lo había demostrado por su gran anhelo de gobernar al pueblo de Juárez, gobierno que al tenerlo en sus manos le quemaba como trozo ardiente. A nuestro parecer, 2010 – 2016 no eran los tiempos para un personaje como Gabino Cué Monteagudo.
A Oaxaca le era natural, indispensable, gobernantes astutos, calculadores, rudos, autoritarios, benevolentes, modales francos; gobernadores que se hicieron respetar por la fuerza de los hechos, por la cultura política prevaleciente, por cierto, cultura política nada democrática. El carácter dubitativo del gobernador no encajó nunca.
A la hora del enfrentamiento fue el primero para flexionar la cabeza, así fue ante la poderosa Sección XXII del sindicato de maestros, así fue ante la imposición de la Reforma Educativa del gobierno central. No enarboló lucha alguna del pueblo oaxaqueño, no encabezó demanda alguna de algún sector de su pueblo, ni siquiera gestionó presupuesto alguno, presupuesto que le vino del cielo y de la fortuna. En esta materia contó con la buenaventura, presupuesto que al no costarle lo dilapidó y lo entregó a manos ajenas al pueblo.
Por el proceso de extinción de su gobierno, la lejanía de las cosas, por la apertura de horizontes que sólo lo otorga el tiempo, el régimen de la Alianza aparece como la pura contingencia, pareció siempre un gobierno apurado y en apuros, sin plan, sin estrategia, sin orden programático, incluso, sin valores ni principios. No fue ni pragmático si se quiere decir sin plan ni programa. Caótico, anárquico, ganancia de astutos, simuladores, presa de hombres sin escrúpulos.
Este tipo de gobierno no podía ofrecer resultados medibles, evaluables, razonables. Cuando llega la noticia que el Estado no puede cumplir con su más elemental función, el de seguridad, porque no hay combustible para las patrullas es inconcebible o que los ciudadanos con necesidad de preservar su salud no encuentran las clínicas y hospitales abiertos porque se carece de recursos indispensables para su funcionamiento, es una afrenta a un derecho fundamental. Ni siquiera podemos decir que fue un gobierno de ocurrencias porque las hay excelentes.