
Destaca Farid Acevedo influencia de masonería en origen de la UABJO
Resumen
Este ensayo analiza la configuración contemporánea de la violencia-espectáculo en Oaxaca, entendida como un proceso donde la clase política reduce la complejidad territorial a la escenificación de sus pugnas internas mientras pueblos y comunidades enfrentan el embate del turismo masivo y la folclorización de su memoria.
Se propone la metáfora de la guelaguetza como dispositivo de saqueo simbólico y material, y se articula una voz coral que restituye la agencia del territorio frente a la espectacularización de la cultura.
I. Introducción, el territorio como escenario
En las últimas décadas, Oaxaca ha sido objeto de una creciente estetización pública que transforma su diversidad cultural en un producto de consumo global. Este fenómeno, ampliamente discutido en estudios sobre turismo cultural y patrimonialización, se intensifica cuando la política local convierte el territorio en un escenario donde se representan conflictos internos, disputas faccionales y estrategias de visibilidad mediática.
La violencia —en sus formas discursivas, simbólicas y materiales— se vuelve espectáculo, y el territorio, un telón de fondo.
La pregunta que guía este ensayo es: ¿cómo se articula la violencia-espectáculo en Oaxaca y qué papel juega la guelaguetza como metáfora del saqueo contemporáneo?
II. La guelaguetza, de la reciprocidad al dispositivo extractivo
Históricamente, la guelaguetza ha sido interpretada como un sistema de reciprocidad comunitaria, un mecanismo de redistribución y vínculo social. Sin embargo, su institucionalización en el siglo XX y su posterior conversión en evento turístico han desplazado su sentido original hacia una lógica de representación y consumo.
La guelaguetza funciona hoy como dispositivo extractivo en al menos tres niveles:
Extractivo simbólico: la cultura se convierte en espectáculo, los rituales en coreografías, los trajes en vestuario, las danzas en mercancía visual.
Extractivo económico: la derrama turística beneficia principalmente a sectores empresariales y políticos, mientras las comunidades proveedoras de cultura reciben beneficios marginales.
Extractivo territorial: la ciudad se reconfigura para alojar flujos masivos de visitantes, desplazando dinámicas locales y encareciendo la vida cotidiana.
La metáfora de la guelaguetza como saqueo permite comprender cómo la reciprocidad se invierte: ya no se comparte, sino que se extrae; ya no se corresponde, sino que se explota; ya no se celebra la vida comunitaria, sino su representación folclorizada.
III. Violencia-espectáculo, la política como dramaturgia
La política oaxaqueña, marcada por tensiones históricas entre grupos de poder, ha encontrado en la espectacularización un recurso para legitimar agendas y disputar posiciones. La violencia —real o construida discursivamente— se convierte en contenido mediático, en narrativa de campaña, en herramienta de presión.
Este fenómeno puede describirse como dramaturgia del poder, donde los actores políticos se posicionan mediante escenificaciones públicas, los conflictos se amplifican para obtener visibilidad, la ciudadanía se convierte en audiencia, el territorio se reduce a escenografía.
La violencia-espectáculo no solo normaliza la conflictividad, sino que desplaza la atención de los problemas estructurales: desigualdad, despojo, precarización de la vida comunitaria, crisis ambiental, migración forzada. En esta lógica, el territorio deja de ser sujeto político y se convierte en recurso narrativo.
IV. Turismo masivo, la avalancha que desborda la memoria
El turismo cultural, promovido como motor económico, ha generado una presión creciente sobre la ciudad y sus comunidades. La llegada de masas de visitantes produce un doble efecto: por un lado, dinamiza ciertos sectores económicos; por otro, desborda la capacidad del territorio para sostener su propia vida.
La cultura se transforma en postal, en souvenir, en experiencia empaquetada. La memoria se estetiza. La precariedad se exotiza. La vida comunitaria se convierte en atractivo turístico. Este proceso, ampliamente documentado en estudios sobre gentrificación cultural, implica una forma de violencia silenciosa, la del desplazamiento simbólico y material.
Frente a la violencia-espectáculo, emerge un coro territorial que resiste la reducción de la cultura a mercancía. Esta voz coral —metodológica y poética— permite articular una crítica desde la pluralidad comunitaria:
Voz 1: No somos postal: somos proceso histórico. Voz 2: No somos traje típico: somos tejido de memoria. Voz 3: No somos danza para turistas: somos ritual que sostiene la vida.
Voz 4: No somos destino: somos territorio vivo. Voz 5: No somos folclor: somos resistencia cotidiana.
La coralidad funciona aquí como estrategia epistemológica: rompe la voz única, descentraliza la mirada, devuelve agencia a quienes habitan y sostienen el territorio.
V. Conclusión
Si la guelaguetza se ha convertido en metáfora del saqueo será necesario imaginar una guelaguetza del cuidado, donde la reciprocidad recupere su sentido comunitario y donde la cultura deje de ser espectáculo para volver a ser vínculo.
Una guelaguetza del cuidado implicaría reconocer la agencia de los pueblos y comunidades, desactivar la lógica extractiva del turismo masivo, desespectacularizar la política, restituir la memoria como práctica viva, reconfigurar el territorio como sujeto, no como escenografía.
En última instancia, se trata de devolver la palabra al territorio; no como objeto de representación, sino como coralidad que sostiene la vida.