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Hace seis años se nos adelantó en el viaje de esta vida el Maestro Ignacio Toscano. Como pocos, fue conocedor de la música clásica y de ópera, así como de la escena artística y cultural en Oaxaca y el país. Como funcionario público tuvo e impulsó el sueño de ver concretado un centro cultural de grandes dimensiones, a la altura del talento de las y los oaxaqueños. Es curioso, nos hicimos amigos el mismo día de su muerte, un siete de enero. Solo que la primera vez con la pandilla a la que frecuentaba entre risas y tragos en Sabina Sabe, uno de sus lugares favoritos de la ciudad de Oaxaca. En recuerdo de él, comparto la columna que escribí con motivo de su deceso, y aparecida en enero de 2020 en la versión impresa del periódico Noticias, el cual también se extraña.
Al entrar en la que fue su última morada, Ignacio Toscano presumía dos objetos que definían buena parte de su vida y su carácter. Eran, según él, el saldo que le permitía sentirse satisfecho: la batuta de Eduardo Mata y la llave del Palacio de Bellas Artes. También había otros objetos en sí mismos valiosos como una escultura de Sebastián a escala promedio, una hermosa creación en barro negro de Carlomagno Pedro y muchos discos. La música era la musa que lo había cautivado desde siempre.
Conocí a Nacho Toscano hace tres años, por tanto, no presumo una amistad de largo plazo ni podría hablar a profundidad de las diferentes etapas de su trayectoria como gestor cultural; papel que a fuerza del desprecio de los gobiernos por la cultura parece improbable cuando, en realidad, define la vida de quienes deben hacer magia, a falta de dinero, para que los proyectos se realicen.
Nacho era un conversador fabuloso. No se le escapaba un tema y sabía tejer fino para ir de las bellas artes a la política o al amor. Sobre este punto creía en la libertad. El ser amado, por encima de cualquier convencionalismo, debía ser compañero de viaje, de trayecto, alguien con quien se podía cargar la misma mochila a tramos, sin fastidiarse ni recriminarse nada. El amor, un ave surcando el cielo de Oaxaca.
Toscano coleccionaba amigos. Pocas personas se han dado el lujo de desayunar y cenar, en un mismo día, con Francisco Toledo y Sergio Hernández. Cenar con él era un privilegio porque, sin acaparar la conversación, sabía llevarla de la mano. Extendía los recuerdos al Oaxaca que conoció cuando niño en los cincuenta. Una vez en el patio del Palacio de Gobierno me enseñó la oficina de su abuelo que había sido tesorero donde solo quedaban cubetas y escobas.
Hace unos meses me invitó a una ópera en el Centro Cultural de la UNAM, era “Dido y Eneas” de Purcell. Producida en la Inglaterra del siglo XVII cuenta la historia de amor imposible entre la reina de Cartago, Dido, y Eneas, el héroe troyano. Aunque se aman, el destino de Eneas es fundar una nueva Troya lejos de ella, que morirá por la ausencia de su amado. “Recuérdame, pero olvida mi destino”, repite hasta el final una Dido agonizante. El maestro dejaba caer, de perfil, una discreta lágrima que sucumbía ante los aplausos de la sala Miguel Covarrubias.
Las notas de prensa que sobrevinieron a su fallecimiento destacaron su pasó como director del INBA y encargado de la Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca. Sin embargo, probablemente sea su labor al frente de “Instrumenta” el periodo que más disfrutó. Haber conjugado un programa de capacitación musical de alto nivel, que reunía a maestros de talla mundial que formaron por varios años al talento musical oaxaqueño fue un acierto que, a la distancia, nadie ha retomado en la tierra de Macedonio Alcalá.
Hace tres años puso todo su esfuerzo en un solo objetivo: que Oaxaca contara con el Centro Cultural que no tiene. Un recinto a la altura de la grandeza que siempre se atribuye a su historia y Guelaguetza, obviando que no hay, a la fecha, una sede magna dedicada a conjugar la enseñanza y la difusión cultural y que permita traer al estado la escena artística de México y el mundo. Este centro que homenajeará a “Álvaro Carrillo” se plantea como un "jardín botánico que se convierte en un teatro y evoca la composición espacial de la zona arqueológica de Monte Albán”, según la propuesta conceptual del consorcio de despachos mexicanos de arquitectura: Rocha-Carrillo, Tatiana Bilbao y Alberto Kalach.
En este proyecto Nacho entregó su resto. Y es que la idea es fantástica, construir sobre lo que hoy es una sede inútil y un parque abandonado un foro para 800 personas, un centro de exposiciones y talleres de arte; dos salas de cine con más de 120 butacas, áreas verdes y una liberaría. En total, renovar una superficie de más de 17 mil metros en donde comienza el Cerro del Fortín. Está por verse quién retoma este proyecto que hoy parece naufragar.
Con la partida del maestro Toscano se cierra una etapa en la gestión cultural que le hará falta a Oaxaca, pero sobre todo se va un amigo al que podía contarle mis penas sin dolor porque a cambio recibía una sonrisa comprensiva que invitaba a guardar la calma. Una sonrisa parecida a la que ayer intenté mantener sin éxito en la iglesia del Carmen Alto, mientras le decíamos hasta siempre con el aria “Nessun dorma” de Puccini.
Genio incomprendido, alma alegre, corazón de niño. Me gustaría pensar que fue al encuentro de su musa.
Tw: @bruneitorres