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OAXACA, Oax. 24 de septiembre de 2026.- Juan Villoro no me conoce, pero sus lectores sí que le conocemos. O creemos conocerle, que para efectos de la literatura puede ser casi lo mismo.
Sabemos de su amor por el futbol, por Kafka, por el rock, por los perros, por sus amigos, por su familia.
Hemos entrado con él a estadios y librerías, recorrido ciudades y asistido a conversaciones que parecían insignificantes hasta que Villoro encontró en ellas algo que los demás no habíamos visto.
Eso que hace con frecuencia, encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, es fascinante.
Villoro cumple 70 años este 24 de septiembre y lo celebramos quienes lo hemos leído, aunque él no sepa nuestros nombres.
Hay algo en escritores como Villoro que vuelve posible esa familiaridad. Van dejando pedacitos de sí mismos y nos conceden la libertad de hacer nuestros sus recuerdos, entusiasmos, pérdidas y obsesiones. De hablar de ellos en un café como se habla de alguien que, de alguna manera, también ha estado en nuestra vida.
Sabemos, por ejemplo, que su esposa, Sofía, juega futbol y capitanea un equipo llamado La Resistencia. Villoro ha bromeado con padecer el “síndrome de Georgina”, como la pareja de Cristiano Ronaldo, a él también le toca convivir con una futbolista y las bolsas de hielo sobre tobillos y rodillas.
Pero naturalmente Villoro encuentra algo más en la anécdota.
Cuando conoció a Sofía, ella llevaba un balón en el asiento del copiloto. El futbol, que durante décadas le ha servido para hablar de la derrota, la identidad, los héroes, las supersticiones y México, apareció también en su propia historia de amor.
Hace poco nos presentó también a Lars.
El enorme Gran Pirineo que Xavier Velasco, otro admirado escritor, regaló a su familia murió de cáncer y Villoro escribió sobre su despedida. Un perro nunca es solamente un perro cuando pasa por su escritura.
Lars terminó llevándolo a Tolstói, a la muerte y a esa desconcertante serenidad con la que los animales parecen aceptar aquello que los seres humanos pasamos buena parte de la vida tratando de comprender.
Ahí está una de las razones por las que sentimos que conocemos a Villoro, él nos cuenta las cosas que le importan antes de convertirlas en ideas pero terminan importándonos a nosotros también.
Hace unos días, El País lo llamó una rara avis. La expresión le va bien. Villoro pertenece a esa especie cada vez más extraña de intelectuales capaces de saber muchísimo sin hacer sentir pequeño al que sabe menos. Y la periodista oaxaqueña Claudia Suárez platicó con él en Madrid como parte de la Red Global de México, capítulo España, sobre su público infantil y sobre lo que significa ser un mexicano en el mundo.
Su vastísima cultura nunca llega al lector como una demostración de superioridad. Al contrario, la aterriza de tal forma que parece sencillo. Una anécdota aparentemente menor puede acabar en un texto maravilloso, desde un vuelo fallido hasta un cacomixtle que atenta contra la tecnología.
En Conferencia sobre la lluvia, su bibliotecario ha pasado la vida ordenando libros hasta descubrir que los libros han desordenado la suya.
La paradoja contiene mucho de Villoro. Lo leemos para entender el mundo y los buenos libros, en lugar de ordenarlo del todo, suelen devolvernos a él con nuevas preguntas.
Vaya, sus textos parecen una amena conversación, de ésas que uno quiere prolongar sólo por el placer de escuchar y Villoro nos acerca una silla.
Cada viernes recibo su columna como un gesto de afecto y generosidad. Siempre comienza hablando de algo que aparentemente le ocurrió sólo a él y unas líneas después, abre nuestra memoria y nos apropiamos de sus letras por el hallazgo de algún recuerdo.
Resulta difícil quedar completamente ajeno a lo que escribe. En Villoro un momento puede volverse infinito porque nunca se conforma con que las cosas sean solamente lo que parecen.
Mientras escribía La figura del mundo, Villoro comprendió algo que no había entendido de niño. Su padre, el filósofo Luis Villoro, lo acompañaba los domingos al estadio no porque fuera especialmente aficionado al futbol, sino porque ésa era su manera de estar con su hijo. Cuando Juan tuvo edad suficiente para ir solo, su padre dejó de acompañarlo.
Décadas después, la escritura terminó por explicarle aquel gesto y uno inevitablemente se mueve de su historia hacia la propia.
¿Cuántas cosas hicieron nuestros padres por nosotros cuyo significado sólo entendimos cuando crecimos? ¿Cuántos viajes, partidos, esperas, conversaciones o silencios descubrimos demasiado tarde que eran una forma de decir te quiero?
Ésa es otra extraordinaria capacidad de Villoro, empieza contando su memoria y termina activando la nuestra.
Tal vez por eso una de sus imágenes sobre la escritura también involucra a su padre. Ha contado que su gato Capuchino caza lagartijas y se las lleva como trofeos. De joven, Villoro hacía algo parecido con sus textos, eran las lagartijas que dejaba ante su padre para saber si las apreciaba.
La imagen es divertida, pero detrás está el hijo.
El escritor que ha publicado novelas, cuentos, ensayos, crónicas y teatro; el que ha recibido premios y reconocimientos; el intelectual que puede hablar de literatura alemana, futbol, rock o ciudades, conserva también algo de aquel muchacho que quería saber si a su padre le había gustado lo que escribió.
Para quienes vivimos en Oaxaca, es una figura cercana. Ha estado en la Feria Internacional del Libro de Oaxaca para hablar de literatura, periodismo, ciudades, futbol y amigos.
En 2015 participó en el homenaje a Rogelio Naranjo; un año después llenó el Teatro Macedonio Alcalá con Mientras nos dure el 20, donde sus textos de Tiempo transcurrido convivieron con el rock. Ha vuelto otras veces y escucharlo confirma esa fortuna de coincidir en estos tiempos con sus letras.
Felices 70 años, admirado Juan Villoro.
Tus lectores te estaremos celebrando y quizá sea pertinente releerte como una forma de resistencia ante el mundo que nos tocó, tan de prisa, tan algorítmico, tan efímero.
En estos tiempos, cuando es más fácil scrollear TikTok que permanecer unos minutos dentro de un texto, Villoro ha dicho que leer es una forma de resistencia.
Cómo conocer a Villoro
No hay que leerlo en orden cronológico. A Villoro se puede llegar por el lugar que a cada quien le resulte más cercano.
Si le gusta el futbol, Dios es redondo. El balón es apenas la puerta de entrada para hablar de muchas otras cosas.
Si quiere conocer al cuentista, La casa pierde. Ahí está el Villoro capaz de detectar el instante exacto en que lo cotidiano deja de serlo.
Si prefiere una novela, El testigo, Premio Herralde. México, memoria, literatura, regreso e identidad.
Si quiere al cronista de la Ciudad de México, El vértigo horizontal. Una ciudad contada por alguien que la habita, la recuerda y todavía consigue sorprenderse de ella.
Si le interesan la tecnología y este extraño presente, No soy un robot. Una reflexión sobre la lectura, la atención y lo que significa seguir siendo humanos mientras las máquinas aprenden cada vez más cosas sobre nosotros.
Si quiere al Villoro más íntimo, La figura del mundo. Un hijo tratando de comprender a su padre y descubriendo, al hacerlo, cosas que también ignoraba de sí mismo.
Si quiere compartir a Villoro con un niño —o reencontrarse con el lector que alguna vez fue—, El libro salvaje. Porque también ha escrito para quienes todavía pueden creer que un libro es capaz de escoger a su lector.
Y si todavía no sabe por dónde empezar, hay una solución mucho más sencilla, busque una columna suya y seguro que se encontrará alguna vez entre sus letras.