
Invita Salomón Jara a vivir La Fiesta Más Viva de Todas
OAXACA, Oax. 5 de julio de 2026.- México está por jugar uno de los partidos más importantes de su historia reciente y Oaxaca no se queda al margen.
Desde temprana hora comenzaron las concentraciones en distintas sedes donde el encuentro podrá seguirse en pantalla abierta.
Por ahora, las calendas, los convites y los excesos de la Guelaguetza hicieron una pausa. El ánimo está puesto en el partido.
En el Paseo Juárez El Llano hay ambiente mundialista. No todos llevan la playera de la selección, pero esperan pacientes en las sillas que ocuparon desde temprano, como si apartar lugar también fuera una forma de anotar un gol.
Hay camisetas verdes, blancas, negras y hasta de mundiales pasados. Algunas tienen nombres de jugadores que ya no están, pero eso importa poco, en México la fe futbolera casi siempre sobrevive a las alineaciones.
El Llano tiene historia. Cuatro leones cuidan el ingreso, aunque no impiden que entre todo tipo de gente. Familias, niños, vendedores, curiosos y hasta los del 420 que se fuman su porro en una de las esquinas.
El parque de los perros y de los niños volvió a ser de las familias. México esperó 60 años para reencontrarse con Inglaterra en una Copa del Mundo y todos esperan que ahora la historia sea distinta.
En 1966, la selección inglesa venció a México 2-0 en Wembley, con goles de Bobby Charlton y Roger Hunt. El equipo mexicano, dirigido por Ignacio Trelles, quedó eliminado en la fase de grupos, mientras Inglaterra siguió su camino hasta levantar la Copa.
Sesenta años después, México vive el encuentro como sede y el partido se volvió asunto de interés nacional. Desde el teléfono, la radio y las aplicaciones se sigue el minuto a minuto. Que si cambió el horario, que si hubo retraso, que si ya está la alineación, que si ahora sí.
La gente hace suyo el juego en las calles. Los 11 estarán en la cancha, pero afuera millones tienen el corazón henchido, en espera de que la ilusión no vuelva a quedarse en promesa.
Oaxaca siempre tiene fiesta, pero este domingo mira hacia la cancha, aunque sea desde una pantalla y lejos del Estadio Ciudad de México.
El partido todavía no empieza y ya hay nervios, ganas de creer y de cantar a todo pulmón “Oye mi amor”, de Maná, esa canción que volvió a surgir como una especie de himno sentimental de la selección.
Para una generación acostumbrada al “ya merito”, a los técnicos discutidos y a las derrotas archivadas como agravios familiares, la esperanza no se explica con palabras ni en inglés. Aunque Oaxaca tenga espacios bilingües para turistas, hoy se habla español.
En espera del partido, el tiempo transcurre. Un niño mueve el pie con ansiedad. Otro sopla una trompeta de plástico. Alguien pregunta por las tortillas. Alguien más revisa si alcanzó el hielo.
México parece prepararse como si fuera fiesta patria: antojitos, refrescos, cervezas, playeras de la selección y la promesa de que ahora sí nadie se va a alterar, aunque todos saben que esa promesa no suele llegar viva al minuto 10.
La ciudadanía, que no siempre cree en las autoridades, tampoco cree mucho en los árbitros. Con la diferencia de que al árbitro se le puede gritar sin hacer fila ni presentar oficio.
De algún modo, el Mundial y la Guelaguetza se parecen: ambos tienen programa oficial, horarios, invitados, música y solemnidad, pero la verdadera fiesta ocurre en la calle.
En la sala, en la cantina, en la calle, en el tráfico, en el puesto de comida y en el vecino que decía que no le importaba, pero terminó parado frente a la pantalla.
Este domingo México enfrenta a Inglaterra, pero también enfrenta su vieja costumbre de quedarse cerca.
Oaxaca, mientras tanto, pone la alegría, el ruido y una ciudad que celebra incluso cuando no sabe muy bien qué está celebrando.
Como país, quizá somos eso, una eterna parranda que llega con desorden, retraso, música y pendientes que se dejaron para después de conocer el marcador, ese que esperamos para gritar a todo pulmón ¡Viva México, cabrones!