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Tiempos modernos
Días después de su desaparición, en un paraje del bosque de Chamilpa fue encontrado un cuerpo que, a reserva de la confirmación pericial, corresponde con el de Kimberly Joselín. El estado en que fue localizado obliga a seguir protocolos forenses que tomarán varios días, pero todo apunta a que se trata de la joven estudiante de la UAEM. El hallazgo no trajo alivio: trajo una certeza dolorosa: Kimberly no volverá a casa. Las autoridades han actuado con la rapidez que corresponde a sus tiempos desde el primer momento. La Fiscalía abrió líneas de investigación, detuvo a un joven cercano a la víctima y ha mantenido diligencias constantes. Seguridad Pública desplegó operativos y la gobernadora ha insistido en que el caso es prioritario. La UAEM ha acompañado a su comunidad, aun en medio de la tensión y la indignación que se han desbordado en los últimos días. Pero ahora el caso ha cambiado. El cuerpo es, en sí mismo, prueba de un feminicidio. La imputación contra Jared Alejandro deberá modificarse: ya no se trata solo de desaparición cometida por particulares agravada, sino de un delito más grave, con otros agravantes y otras responsabilidades. Y aun así, la pregunta que flota en el ambiente es inevitable: ¿actuó solo? La información al momento, con la que contamos, dice que sí. Esperaremos al proceso, para saber más Una comunidad convulsionada La UAEM vive días de profunda conmoción. Grupos de jóvenes han salido a las calles, han cerrado accesos, han exigido respuestas. No es rebeldía: es miedo, es dolor, es la sensación de que una de las suyas desapareció sin que nadie pudiera evitarlo. Y ahora, que todo apunta a que Kimberly fue asesinada, la herida se vuelve más profunda. Las iniciativas institucionales para acompañar, escuchar y contener han sido importantes, pero insuficientes frente a la magnitud emocional del momento. La comunidad universitaria no solo exige justicia: exige sentido. Exige entender cómo fue posible. Exige saber qué falló. El contexto que agrava todo Estamos a días del 8 de marzo. En cualquier otro momento, la desaparición y muerte de una joven universitaria sería un golpe devastador. En este contexto, se convierte en un símbolo doloroso de algo más grande: la vulnerabilidad estructural en la que viven miles de mujeres. Kimberly no es un caso aislado. Es parte de una realidad que se repite con demasiada frecuencia. Una realidad donde las mujeres siguen enfrentando riesgos que no deberían existir, donde los entornos que deberían ser seguros —la escuela, la casa, los vínculos afectivos— no siempre lo son. Lo que sigue para las instituciones La Fiscalía deberá profundizar la investigación, esclarecer el móvil, determinar si hubo más personas involucradas y comunicar con claridad. Seguridad Pública tendrá que revisar protocolos, rutas de búsqueda, tiempos de reacción. La UAEM deberá acompañar a su comunidad con empatía y firmeza, sin minimizar el dolor ni permitir que la indignación se convierta en ruptura. Pero hay algo más: esto no se resuelve solo con instituciones. Lo que sigue para la sociedad La muerte de Kimberly nos obliga a mirar hacia adentro. A reconocer que la violencia contra las mujeres no se combate únicamente con operativos, sino con educación, con vínculos sanos, con hombres que revisen sus prácticas, con familias que escuchen, con comunidades que no normalicen el control, los celos, la posesión, la violencia íntima. Hace falta una transformación cultural profunda. Una que no se decreta: se construye. Lo que importa ahora Lo más importante sigue siendo lo mismo: que se confirme la identidad del cuerpo, que se esclarezca la verdad y que haya justicia. Pero también importa algo más: que la muerte de Kimberly no se convierta en un expediente más. Que su nombre no se diluya en la estadística. Que su historia nos obligue a cambiar. Porque lo que sigue ahora no es solo un proceso judicial. Lo que sigue es decidir qué tipo de sociedad queremos ser después de Kimberly. Escríbeme en [email protected] Sígueme en Facebook @JaimeLuisBrito y Twitter: @Patrio74