
Los obispos y la Cristiada
Charlas con mi hija
Especialista en niños
—Mami, este fin de semana vino Fabiola a visitarme. Desde que se fue a Puebla en diciembre no había vuelto. Empezó a contarme de su novio, de cómo él comenzó a probar drogas y de su comportamiento autodestructivo. También me confesó que les ha estado diciendo mentiras a sus papás sobre los lugares a los que iba y que incluso se escapaba para estar con este muchacho, a quien ellos no aceptaban.
Traté de decirle que se merecía a alguien mejor, pero no me creyó. Parecía que no se respetaba a sí misma. Intenté convencerla de que estaba acelerando su futuro y metiéndose en grandes problemas, pero no logré nada.
Cuando se fue, me quedé realmente preocupada y cansada por la conversación. Estaba tan frustrada que casi llegué a decirle que éramos tan distintas que quizá deberíamos terminar nuestra amistad; sin embargo, no lo hice. Decidí poner a prueba el poder de la amistad. Hemos sido amigas por tanto tiempo que esperaba que ella valorara lo suficiente nuestro vínculo como para entender que solo intentaba evitar que saliera lastimada. Quería creer que nuestra amistad podía superar esa situación.
Ayer me llamó y me dijo que había estado pensando mucho en lo que hablamos. Después, me contó que había terminado su relación con ese muchacho. Fue uno de los momentos más gratificantes de mi vida. Nunca me había sentido tan orgullosa de una amistad.
—Cristy, me da gusto saber cómo la orientaste. Eso quiere decir que has asimilado buenos principios morales y que procuras transmitirlos. ¡Te felicito!
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