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Hace un mes, un tirador solitario irrumpió en la zona arqueológica de Teotihuacán, al norte del valle de México, con el propósito de causar dolor y sufrimiento a desconocidos. Por el lenguaje enrevesado que usó en sus últimos momentos de vida, lo guiaba una misión superior que lo llevó a disparar contra sus semejantes, incluidos mujeres y niños. “Vosotros que habéis venido de Europa, no vais a regresar”, por ejemplo; una de varias frases que presentaban a quien en vida se llamó Julio César Jasso Ramírez como una especie de vengador precolombino, aunque gran desconocedor del profundo proceso de mestizaje que, a este país tan dolido, le sigue causando serios problemas de convivencia cotidiana. En los vídeos tomados con mucho riesgo por turistas también se escucha: “¡Si os movéis, os sacrifico! Esto [la pirámide] se construyó para sacrificar, cabrones, no para que vengáis a hacer la puta fotito de mierda”.
El saldo del atentado fue una mujer canadiense fallecida y siete personas más heridas, aunque la tragedia pudo ser mucho peor. Quienes conocieron a Jasso Ramírez, y el perfil elaborado por la Fiscalía del Estado de México, identifica a un hombre de 27 años, originario del estado de Guerrero, desconectado de su realidad inmediata. Encontró en la doble efeméride del día la razón de sus últimas acciones: por un lado, la matanza de Columbine del 20 de abril de 1999, y por otro, el natalicio de Adolf Hitler. Según consta en la investigación ministerial, en ese coctel de intolerancia racial y odio supremacista se desarrollaba, al menos en sus pensamientos diarios, el también vecino de la alcaldía Gustavo A. Madero.
Posterior al ataque, se viralizó en X una foto de Jasso, en su adolescencia, sujetando con las manos el disco “Art Pop” (2013) de Lady Gaga. La foto es inocente, el joven parece un fan más que acude a un concierto con el disco de su artista favorita. La mirada y el gesto parecen el de uno de miles de jóvenes, casi niños, que viven en un mundo de admiración hacia sus ídolos musicales. Poco más de una década después, Jasso es el perpetrador de un atentado atípico, que sacude el mediodía del país y nos devuelve demasiado pronto al pasado reciente: el adolescente en Lázaro Cárdenas, Michoacán, que con un rifle de asalto mató a dos de sus profesoras que le habían impedido ingresar a clases por llegar tarde en una preparatoria. La muerte de grueso calibre como castigo a manos de un niño de 15 años, también seguidor de páginas y foros en internet donde se glorifica la violencia desde perspectivas nihilistas, cuando no supremacistas, cuando no correspondientes al odio hacia sectores específicos de la población: minorías sexuales, indígenas, y en el caso del ataque de Teotihuacán: extranjeros. Dos casos notorios en el mismo año, reflejo de las subculturas que pululan no necesariamente en la dark web, e influyen silenciosamente en quienes apenas están creciendo incluso físicamente, o crecieron demasido rápido y sin tiempo de entender qué les estaba pasando.
En el caso de Teotihuacán, el fenómeno escala, a la par del simbólico escenario que elige el tirador solitario, por la tendencia manifiesta de demostrar su desprecio a los visitantes extranjeros y culparlos de los males de la sociedad mexicana. Con el proceso de gentrificación de las grandes ciudades se ha reivindicado un silencioso rencor a quienes, con mayor poder adquisitivo, pueden disfrutar holgadamente los espacios de ocio y diversión donde antes el uso de suelo era solo habitacional. Es un lento proceso que, a la luz de los hechos, se traduce en formas grotescas para liberar la violencia contenida a causa de cierta xenofobia mexicana que, irónicamente, se proyecta hacia el espacio público a unas semanas del Mundial de Norteamérica 2026, cuando las tres ciudades mundialistas del país estarán bajo máxima exposición y, en la misma medida, bajo máximo riesgo de que otro vengador quiera trascender su propia declaración de principios.
Desde la cima de la Pirámide de la Luna, Jasso se asumió mensajero de la vieja civilización teotihuacana, y con un arma sumamente modesta respecto a las masacres que aparentemente admiraba, reivindicó sus propios demonios hasta que aparentemente se suicidó en medio del pánico de los visitantes y el posterior cerco de la Guardia Nacional. Un ejemplo de todo lo que puede salir mal también respecto al control de acceso de personas armadas en zonas arqueológicas a cargo del INAH, y es que Teotihuacán es monumental, pero no por ello debería ser un espacio al que se pueda ingresar con una mochila táctica impunemente.
Metáfora del curso de los acontecimientos recientes que en el país hieren y lastiman, la reivindicación de Jasso devela un problema estructural: jóvenes que crecen entre falsos ídolos y una desconexión cada vez mayor de su circunstancia inmediata, que acumulan rencor en contra de la sociedad que los rodea y la culpan de sus frustraciones cotidianas. La fabricación de un enemigo, que esta vez es el extranjero que puede pasear por México, y se aleja de la realidad del muchacho que vuelve de noche en una combi siempre insegura a su colonia, antes o después del paradero de Indios Verdes, zona que el tirador conocía bien. Que con frecuencia es asaltado para perder nuevamente un celular que paga a crédito, una cartera con los magros ingresos semanales, una mochila con sus escasas pertenencias. Con sus cinco minutos de fama, Jasso aspiró a la inmortalidad mediática, pero el acto que perpetró tiene la oscuridad de un pozo profundo.
En la piedra de los sacrificios, lugar simbólicamente consagrado para satisfacer con sangre a los dioses precolombinos, Jasso dejó para siempre la marginalidad de su siglo, y con su violencia desfogada mostró que las grietas en la estructura social mexicana no dejan de sorprender por sus alcances fatídicos. Hacia adelante, el trabajo de quienes previenen las violencias, desde cualquier orden de gobierno, pero sobre todo desde la sociedad civil mexicana, será todavía más arduo.
*Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México.