
Ilustra Melissa Pérez Segnini colección Cómoda de Pro Femme
Caminar por Contepec, Michoacán, es una experiencia extraña cuando uno conoce un poco de su historia. Hay documentos que hablan de este lugar desde hace casi quinientos años y, sin embargo, al recorrer sus calles resulta difícil encontrar construcciones capaces de contarnos, con sus propios muros, siquiera los últimos cien.
Algo hemos ido perdiendo.
Los pueblos rara vez desaparecen bajo una sola demolición. Se borran lentamente: una ventana de madera sustituida por aluminio, una fachada antigua cubierta de azulejo, una casa derribada para levantar locales, un patio convertido en estacionamiento. Seguimos llamando igual a las calles, pero poco a poco el lugar que nombrábamos deja de existir.
En estos días esa discusión ha llegado nuevamente a Contepec. El Centro INAH Michoacán solicitó al Ayuntamiento la suspensión provisional de obras realizadas sin autorización en un inmueble del centro de la población considerado monumento histórico. La actuación del Instituto y la solidaria disposición mostrada por el presidente municipal, Eduardo Martínez Guzmán, abren una oportunidad que no deberíamos desperdiciar: preguntarnos qué estamos perdiendo antes de que sea demasiado tarde.
Porque una casa nunca es solamente una casa.
En ese espacio nació Homero Aridjis en 1940. Y no se trata únicamente de colocar una placa con su nombre. Esa casa forma parte de la geografía de su memoria y de su literatura.
En El poeta niño, Homero recuerda que su casa estaba en la Plaza Principal, frente al jardín público. Desde ella podía verse la torre de la vieja iglesia y, detrás del pueblo, los cerros cambiaban del verde al azul según la distancia. Sobre los tejados escribió una imagen que me parece reveladora: “el pueblo verdadero comenzaba en el aire”.
La casa misma tenía su propia biografía. Homero cuenta que había sido reconstruida por su padre y que conservaba huellas de tiempos inmemoriales: donde estuvo la cocina quedó después un corredor; antiguos parapetos, levantados para defenderse durante un ataque, terminaron convertidos en habitaciones. Su madre creía incluso que bajo aquellos pisos podían permanecer tesoros enterrados por personas que habían vivido allí durante la Revolución.
Verdaderos o imaginarios, los tesoros estaban ahí.
Para mí resulta imposible separar esa historia de la familia. Yo también pasé mi infancia en esa casa. Mi madre, Yvonne Aridjis, maestra y pintora, me enseñó a mirar el mundo a través del color y yo escogí después el camino de los pinceles. En nuestra familia hay escritores, fotógrafos, cineastas y pintores. Quizá por eso aprendimos que aquello que parece inútil para el mercado —un cuadro, una fotografía, un poema, una habitación antigua— puede terminar siendo aquello que mejor explica quiénes fuimos.
México mantiene una relación contradictoria con su pasado. Nos enorgullecemos de conventos, pirámides y centros históricos cuando ya han sido declarados monumentos, pero con frecuencia somos incapaces de reconocer el patrimonio mientras todavía tiene una puerta que se abre, una cocina, un corredor o alguien que recuerda haber jugado allí.
Pareciera que esperamos a que algo se convierta en ruina para comenzar a llamarlo historia.
No se trata de impedir que Contepec cambie. Los pueblos necesitan comercio, trabajo y nuevos espacios. La vida también consiste en transformar. Pero transformar no debería significar borrar. Una plaza comercial puede construirse en muchos lugares. La casa donde nació un poeta, no.
Algún día nosotros también desapareceremos de Contepec. Quedarán, con suerte, pinturas, fotografías, libros y algunos muros capaces de decirle a quien todavía no ha nacido: aquí ocurrió algo. Aquí un niño miró la iglesia, los cerros, las calles y el cielo, y comenzó sin saberlo a construir una obra literaria que terminaría por llevar el nombre de su pequeño pueblo mucho más allá de sus fronteras.
Homero lo expresó alguna vez con esa capacidad que tiene la poesía de alterar las dimensiones de las cosas:
«Contepec es más grande que París y Nueva York,
esas ciudades tienen límites y Contepec
es tan pequeño que comienza y termina en el cielo».
Tal vez ahí radique el verdadero valor de conservar una casa. No en aferrarnos a las piedras por nostalgia, sino en comprender que algunos muros contienen algo que ya no puede volver a construirse.
Las casas también son historia.
Y un pueblo que borra una y otra vez los lugares donde habita su memoria corre el riesgo de despertar algún día y descubrir que, entre tantos edificios nuevos, ya no reconoce su propio rostro.