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“¿Qué es lo que desprecias? Por ello serás conocido”, dice una de las muchas sentencias de la novela de ciencia ficción Dune de Frank Herbert. Como se sabe, se trata de una historia política más que galáctica sobre el control de un recurso escaso pero indispensable para el propio sentido intercomunitario y del surgimiento de un mesías en cuya persona se hibridan milenios de artes humanas, de ciencia pura y de mística religiosa. Sin embargo, la frase se utiliza en el relato como una advertencia a los poderosos pues las cosas que son rechazadas o menospreciadas son aquellas que, paradójicamente, terminan definiendo el carácter y reputación de quien las desprecia en primera instancia. En estos días, me ha resonado esa frase ante las muy diversas expresiones y acciones de los líderes políticos contemporáneos.
Ante todo hay que decir que el insulto y la descalificación son las armas discursivas más recurrentes en la política; se utilizan esencialmente para destruir reputaciones y ridiculizar a los adversarios, pero de lo que hablamos aquí no es esto, es más profundo. El desprecio no se trata sólo de una estrategia discursiva para ganar partidarios y azuzar sus motivaciones mientras se caricaturiza a los oponentes; sino de la manifestación de un sentimiento de superioridad, de una certeza de fantasía egocéntrica que observa al prójimo como indigno e inferior (casi como un ser humano de ‘segunda clase’) sobre el cual son posibles los actos de exclusión, ridiculización, discriminación o negación de cualquier estatus de justicia.
Los problemas que esta actitud desde el poder puede causar al equilibrio social son evidentes: las personas que carecen de voz en el espacio público son ignoradas, las que no cuentan con un ‘estatus’ suficientemente digno para participar del debate social son excluidas; y las que por cualquier categorización de su identidad son menospreciadas en la esfera de participación democrática corren el riesgo de ser eliminadas progresivamente. Claramente, la normalización del desprecio en el ámbito público conduce a escenarios sociales complejos como el racismo, el clasismo, la misantropía y la indiferencia generalizada ante la muerte provocada.
En las últimas décadas, no habíamos asistido a tantas adjetivaciones despectivas y despreciativas desde el poder como ahora; de hecho, el desprecio se ha convertido casi en el casus belli de no pocas acciones militares; pero también en la falaz justificación para tomar o constreñir la vida de un ser humano sin consecuencias. El cálculo de las invasiones o intervenciones de guerra unilaterales sobre pueblos inocentes para expoliar sus recursos no se pondera sino por dos notables desprecios: desprecio al pueblo sometido y desprecio a las instituciones de regulación internacional. Pero también, la promoción de leyes que literalmente están orientadas a la terminación de la vida humana se realiza desde una superioridad (moral, física, legal, existencial) que se considera facultada para determinar qué o quién debe vivir; e incluso se definen las categorías humanas que son legítimamente descartables, a las que les hemos quitado todo valor. Y esa es una tentación recurrente de los poderosos en momentos de crisis.
Por eso, el mismo Herbert recomienda que la ley no debe convertirse en rehén de los poderosos ni en una fortificación de los encumbrados para ser usada contra “los mártires que ha creado” pues “uno no puede amenazar a una individualidad y escapar de las consecuencias”. Y ahí es donde entra su advertencia inicial: Los poderosos serán reconocidos por aquello que desprecian. Pues quizá, en medio de sus certezas y seguridades sobre sus propias fortalezas, consideren que el lenguaje agresivo y peyorativo sea indispensable dentro de su estrategia de presión política y presencia mediática en estos tiempos de alta competitividad por dominar las pantallas y la cultura digital; sin embargo, el desprecio que reluce detrás de esa agresividad no sólo los pinta hoy de cuerpo entero sino que la historia los habrá de recordar invariablemente junto a aquello que han desdeñado; y que, al no ponderar los límites de la propia fuerza para ejercer el poder sobre los débiles, toda memoria de sus actos de dominación será infamia.
En síntesis, para documentar nuestro optimismo, nos viene bien recordar que existe un límite a la fuerza que ni siquiera los más poderosos pueden aplicar sin destruirse a sí mismos.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe