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2 de octubre y el arca naufraga
Había decidido escribir sobre la terrible y violenta situación que padecen los paisanos allá en mi añorado Istmo a pesar de una y otra vez pensarlo ante el clima de amenazas, persecución y señalamientos de los bandos que han llevado el ajuste de cuentas, los asesinatos, el cobro de piso, el secuestro, el asedio a la población y a los comercios con la participación, complacencia, omisión y por desgracia complicidad de no pocos gobiernos de los tres órdenes como se documenta y menciona en los medios de comunicación y sobre todo en las inefables redes sociales. Sin embargo estimulado por los constantes videos en una de las redes más popularizadas de un singular joven del Pueblo Ikoot y los comentarios del mejor gastroenterólogo de Oaxaca y uno de los mejores de México, saqué del arcón de los recuerdos algunos episodios que la vida me ha permitido sentir desde los relatos bastante míticos de mi viejo, de mi ejercicio antropológico y hasta por fortuna y goce existencial del amor que tuve allá en el añorado San Mateo del Mar, donde el mar muerto revive con la gente del viento, de la arena y de las dunas que han desafiado su propia existencia como asentamientos ancestrales.
Cuando mi padre hacía alarde de temeridad, templanza y arrojo exclamaba con pasión: Que miedo voy a tener si nací en San Mateo y me cortaron el ombligo con el filo de una botella, ante el movimiento de cabeza de mi vieja que comprendí años después cuando gozoso regresé de uno de los primeros trabajos de investigación social en la capital de los mareños exclamándole que por fin había conocido la tierra de mi padre a lo que extrañada me contestó ¿cómo, si ya conocías Salina Cruz? a lo que le contesté no, San Mateo, riéndose con sonoras carcajadas me hizo terminar con aquella versión y enmarcar entonces la concepción de reciedumbre que entre los zapotecos del istmo tenían los Ikoots. Por cierto arrinconados desde la llegada de los zapotecas de Zaachila para conquistar aquellas ricas tierras que además de arrebatarles sus comunalidades originales, le endilgaron el sobre nombre de huaves que aún persiste en una buen aparte de la denominación externa y que de acuerdo a los registros académicos, significó gente que se pudre en la humedad que dio pie a ser excluidos de diversos círculos de convivencia y que obligó a las mujeres a adoptar la vestimenta Zaee, zapoteca, para poder comercializar sus productos en los principales centros comerciales del Istmo.
Su mercado municipal tenía hasta hace poco, piso de arena de mar, donde después del mediodía los olores de uno de sus guisos tradicionales inundan el ambiente que es un tamal delicioso llamado Mengue que las mujeres preparan con masa nixtamalizada, un especie de salsa de epazote, aceite y agua en que reposan pedazo del pescado llamado liza, para embadurnarlo y envolver en una tortilla y cocinarlo en una olla sin fondo donde previamente se prepara con leña de mangle y los adhieren a la panza de la olla para hornearlos en ese instrumento tradicional donde los zapotecos cocinan también los tamalitos de camarón llamados guetabinguis, so pena que mis paisanos me llamen impío por tal comparación. Allí también el amor pasa y es que valga decir y sentir que años atrás conocí a una hermosa e inplvidable joven mujer que trabajaba en uno de los cuatro comedores del mercado municipal del que era dueño un singular personaje Zaee por cierto, que al ver el impacto que ella causó en mis veintiún años y de alguna suerte de simpatía que expresó en sus ojos color miel y su sonrisa limpia y angelical, en más de una vez en que acudí desde entonces para verla con el pretexto de degustar un mengue, me conminaba a cumplir con una de las costumbres que los externos condenan y califican como inaceptable que es el rapto consensuado a lo que me negué una y otra vez a pesar de mi cultura Zaee, más alineado por la formación que tuve en los estudios universitarios de Xalapa en la Universidad Veracruzana y la militancia de izquierda estudiantil que me llevó al liderazgo de mi facultad,
Después del insomnio durante tres noches regresé decidido a pedirle que fuera mi compañera y que el gesto entre molesto y burlón del dueño de comedor me dio en pleno sentimiento al obligarme a tomar hasta tres mezcales cuando le pedía de desayunar me espetó en uno de los recuerdos que aun impactan en mí alma: ¿Vienes por ella verdad? jum: ¡Anoche se la robaron! Solo tiempo después cuando el huracán Isidore me volvió para coordinar los esfuerzos para apoyar a los damnificados, entré a aquel querido mercado y la volví a ver avejentada por la pobreza, los múltiples partos, el calor y el salitre que le partía la piel, me dijo en su escaso español: Garfia no me pretendas ya estoy casada, para adherir a mi alma otro mal de amores.
Gerardo Garfias Ruiz
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