
Confirma PVEM a Raúl Bolaños como su carta fuerte para 2028
Hay dos imágenes que se contraponen. En la primera un oaxaqueño se encuentra con la fotografía de María Sabina en un puesto de periódicos de Paseo de la Reforma, casi en la esquina con Bucareli. Es el cruce de tantas veces, transeúntes a pie y en bicicleta, autos y autobuses alrededor. María Sabina fuma en medio de la avenida más importante de la ciudad de México. El oaxaqueño continúa su camino, no sin antes dejarle un saludo a la famosa paisana de Huautla de Jiménez, le piensa como abuela generosa antes que como ícono contemporáneo.
La segunda imagen se suscita cerca del Zócalo, eterno comienzo mexicano, donde el domingo la presidenta de la República rinde un informe de su primer año de gobierno. Cientos de oaxaqueños acuden a la cita y el oaxaqueño de la primera escena no llega a la plancha del zócalo porque desde muy temprano está a reventar. Pero se encuentra en el camino a los monos de calenda y las marmotas que vienen de regreso, entre jóvenes con la vestimenta tradicional de Pochutla. A la altura del Palacio de Bellas Artes, el choque entre unos que van y otros que vienen, le recuerda esos años de coberturas constantes de diferentes eventos de los paisanos organizados en Iztapalapa, Ciudad Neza, y otras demarcaciones sobre todo del oriente del valle de México.
En una de tantas veces, el oaxaqueño conoce a José Ventura Gil, militar retirado, compilador de los Sones de Betaza y director de la banda oaxaqueña “Laguna Encantada” en la colonia Ramos Millán, que le declara al inquieto joven que “Oaxaca es una canasta de pan y también una canasta de flores”. Y la metáfora le suelta un par de discretas lágrimas al entrevistador, pues todas las veces termina con la misma pregunta: “Para usted, qué significa Oaxaca en una frase”. Y es que para él significa el cariño de su abuela Carmen, mixteca nonagenaria, a quien visita cada fin de semana al norte de la ciudad pues de lunes a viernes estudia y trabaja al mismo tiempo.
La gaceta Oaxaca en México fue un capítulo valioso de la Representación del Estado de Oaxaca en la ciudad de México. Hoy que resulta anecdótico hablar de casas de representación, cuando fueron precisamente estas casas de los estados las pequeñas embajadas en las que podían proyectar su agenda cultural, turística, gastronómica, y por supuesto, las oportunidades de inversión en las realidades subnacionales. México, hay que reiterarlo, no es un monolito sino un mosaico. Algunas, como la representación de Jalisco, ubicada en Polanco, tenían oficinas que prácticamente equivalían a las de una embajada de país en ascenso económico. Muy cerca, en Nueva Anzures, estaba la de Oaxaca, hoy casa de la resistencia triqui.
En el paralelo cuántico, el oaxaqueño desciende del metro a la altura de Salto del Agua. Un viejo recuerdo le aviva las ganas y camina por la calle de Aranda, donde hay más pollerías por metro cuadrado que en cualquier otro lugar de la capital, hasta encontrar la vieja esquina azul, donde siendo estudiante de la UAM acudía con sus compañeros para tomar un curado de pulque algunas veces al año. Es mediodía y hay poca gente, pero algunos señores con personalidad setentera se sientan a la mesa, beben curados de avena y de apio, afuera el cielo es un pañuelo gris. El oaxaqueño toma asiento en la barra y pregunta sin encontrar respuesta por don Arturo, el dueño de Las Duelistas, si bien este pulque es traído desde Tlaxcala.
Con el reciente éxito de los conciertos de Zoé en la ciudad de México, que reúnen sobre todo a treintones y cuarentones reflexivos, el oaxaqueño sabe que está más cerca del medio siglo que de los quince años, con los que descubrió el amor y sus desengaños. Con esa certeza se para delante de una rocola vieja y pone tres canciones de la banda en cuestión. Suena “Nada” y las notas en el aire encienden la pulquería, el techo cambia de color: “Transfusión de magia pura para el corazón”. A esta canción le sigue la más sonada de las últimas semanas: “Y todas las noches bajo la vía láctea parecen eternas si tú no estás”. Al techo, cielo azul eléctrico, a diferencia del grisáceo cielo real, se le iluminan algunas líneas rectas con puntos equidistantes. Como si el puente cósmico con la Casa del Mezcal, en la ciudad de Oaxaca, hubiera quedado establecido después de honrar la bebida ancestral.
Vuelvo a la segunda escena, y saludo a don Agustín Salazar, amigo de muchos años oriundo de Zapotitlán Lagunas, municipio oaxaqueño casi en los límites con Guerrero; ferviente seguidor de la izquierda, no de ahora, sino desde que lo conocí en tiempos de mi paso por la representación oaxaqueña. El paisano podía pasar horas atendiendo a los oaxaqueños con problemas en sus actas de nacimiento, con paciencia infinita, y en los pocos ratos de ocio, o al salir con rumbo al metro Chapultepec, platicábamos de diversos temas. Don Agustín no solo era servidor público de cancha, también es maestro en historia del arte por la UNAM, así que encontrábamos temas en común, como la obra de los grandes maestros oaxaqueños, siendo Rodolfo Nieto el tema de su tesis de maestría, y uno de los puntos en común de los que hablábamos. Le recuerdo al paisano que nueve años nos separan de aquel momento y no lo cree. Puedes dejar de ver a alguien en tanto tiempo y que parezca el pestañeo de las últimas semanas, para retomar la conversación donde se quedó.
Le platico que estuve en el Museo Nacional de Arte. Hay una exposición temporal sobre José María Velasco, el gran paisajista mexicano de finales del siglo XIX. Y ahí, en la sala temporal sobresalen dos óleos, el de la catedral de Oaxaca, pintada de costado, y con vista hacia el Zócalo, los portales y el palacio de gobierno, y el del camino a Guelatao, en el que se observan las portentosas montañas, a un paisano caminando por una vereda y enclavada después la pequeña laguna que inmortalizó Juárez, por ser el lugar donde llevaba a pastar a las ovejas, o es que acaso este mito fundador de nuestra historia es tan poderoso que hoy recuerdo a mi maestra de tercero de primaria contármelo. Velasco como el gran horizonte, que plasmó para el futuro mexicano ese país de nubes, a veces más cielo que tierra… más anhelo que realidad.
El oaxaqueño cierra el capítulo de un fin de semana ajetreado no sin antes pensar en el túnel del tiempo que nos devuelve a los lugares que marcan nuestra existencia. México, como país y no solo como idea, más grande que cualquier distancia, nos mantiene unidos por algo más que sangre, articulaciones y huesos. Es también eso que llamamos magia, y puede encontrarse en María Sabina fumando tranquila en el caos de Reforma una tarde otoñal, fría, casi nieve, mirando de reojo al oaxaqueño, ya no tan joven, y diciéndole que regrese pronto, sin miedos, a esta que también es su casa.