
Ilustra Melissa Pérez Segnini colección Cómoda de Pro Femme
OAXACA, Oax. 26 de agosto de 2026.- Yayoi Kusama, la artista japonesa que convirtió los lunares, las calabazas y la repetición infinita en un lenguaje reconocido en todo el mundo, murió a los 97 años en un hospital de Tokio.
El fallecimiento ocurrió el 14 de agosto, aunque fue dado a conocer hasta este jueves por Yayoi Kusama Inc. y Yayoi Kusama Studio, que no informaron la causa de muerte.
“Hasta el final nunca soltó el pincel”, señaló su estudio al comunicar que la artista continuó trabajando durante sus últimos días y explorando dos de los temas que atravesaron su obra: el amor eterno y el alma.
Kusama deja una de las trayectorias más singulares e influyentes del arte contemporáneo, construida durante más de siete décadas entre pintura, escultura, instalaciones, performance, literatura, poesía, cine y moda.
Nacida el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, Japón, comenzó a dibujar desde niña. Desde entonces experimentó visiones en las que flores, puntos y patrones parecían multiplicarse y ocupar todo cuanto la rodeaba.
Aquellas imágenes, que pudieron haber quedado confinadas a una experiencia personal, terminaron convertidas en el vocabulario visual que la distinguiría durante toda su vida.
Los puntos se extendieron sobre lienzos, cuerpos, muebles, habitaciones completas y enormes esculturas de calabazas; los espejos multiplicaron luces y objetos hasta borrar aparentemente los límites del espacio, y la repetición se convirtió para Kusama en una forma de representar el infinito.
Su concepto de “autoaniquilación” planteaba precisamente la desaparición del individuo dentro de una sucesión interminable de formas, puntos y redes.
A finales de la década de 1950 dejó Japón y se instaló en Nueva York, cuando la ciudad se encontraba en plena transformación artística.
Ahí irrumpió con sus Infinity Nets, enormes superficies cubiertas por pequeñas formas repetidas obsesivamente, y después llevó esa exploración a esculturas, instalaciones, happenings, pintura corporal, moda, cine y manifestaciones contra la guerra.
Fue parte de la escena de vanguardia neoyorquina que cambiaría la historia del arte durante los años 60, en momentos en que también emergían figuras como Andy Warhol.
Pero Kusama construyó una estética difícil de confundir con cualquier otra.
En 1965 presentó Phalli’s Field, considerada la primera de sus célebres habitaciones de espejos. Décadas después, las Infinity Mirror Rooms se convertirían en uno de los fenómenos museísticos más populares del planeta: pequeños espacios revestidos de espejos y luces en los que el visitante parece quedar suspendido dentro de un universo interminable.
También desafió tempranamente los circuitos tradicionales del arte.
En la Bienal de Venecia de 1966 colocó de manera no oficial unas mil 500 esferas espejadas en el exterior del pabellón italiano como parte de Narcissus Garden.
Veintisiete años después regresaría a Venecia desde un lugar completamente distinto: en 1993 representó oficialmente a Japón con una exposición en su pabellón nacional, reconocimiento decisivo en la revaloración internacional de su trabajo.
Kusama había regresado definitivamente a Japón en 1973.
En 1977 decidió residir voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio, mientras mantenía su estudio en las cercanías y continuaba trabajando prácticamente todos los días.
Nunca ocultó que las alucinaciones que la acompañaron desde la infancia estaban estrechamente vinculadas con su proceso creativo. En vez de reducir su obra a esa experiencia, hizo de ella un lenguaje artístico sobre la vida, la muerte, el infinito, el amor y la desaparición del yo.
Su reconocimiento internacional, además, creció de manera extraordinaria durante las últimas décadas de su vida.
Museos de distintas partes del mundo organizaron retrospectivas de su obra; sus enormes calabazas se instalaron en espacios públicos y sus habitaciones infinitas provocaron largas filas de visitantes.
Su trabajo también desbordó los museos y llegó a la cultura popular mediante colaboraciones con firmas internacionales de moda, particularmente Louis Vuitton.
En 2006 recibió el Praemium Imperiale de Japón y en 2016 la Orden de la Cultura, una de las máximas distinciones de su país. En 2017 abrió sus puertas en Tokio el Museo Yayoi Kusama, dedicado a conservar y difundir su obra.
La relación del público mexicano con Kusama tuvo uno de sus momentos más importantes en 2014, cuando el Museo Tamayo Arte Contemporáneo presentó Yayoi Kusama. Obsesión infinita, la primera gran retrospectiva de su obra mostrada en América Latina.
Más de un centenar de piezas realizadas entre 1950 y 2013 permitieron recorrer seis décadas de su trayectoria, desde dibujos y pinturas hasta esculturas, videos, performances e instalaciones.
Entre ellas aparecieron sus Infinity Nets, registros de sus happenings, Phalli’s Field, I’m Here But Nothing, Obliteration Room y una de sus esperadas Infinity Mirror Rooms.
La exposición se convirtió en un fenómeno.
Alrededor de 320 mil personas ingresaron al Museo Tamayo durante su estancia en México, una afluencia sin precedente para una exposición organizada entonces por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en ese recinto.
Durante sus últimos días hubo visitantes que esperaron durante horas e incluso acamparon en los alrededores del museo para conseguir uno de los accesos gratuitos a la muestra.
Era una muestra de la dimensión que había alcanzado aquella artista que durante años trabajó fuera del centro del mercado internacional y que terminaría convertida en un fenómeno cultural global.
Todavía en sus últimos años Kusama siguió pintando.
En 2009 comenzó la serie My Eternal Soul, integrada finalmente por alrededor de 900 pinturas; en 2021 inició Every Day I Pray for Love, continuando una producción marcada por la idea del infinito y por sus reflexiones sobre naturaleza, vida, muerte y amor.
Su estudio confirmó que esa actividad no se detuvo ante la cercanía de la muerte.
Yayoi Kusama murió el 14 de agosto en Tokio, pero dejó el mismo universo que empezó a construir cuando era niña: puntos que se reproducen, espejos que parecen no terminar y habitaciones en las que, por unos instantes, desaparecen los límites.
La mujer que hizo de la repetición una forma de mirar el infinito siguió pintándolo hasta sus últimos días.