
Urge Leticia Bonifaz a poner las armas en el centro del debate
Está escrito en piedra. Rufino Tamayo donó su colección de arte prehispánico al pueblo oaxaqueño “seguro de que ha de conservarlo velando por su integridad con el mismo amor conque yo se lo entrego”.
El año fue 1974, la fecha, 29 de enero. Ese día, el amor de Tamayo se volvió museo, el museo de Arte Prehispánico que resguarda las piezas que el artista y Olga Tamayo coleccionaron de las culturas huasteca, totonaca, azteca, zapoteca, mixteca y que hoy, 52 años después, cuando el amor se ha vuelto olvido, busca resurgir, dejar de una vez la deshonrosa insignia de ser el museo menos visitado de la ciudad de Oaxaca.
“Tamayo hizo esta colección, abrió este museo e hizo gran parte o diría yo que casi toda su pintura o más bien toda su pintura, como un acto de amor”, dice Juan Carlos Pereda Gutiérrez, subdirector de colecciones del Museo Tamayo de Arte Contemporáneo, el hermano menor del museo oaxaqueño (fue inaugurado cinco años después), pero que es uno de los 10 más visitados de la Ciudad de México. Crítico de arte, curador, reconocido especialista en la obra de Tamayo y amigo cercano del artista, Pereda ofreció una plática sobre las transfiguraciones que el pintor hizo a partir del arte prehispánico, una actividad con la cual se celebran los 52 años de este espacio cultural y que se sumó a un conversatorio sobre robo de arte prehispánico durante el siglo XX, a cargo de la restauradora Geraldine Freyria, y un concierto de Los Panaderos de Santa María Zoquitlán, acompañada por el musicólogo Rubén Luengas.

Tamayo, explica Pereda, es un pintor que está colgado en los museos más importantes del mundo entre Picasso y Matisse. Es un creador que fue el mejor embajador de México en el mundo y que a través de las transfiguraciones que logró con sus pinceles, sus manos y su visión enlazó estéticamente el pasado prehispánico y la vida indígena del siglo XX con el arte contemporáneo.
Lo prehispánico y lo popular, subraya el especialista, tienen una línea de continuidad conceptual en la pintura de Tamayo. Las piezas que se exhiben en el museo de arte prehispánico fueron semilla, origen, universo de la pintura de Tamayo. Aunque “si buscamos una copia exacta de alguna pieza prehispánica, no la vamos a encontrar, en el arte de Tamayo nunca nada es literal, todo es una interpretación. Lo definió Octavio Paz muy bien, es una transfiguración de lo que Tamayo ve para convertirlo en otra cosa, en otro discurso, en otro momento, en otra forma de ver, se conecta con la emotividad primordialmente y luego con la historia del arte”.
Para Tamayo, lo mexicano, lo prehispánico, lo indígena, fue siempre un elemento que preservar, que resguardar, que mostrar. Es curioso, cuenta Pereda, que la primera pieza de la colección de arte prehispánico de los Tamayo, haya sido un obsequio de un político estadounidense, Nelson Rockefeller. El enaltecimiento de la belleza del arte popular y prehispánico, lo mostró en cada aspecto de su vida. Piezas que no fueron incluidas en la donación al museo se encontraban en la casa de Ciudad de México, en donde, como lo vivió el propio Pereda, convivieron en la misma mesa la Madre Teresa de Calcuta y Henry Kissinger.

Tamayo trasladó, transfiguró, elementos que encontró en las pirámides de Xochicalco, los rostros que vio en las vasijas e incensarios del preclásico, observó también las líneas, texturas y combinaciones del arte textil popular y, a partir de ello, “decodifica, busca, ve, sopesa, redibuja, vuelve a dibujar las formas prehispánicas para descubrir una nueva relación estética que él mismo va a vincular con lo contemporáneo, con lo moderno”, enfatiza. Tamayo miró también las esculturas de los xoloitzcuintles que forjaron las manos de los aztecas en Xochimilco o en Teotihuacán y los transfiguró, volvió aullidos prehispánicos en aullidos de lamento por el mundo que se vivió durante la Segunda Guerra Mundial y durante la posguerra. Muestra de ello es Perro loco, una pintura de 1943, “un cuadro icónico, retiniano, pero al mismo tiempo también muy simbólico. Es una metáfora poética de lo que está aconteciendo en la Segunda Guerra Mundial. Es un animal que está vulnerado, que está hambriento, que se ha acercado a comer una tuna de un nopal y que se ha espinado”.
Resurgir, existir
Hoy, el Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo recibe, de acuerdo con las estimaciones de su director, el historiador del arte Ismael Cadena, entre 70 y 100 visitantes diarios.
Cadena, quien el próximo 20 de febrero cumplirá un año al frente de este espacio cultural, trata de explicar el porqué este museo aún no vive en la psique de las y los habitantes de la ciudad, por qué incluso personas que viven en Tinoco y Palacios, a una calle de distancia, no saben que ahí hay un museo.
El primer factor, explica, es que la relación entre Tamayo y los oaxaqueños ha sido endeble. “A Tamayo en Oaxaca siempre se le utiliza como un canon, pero realmente poca gente conoce la vida y la obra de Tamayo, ¿no? Ya desde ahí me parece que hay una distancia entre quien funda el museo y Oaxaca”. El segundo factor, continúa, es que el espacio se trató mucho tiempo como un museo privado.
La apuesta ahora es atraer a visitantes del estado con diferentes actividades, como pláticas académicas, conciertos, conversatorios, que acerquen a las y los oaxaqueños a esta colección.
“En temporadas altas andamos sobre los 200 visitantes diarios. En diciembre tuvimos días de casi 300.
“Ahora, habría que pensar ¿un museo que es muy visitado está logrando su objetivo? Es decir, es importante la visita, pero también es importante la calidad de visita. Si tú me dijeras, ‘¿firmas en un papel 10 mil visitantes al año para el museo?’ Yo te diría, ‘te firmo cinco mil’, pero que se lleven algo, que me ayuden a dispersar la sensación, las emociones de estar aquí”, expresa Cadena.