
Origen, creación y evolución de tribunales y salas de justicia indígena
Este octubre de 2026 se cumplen 40 años que logré el sueño de regresar a mi Oaxaca querido y extrañado después de andar de trashumante por diferentes latitudes del planeta lo mismo en la búsqueda de unos de mis orígenes a pesar de la resistencia que ahora mismo ha cobrado una inusitada xenofobia sin que después de más de quinientos años no solo no le superamos sino que cobró factura para crear enemigos que dieran cuerpo a el neo nacionalismo revolucionario con consejas y mitos francamente delirantes como que “la conquista española e México”, cuatro siglos de colonia, la independencia de la corona y otros tantos ahora sustituidos y aun superados por la defensa de la soberanía”, somos un país independiente y colaboración más no sujeción. Después de conocerlos y regresar convencido que la definición que hasta hoy alcanza del origen materno Zae’, fue y es mi elección, también la diáspora a veces acordada y otras más obligada, postergaron el regreso a casa a un Oaxaca de Juárez que apenas tenía alrededor de 30 mil vehículos circulando por la vieja Antequera y ya causaba quejas y resistencias, cuando estos circulaban alrededor del zócalo en que los domingos tan característicos de la mal llamada provincia porque en México no las hay, los jóvenes de padres pudientes económicamente daban vueltas interminables presumiendo sus vehículos lujosos y sobre todo ruidosos para además e exhibir sus riqueza a los otros, eran vehículos para tratar de convencer a las jóvenes que en la equina del viejo Marques del Valle se arremolinaban saboreando una cerveza de raíz de aquel lugar hoy desparecido y con sus sonrisas juveniles que además de inspirar enamoramientos dejaban el rojo carmesí en los primeros vasos desechables de aquellos años.
También lugares emblemáticos y sufridos como el de la venta de objetos de charrería con un jinete niño montado en un caballo casi de tamaño normal de pasta coloreado vistosamente, el jocosamente llamado “hotel Aldama” sobre la vetusta calle del mismo nombre donde los infractores ocasionales de la norma citadina, borrachines y pasados de lanza en esos de los amores y caricias públicas eran castigados con multas y trasnochadas en las malolientes y frías celdas hasta en tanto eran cubiertas o algún “influyente” pariente o amistad llegaba a salvar al menos del encierro porque al día siguiente nadie se escaba de aquella célebre columna en un diario local que al puro estilo de la revista amarillista “Alarma” titulaba “huéspedes del hotel Aldama”. Los personajes casi familiares de los capitalinos eran del todo conocidos, celebrados y azareados sin lo que ahora denominado bullying fuera penado y más bien motivo de querencias, acercamiento y aun amistad con ellos, cuando todavía los llamados políticos en el peor de los casos eran señalados como roban pero algo hacen” y la conocida clase popularmente llamada “vallistocracia” se heredaban los puestos que hoy algunos quieren volver por sus fueros que como dice la conseja popular los “junior que son como el perico: Verdes y la riegan a cada rato”
Aun cuando parezca cantaleta trillada que todo tiempo pasado fue mejor, se podía caminar por sus calles y callejones bien entrada la noche, salir para mi generación “cronopio” mitad Beatles mitad che Guevara, Cortazar dixit, del célebre y añorado lugar del “canto de protesta” de mi paisano Juchiteco sin que alguien molestara o mucho menos atentara contra la integridad, ver llover una buena parte de la tarde y gozar del fresco y el cielo cuajado de estrellas de aquella extrañada capital nita para al día siguiente tratar de curar la cruz en los caldos de panza y pata que llamábamos de jerga aposcaguada porque a eso sabían en el vetusto 20 de noviembre. Comer de harina y huevo las viandas oaxaqueñas para atender a los visitantes y personal que venía de la vieja ciudad de hierro y que por supuesto solo quería botanear en “Clemente” allá por Santa Rosa, el “biche pobre” o en el célebre botanero de Galdinos, del lugar favorito que una y otra vez me llevó el extrañado Virgilio que como en el clásico literario auténticamente me llevaba al infierno llamado “la escalera” en que mecapaleros y cargadores del mercado entraban con sus costales y estiletes a la cintura o el Siboney que ahora son solo recuerdos y referencias de los jóvenes de la tercera edad que aun quedamos.
Hoy que la inseguridad, la gentrificación, la violencia sobre todo contra las mujeres, el enriquecimiento bastante explicable de quienes se sirven de los puestos públicos, los grupos de poder de cuotas y cuates, la improvisación criminal de las acciones públicas, el empoderamiento del crimen organizado en el mismo poder público y en el más completo nepotismo nos obligan y motivan a con nuestro voto no solo a recobrar aquel Oaxaca sino engrandecerlo y cuidarlo: ¡Oaxaca Va!
Gerardo Garfias Ruiz
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