
¡María Dueñas regresa! Por si un día volvemos ya en librerías
Oaxaca es un estado mexicano donde la identidad cultural no solo se conserva, sino que también se transforma constantemente. Si bien la Guelaguetza representa la cúspide de su patrimonio vivo, hay muchas otras manifestaciones que laten con igual fuerza.
Desde fiestas patronales únicas en pueblos indígenas hasta la música de banda que retumba en las montañas de la Sierra Sur, cada rincón de Oaxaca aporta una voz distinta a su sinfonía cultural. Este artículo se adentra en esas expresiones que, lejos de quedarse en el pasado, se adaptan al presente y siguen generando orgullo, memoria y encuentro.
Las fiestas patronales representan mucho más que eventos religiosos: son el corazón de la vida comunitaria en pueblos mixtecos y zapotecas. Celebraciones como la de San Juan Bautista en San Juan Mixtepec, que reúne a más de 3,000 habitantes cada junio, mezclan ritos ancestrales con procesiones católicas.
En Teotitlán del Valle, la fiesta de la Preciosa Sangre de Cristo incluye danzas tradicionales, música de flauta y tambor, y comidas comunitarias que movilizan a todo el pueblo durante días. Estas festividades, que pueden durar entre 3 y 8 días, son financiadas colectivamente por mayordomos y migrantes que envían remesas desde Estados Unidos, reforzando el vínculo transnacional con sus raíces.
En localidades como Miahuatlán de Porfirio Díaz y San Agustín Loxicha, la música de banda tiene un peso fundamental. Más de 120 bandas juveniles están registradas en esta zona, muchas formadas por niñas y niños desde los 8 años. Instrumentos como el clarinete, la tuba y la trompeta no solo forman parte del aprendizaje artístico, sino también del tejido social.
Estos ensambles se presentan en ferias, funerales, bodas y manifestaciones políticas, fusionando el arte con la vida cotidiana. Lejos de ser un género obsoleto, la música de banda en la Sierra Sur se mantiene vigente como forma de expresión comunitaria y resistencia cultural.
La Danza de la Pluma es una representación simbólica de la Conquista de México, ejecutada por jóvenes zapotecos en comunidades como Zaachila y Cuilápam de Guerrero. Con una duración de hasta 8 horas y trajes que pueden pesar más de 25 kilos, esta danza requiere una preparación física y espiritual que puede durar meses.
Cada danzante representa personajes históricos como Moctezuma o Hernán Cortés, pero el sentido de la danza va más allá de lo histórico: es una afirmación de la cosmovisión zapoteca y su resistencia. Los jóvenes que participan son elegidos con años de anticipación y asumen la responsabilidad como un honor sagrado.
Las calendas son procesiones festivas que incluyen faroles gigantes, monos de calenda (muñecos de papel maché), marmotas y bandas de música. Aunque originarias de contextos religiosos, han sido adoptadas por universidades, colectivos culturales y hasta bodas contemporáneas.
En Oaxaca de Juárez, cada semana se registran al menos 10 calendas, muchas de ellas relacionadas con graduaciones o celebraciones personales. En Etla, las calendas del Día de Muertos llegan a reunir más de 20 mil personas y han sido registradas por drones para su estudio antropológico. Este fenómeno ha sido clave en transformar lo ritual en una experiencia turística, sin perder su sentido original de comunión.
En comunidades como Juchitán de Zaragoza, las mujeres no solo son portadoras del idioma zapoteco, sino también de saberes como la cocina tradicional, la medicina herbolaria y la confección de trajes típicos.
Grupos como el Colectivo Tejedoras del Istmo han sido reconocidos internacionalmente por mantener viva la técnica del telar de cintura, con más de 50 talleres activos. Las cocineras tradicionales, como Abigail Mendoza en Teotitlán del Valle, han sido embajadoras culturales en países como Francia, Japón y Estados Unidos, mostrando que la cultura oaxaqueña tiene rostro femenino y voz poderosa.
Más de 1.5 millones de oaxaqueños residen en Estados Unidos, principalmente en California. Cada año, organizaciones como la Federación Oaxaqueña en Los Ángeles organizan fiestas patronales espejo, como la celebración de la Virgen de Juquila, que en su versión angelina atrae a más de 15,000 asistentes.
Estas fiestas no solo preservan la identidad entre migrantes, sino que recaudan fondos para sus pueblos de origen. En retorno, muchos migrantes invierten en la construcción de templos, auditorios y escuelas, trayendo consigo una reinterpretación moderna de las tradiciones que mezcla tecnologías y nuevas formas de colaboración transfronteriza.
En la última década, han surgido más de 40 festivales independientes en el estado, como el Festival de Cine y Video Indígena, el Chamula Fest o el Festival Nudista de Zipolite.
Estos eventos reúnen desde cineastas zapotecos hasta colectivos de performance urbano, generando un cruce entre lo tradicional y lo emergente. Jóvenes creadores retoman símbolos antiguos —como grecas mixtecas o deidades prehispánicas— para expresarse en murales, documentales y grafitis.
Aunque la vida cultural oaxaqueña está profundamente enraizada en la tradición, también ha sabido adaptarse a los tiempos modernos.
Así como los festivales locales ahora se promueven por redes sociales, nuevas formas de entretenimiento digital —como los casinos con bono sin deposito— comienzan a formar parte del consumo cultural más joven en Oaxaca, sin desplazar las costumbres que siguen marcando el pulso de su identidad.
La cocina oaxaqueña no es solo un conjunto de platillos, sino un sistema simbólico y ceremonial. El mole negro, que puede llevar hasta 30 ingredientes, se prepara en celebraciones mayores como bodas, bautizos y funerales.
En la Sierra Norte, los tamales de frijol envueltos en hoja de aguacate se ofrendan a los muertos cada 2 de noviembre. Recetas transmitidas de generación en generación como el tejate o el nicuatole son preservadas por comunidades enteras. En mercados como el de Tlacolula, más de 300 vendedoras ofrecen estos productos todos los domingos, convirtiendo el mercado en un espacio sagrado de transmisión cultural.
Oaxaca alberga 16 lenguas indígenas reconocidas y más de 170 variantes dialectales. En San Pedro Cajonos, por ejemplo, más del 85% de la población sigue hablando zapoteco de forma activa. Proyectos como el Archivo de la Palabra Viva impulsan el registro de cantos, cuentos y leyendas en triqui, mixe y chatino.
La oralidad no solo transmite valores éticos y cosmogónicos, sino que también ha comenzado a fusionarse con tecnologías contemporáneas: hay podcasts en zapoteco, aplicaciones móviles para aprender mixe, e incluso raperos que combinan el español con su lengua materna para generar nuevas formas de resistencia lingüística.
La producción artesanal en Oaxaca va más allá del objeto decorativo: es una afirmación de identidad. El barro negro de San Bartolo Coyotepec es moldeado por más de 500 familias, muchas de las cuales han pasado el oficio por cuatro generaciones.
En San Martín Tilcajete, los alebrijes tallados a mano son elaborados con madera de copal y pintados durante semanas con pigmentos naturales. El telar de cintura en comunidades como San Juan Colorado se convierte en lenguaje visual que narra historias familiares, mitos y ciclos agrícolas.
Estas prácticas no solo se mantienen vivas, sino que también se adaptan a ferias internacionales, redes sociales y comercio justo, mostrando que la tradición también puede ser un acto económico y político.
En municipios como Guelatao de Juárez y Villa Talea de Castro, existen programas escolares bilingües que incorporan enseñanzas sobre la historia local, la herbolaria, las danzas y los oficios tradicionales.
Más de 200 escuelas públicas en Oaxaca ya incluyen materias de educación cultural comunitaria, fortaleciendo la autoestima de las infancias y consolidando la memoria colectiva. Jóvenes como Mariana Ruiz, ganadora del Premio Estatal de la Juventud 2023, impulsan proyectos de educación multimedia en zapoteco, creando videojuegos, animaciones y apps educativas.
Esta interacción entre modernidad y herencia ha permitido que las nuevas generaciones no vean la tradición como carga, sino como motor creativo.