
Los obispos y la Cristiada
OAXACA, Oax. 2 de abril de 2026.- La celebración del Jueves Santo en la Catedral Metropolitana de Oaxaca reunió a fieles que participaron en la solemne Eucaristía de la Cena del Señor, donde se recordó el inicio del Triduo Sacro.
Durante la homilía, Pedro Vázquez Villalobos destacó que estos días santos remiten a la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, e invitó a reflexionar sobre su significado en la vida cotidiana.
Explicó que la Eucaristía tiene su origen en la Última Cena, cuando Cristo se ofreció como alimento espiritual al instituir el pan y el vino como su Cuerpo y Sangre, acto que, dijo, permanece como eje central de la fe católica.

El arzobispo exhortó a los asistentes a participar activamente en la comunión, al señalar que recibir la Eucaristía representa una forma de vida y una promesa de resurrección, en consonancia con las enseñanzas del Evangelio.
Asimismo, recordó que en esta misma celebración se instituyó el sacerdocio, al tiempo que expresó su sentido de responsabilidad y humildad en su labor pastoral, al considerarse indigno ante la misión que desempeña.
Uno de los momentos centrales del mensaje fue el llamado al servicio, representado en el lavatorio de los pies, gesto que describió como una enseñanza directa de amor y entrega hacia los demás.
Aquí el mensaje completo:
SEMANA SANTA 2026
TRIDUO SACRO
JUEVES SANTO
SOLEMNE CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA LA CENA DEL SEÑOR
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
2 DE ABRIL DEL 2026.
De nuevo les quiero decir, qué alegría mirarlos en este recinto sagrado de nuestra Iglesia Catedral de Oaxaca. Me da mucho gusto que usted, en estos días santos, tenga esos momentos de espiritualidad, de encuentro con Dios, de pensar ¿por qué son santos estos días? ¿qué viene a nuestra memoria y a nuestro recuerdo? ¿qué celebramos? La Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
La celebramos en nuestra vivencia de fe.
Hoy, la Palabra de Dios nos habla de ese momento de liberación del pueblo de Israel, que estaba esclavizado en la tierra de Egipto. Dios lo libera, a todo su pueblo, pero, antes, les dice que deben de celebrar la Cena de Pascua y que tienen que rociar los dinteles de las puertas, para que el ángel exterminador no le cause daño a quienes están ahí, en esos hogares, donde los dinteles de la puerta están rociados con sangre del Cordero.
Nuestro Señor se reunía año tras año a celebra la Cena de Pascua y la celebró durante tres años con sus apóstoles, pero esta Cena de Pascua, la víspera de su muerte, fue una cena muy especial. Hacían todo el rito que hacían los Israelitas, los judíos, pero hubo un momento en que el Señor, el Cordero sin mancha, se ofreció como víctima y se dio en alimento y ahí, en esa noche, Nuestro Señor, instituyó la Eucaristía, lo que nosotros hemos venido a celebrar en esta tarde-noche, en torno a esta mesa, que nuestra imaginación, nuestra mente llegue hasta ese lugar donde Nuestro Señor Jesús se reunión con sus Apóstoles. Le invito a crear esa escena en su mente, el Señor Jesús en medio y, en su entorno, los Apóstoles y recordemos lo que hizo. Tomó en Sus manos el Pan, pronunció la bendición, lo partió y se los dio.

Tomen y coman, esto es Mi Cuerpo. Tomó la Copa de Vino, tomen y beban, esta es Mi Sangre, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. Ahí está el Señor, dándose como alimento. De nuevo utilice su mente y vaya hasta la sinagoga de Cafarnaún, cuando el Señor Jesús prometió dar a comer Su Carne y a beber Su Sangre. “El que coma Mi Carne y beba Mi Sangre tiene vida y vida eterna y yo le voy a resucitar el último día”.
En aquella ocasión hubo escándalo, “¿cómo puede este darnos a comer Su Carne?” y el Señor seguía diciendo: “Mi Carne es verdadera comida y Mi Sangre es verdadera bebida, come para que tengas Vida”… hoy, ojalá Nuestro Señor toque nuestro corazón y sintamos el hambre de recibirlo en la Sagrada Comunión.
Sientan hambre de comer el Cuerpo y de beber la Sangre del Señor. ¡Sientan, para que tengan Vida! Si no comes la Carne del Hijo del Hombre y no bebes Su Sangre, no tienes vida, así lo dice Nuestro Señor. Estoy seguro que tú quieres tener Vida y que tú quieres resucitar para la Vida, pues asegúrate, Resurrección y Vida, comiendo y bebiendo el Cuerpo y la Sangre del Señor. Que tú quieras, que tú quieras.
Nuestro Señor todos los días nos dice, cuando se celebra la Eucaristía “tomen y coman, esto es Mi Cuerpo, tomen y beban, esta es Mi Sangre” y tú, tú le dices: creo que estás presente en ese Pan y en ese Vino. No me cansaré de decir, quiero que comulguen, quiero que reciban a Nuestro Señor, quiero que te alimentes de Su Cuerpo y de Su Sangre. Yo quiero, porque es lo que quiere Nuestro Señor, por eso se da así, en alimento, porque quiere alimentarte a ti, ándale, que tú quieras, sólo falta eso, que tú quieras.
Hoy, también recordamos que esa misma noche Nuestro Señor instituyó el Sacerdocio, nacieron en la misma noche Eucaristía y Sacerdocio, la misma noche, en el mismo acto. “Hagan esto en memoria mía”, ahí está la institución del Sacerdocio.

Y frente a ustedes está alguien que siempre se ha sentido indigno de ser sacerdote, indigno de ser Obispo, indigno, no me cansaré también de decirlo, soy indigno, pero así lo ha querido el Señor, Él es el que nos llama y nos hace sus sacerdotes, porque Él quiere estar en medio de su pueblo y alimentar a su pueblo con Su Cuerpo y con Su Sangre y el sacerdote, en persona de Cristo hace todo esto, pronuncia las mismas palabras que pronunció Nuestro Señor en la Última Cena: “Tomen y coman, esto es Mi Cuerpo. Tomen y beban, esta es Mi Sangre”, en persona de Cristo, indignamente.
Ante esta indignidad, le pido a Dios que nosotros, sacerdotes, hagamos el signo todos los días de lavar los pies, de lavar los pies, porque así lo quiere el Señor, lavar los pies, lavar los pies significa, por amor, servirte, por amor, servirte, sin esperar nada a cambio, sólo servirte y sólo amarte. Pido a Dios que nos conceda la gracia de lavar todos los días los pies de nuestros hermanos, pero le invito a que usted, que participa del sacerdocio de los bautizados, también diga lo mismo, por mi sacerdocio bautismal yo también soy llamado a lavar los pies de mis hermanos, lave los pies, lávelos, no solamente exija que le laven los pies, usted inicie lavando los pies, ¿quiere enseñar a su familia, a sus hijos, a sus seres queridos a ser grandes servidores?, enséñeles sirviendo. ¿Quiere que ellos laven los pies a toda persona con la que se encuentren? Empiece lavando los pies, así se aprende, lavando los pies.
Papá, lava los pies de quien es mamá. Mamá, lava los pies de quien es papá. Papás, laven los pies de los seres que engendraron por amor y trajeron al mundo y tú le dices, hijo, hija, lava los pies de ellos y, nosotros, que somos fruto del amor de mi padre y de mi madre, debo lavar los pies a los seres que me dieron la vida y vivo con un hermano y tengo que lavarle los pies y, esta familia, completita, se lavan los pies los unos a los otros y esta familia entran en relación con otra familia y hacen lo mismo, lavar los pies, servir, amar.
El Señor Jesús quiere que entendamos ese gesto suyo, se hizo esclavo, hizo un trabajo de esclavo, de sirviente, por eso, Pedro se rehusaba a que el Señor Jesús le lavar los pies, porque esa acción no era digna del Maestro y Señor y, el Maestro nos dice que esto es lo más digno, esto es lo más digno, lavar los pies, es lo más digno, es lo más grande, es lo más sublime, es lo más sagrado, porque por amor lavas los pies de tu hermano.
Cuánta necesidad hay de que aprendamos a lavar los pies, porque estamos muy acostumbrados, todos, a que nos sirvan. Si vamos a una oficina exigimos servicio, atención, trato digno y, si no, salimos gritando, pero feo, “no sirven para nada, no sirven, no atienden”, porque estoy acostumbrado a que me sirvan siempre. ¿Qué no estará diciéndome Dios, cuando me encuentre en esa situación, que pueda comprender, que no grite, que no insulte, que no maltrate, que me mantenga con dominio de mí mismo?, ¿no me estará diciendo Nuestro Señor, aquí, lava los pies, compórtate con dignidad? Tal vez al que le estás pidiendo el servicio no se está comportando con dignidad, pero tú compórtate con dignidad y le vas a enseñar cómo se sirve, no con tus palabras, sino con tu actitud, con tu actitud. Exigimos servicio, pero cuando alguien nos pide servicio decimos: yo no me dedico a esto, busca a otra persona que te sirva, yo no, yo no soy servidor tuyo.
Hoy, el Señor nos dice cosas distintas, y este gesto que vamos a hacer ahora, de lavar los pies, en recuerdo de aquella Cena. Ojalá y cuando ustedes estén contemplando esta escena de nuevo entren al Cenáculo y díganle a Nuestro Señor, enséñame a amar y a servir con amor.
Que así sea.