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Punto de quiebre
“Un político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana… y de explicar después por qué no ha ocurrido.” — Winston Churchill
En política se habla mucho de intereses y muy poco de ideas, proyectos, congruencia, ideología y, sobre todo, de hechos.
En tiempos de la posverdad y la pospolítica, donde las narrativas parecen importar más que la realidad, resulta inevitable observar con atención el comportamiento de un partido histórico como el Partido Acción Nacional. Una dirigencia que, en algunos momentos, parece jugar a perder.
Y entonces surge la pregunta: ¿quién juega a perder?
En política, como en cualquier actividad humana, cuando alguien toma decisiones que parecen ir en contra de sus propias posibilidades de éxito, uno tiene derecho a preguntarse qué está buscando realmente.
El caso de Nuevo León resulta emblemático.
Hablamos de un estado donde la alternancia política ha sido una realidad y donde incluso surgió uno de los primeros gobiernos estatales provenientes de una candidatura independiente. Un estado políticamente complejo, competitivo y estratégico.
En Monterrey, el actual alcalde, Adrián de la Garza, logró recuperar para el PRI una posición que parecía estar en manos de Movimiento Ciudadano y de Mariana Rodríguez. Lo hizo mediante una coalición entre PRI y PAN que, más allá de simpatías o diferencias partidistas, demostró que la suma de fuerzas podía ser electoralmente competitiva.
Por eso resulta difícil no preguntarse qué sucede ahora.
Si una alianza como la que llevó a De la Garza a la alcaldía colocó al PAN en una posición competitiva, ¿por qué el partido estaría dispuesto a competir solo?
La respuesta, según se ha planteado desde el propio PAN, es precisamente esa: competir solos.
Y aquí aparece nuevamente la pregunta incómoda: ¿el PAN está dispuesto a dar por perdida una elección antes de competirla?
Porque una cosa es defender una identidad partidista, preservar principios y presentar una propuesta propia. Otra muy distinta es confundir la identidad con el aislamiento y terminar convirtiendo la competencia electoral en una simple defensa testimonial de las siglas.
En tiempos en los que la pluralidad democrática necesita de la suma y no de la resta, resulta legítimo preguntarse qué gana un partido cuando decide competir solo, aun cuando existen posibilidades reales de construir una alternativa más amplia.
Alguien decía que quien juega a perder necesariamente tiene que estar pensando en ganar algo con esa derrota.
No existe otra manera de entender determinadas decisiones.
Y quizá ahí está el verdadero punto de quiebre.
En distintos estados existen voces que buscan construir un bloque electoral opositor. Un bloque que no necesariamente pasa por las dirigencias nacionales, pero que sí puede surgir desde las realidades locales, desde quienes conocen a las personas y entienden que la política electoral no se gana con declaraciones, sino con votos, organización y capacidad de sumar.
Los intereses de todos no deberían quedar subordinados a los intereses de unos cuantos.
La democracia necesita pluralidad. Necesita voces distintas, opiniones diversas y fuerzas políticas capaces de competir, contrastar y construir.
Necesita oposición, sí. Pero una oposición que aspire a gobernar, no una oposición cómoda que parezca conformarse con conservar sus espacios mientras otros toman las decisiones.
La pregunta no es si el PAN puede competir solo.
La verdadera pregunta es si quiere competir para ganar.
Quienes aspiran a cambiar el rumbo del país no pueden conformarse con tener razón después de haber perdido.
El próximo año, con la elección intermedia, quedará claro quién estaba dispuesto a construir una alternativa competitiva, quién prefirió cuidar sus siglas y, sobre todo, quién jugó a perder y quién realmente aspiraba a ganar.
Ese será, quizá, el verdadero punto de quiebre.