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OAXACA, Oax. 29 de agosto de 2026.- El avance de la inteligencia artificial obliga a replantear no sólo qué empleos pueden automatizarse, sino cuáles deberían conservar una participación humana aun cuando una máquina pudiera realizar determinadas tareas con mayor rapidez y a menor costo, planteó Francisco Vicente Galán Vélez, académico de la Universidad Iberoamericana.
La reflexión surge frente a las advertencias de Bill Gates sobre el impacto que tendrá la inteligencia artificial en el mercado laboral y su planteamiento de que una parte de los empleos debería mantenerse en manos humanas, incluso ante tecnologías capaces de desempeñarlos con mayor eficiencia.
Galán, académico de tiempo completo del Departamento de Filosofía de la IBERO y especialista en metafísica, epistemología y filosofía de la mente, señaló que el debate no puede limitarse a criterios de productividad.
Explicó que la sustitución tecnológica del trabajo no comenzó con la inteligencia artificial, pues desde la Revolución Industrial las máquinas han desplazado actividades repetitivas y automatizables.
La diferencia, apuntó, es que actualmente la tecnología alcanza capacidades que durante mucho tiempo fueron consideradas propiamente humanas, como procesar información, elaborar respuestas, asociar datos o resolver problemas complejos.
Sin embargo, sostuvo que la inteligencia humana no se reduce a esas funciones.
También involucra la capacidad de comprender, crear significado, formular ideas, interpretar experiencias, tomar decisiones y asumir responsabilidad por ellas.
Desde esta perspectiva, una inteligencia artificial puede generar una respuesta correcta sin que ello implique necesariamente que comprenda aquello que está haciendo.
Para Galán, esa diferencia resulta fundamental al momento de decidir qué funciones pueden delegarse a una máquina y cuáles requieren conservar una intervención humana.
La automatización, consideró, puede ser positiva si permite liberar a las personas de tareas rutinarias y destinar mayor tiempo a actividades intelectuales, creativas o sociales de mayor complejidad.
El riesgo aparece cuando, junto con las tareas mecánicas, se elimina también la dimensión humana de una profesión.
El académico puso como ejemplos la docencia y los cuidados.
Una herramienta de inteligencia artificial puede transmitir información, sintetizar contenidos o responder preguntas, pero la labor de un profesor implica también observar a sus estudiantes, reconocer si comprendieron, acompañar su aprendizaje y contribuir al desarrollo de sus capacidades.
En los cuidados ocurre algo semejante: una tecnología puede automatizar procedimientos y prestar asistencia, pero acompañar a una persona supone atención, cercanía y una relación interpersonal que no se limita al cumplimiento de una función.
Por ello, Galán consideró que prácticamente todas las profesiones mantienen algún componente humano, aun cuando una parte importante de sus actividades pueda ser automatizada.
El filósofo también abordó la advertencia de Gates sobre el posible impacto de los chatbots en las relaciones sociales, particularmente entre niñas, niños y jóvenes.
Al respecto, señaló que el problema no reside únicamente en la existencia de estas herramientas, sino en las condiciones que permiten que sustituyan relaciones humanas.
Antes de la inteligencia artificial, recordó, otras tecnologías como la televisión o los teléfonos también llegaron a ocupar espacios derivados de relaciones familiares o sociales debilitadas.
Por ello, consideró necesario analizar factores como la falta de tiempo, el abandono, la desigualdad y otras circunstancias sociales que pueden propiciar que una persona encuentre en una tecnología un sustituto de la interacción humana.
En este contexto, Galán destacó el papel de la Filosofía y las Humanidades frente al desarrollo tecnológico.
Mientras la ciencia y la inteligencia artificial permiten resolver problemas cada vez más complejos, explicó, la reflexión filosófica plantea preguntas relacionadas con el significado de esos avances y sus consecuencias para la existencia humana.
“Una cosa son los problemas y otra cosa es el misterio. La inteligencia artificial puede ayudarnos a resolver problemas, pero la Filosofía nos lleva al sentido profundo de lo humano, al significado de la existencia”, sostuvo.
El académico descartó que la discusión deba plantearse como una confrontación entre Filosofía, ciencia y tecnología.
El desafío, afirmó, consiste en aprovechar las capacidades de la inteligencia artificial sin perder “el anclaje profundo de lo humano”.
Así, frente a la expansión de sistemas capaces de realizar cada vez más actividades, el debate deja de centrarse únicamente en qué podrán hacer las máquinas y se traslada hacia otra pregunta: qué actividades, relaciones y responsabilidades decidirán conservar los seres humanos.