
Las pugnas arancelarias y el efecto Trump
OAXACA, Oax., 11 de febrero de 2018.- Es evidente que nuestras normas electorales surgen y se establecen de acuerdo a la relación de las fuerzas sociales y políticas, así se explica que mientras el partido hegemónico, es decir el PRI, no tuvo contraparte poderosa, las normas electorales fueron a su idea y semejanza.
Durante la década de los años setentas, finales del desarrollo estabilizador, crisis de estabilidad del Estado mexicano, aumento de las movilizaciones sociales y presencia de la guerrilla, puede explicar la apertura electoral, de esta manera se inicia un período de 37 años de reformas electorales que se irán moldeando de acuerdo a las condiciones objetivas y subjetivas del régimen político nacional.
La reformas que obedecieron para la incorporación del Partido Comunista Mexicano, por la falta de legitimidad y credibilidad de la elección de Carlos Salinas, por el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por el fraude electoral en contra de Andrés Manuel López Obrador del 2006, por la nueva relación entre los partidos políticos a partir de las alternancias en los poderes municipales, estatales y federal, explican mucho el sentido que van teniendo nuestras normas electorales.
De esta manera estas normas no surgen a partir de un pensamiento racional, de eficiencia y eficacia de la organización de las elecciones, de cómo representar efectivamente la voluntad de los ciudadanos, de cómo se puede tener un sistema electoral confiable y bien normado.
Nada más lejos de esto, las normas son producto de las fuerzas políticas que no necesariamente son racionales, más bien obedecen a las fuerzas de las pasiones. Arturo Núñez decía que “las normas electorales se establecen de acuerdo a los consensos que logren”.
De esta manera se institucionalizaron normas que al correr de los años y del proceso de maduración del régimen electoral o del cambio de la relación de fuerzas que le dieron origen, se manifiestan como absurdas, incoherentes, estorbosas, costosas, que se puede decir que son las anomias de nuestro régimen electoral. Sin dejar de reconocer que algunas normas han enriquecido el régimen electoral mexicano.
Pongamos algunos ejemplos para ilustrar nuestra tesis. Violación de nuestro régimen político federal por el proceso de centralización de las elecciones de los estados y municipios.
Que hoy el INE tenga gran parte de la organización de las elecciones de los estados y municipios en nada ha beneficiado la eficiencia, eficacia, la confianza, la legalidad, la imparcialidad, la certeza, la autonomía e independencia de nuestras elecciones, al contrario ha generado mayor complicación, costo, ineficiencia, incredulidad, desconfianza de las mismas.
La lógica ordena que los Estados de la federación son autónomos respecto a su régimen interior, por tanto, tienen autonomía para determinar sus reglas electorales de acuerdo a los consensos que pueden alcanzar, sin esta autonomía en Oaxaca, hubiese sido imposible el reconocimiento de la autodeterminación de los pueblos indígenas para el nombramiento de sus autoridades.
El sistema mixto establecido por la reforma del 2014 es un absurdo, inoperante, caro, ineficiente y complicado.
En lugar de hacer fáciles las cosas lo han hecho difícil de operar. Bueno, esto fue una concesión al PAN por supuestamente desconfianza hacia los órganos electorales estatales, la desconfianza se ha trasladado al INE, ahí están los casos del Estado de México y de Coahuila recientemente más los que se acumulen este año.
Otro absurdo político-electoral, la existencia de los senadores plurinominales que buscó beneficiar a los partidos pero no a los Estados de la Federación.
En estricto sentido, la igualdad entre los estados en su representación ante la Federación es una norma que no se debe violar por el bien de la República, pues increíblemente se violó, hoy los partidos por conveniencia no han querido derogar esta disposición absurda e ilegítima.
Otro absurdo más, primero acortar los períodos de campaña y después alargar tales campañas mediante su simulación llamada precampaña, hasta el nombre es absurdo.
Esta norma no pasó la prueba de su ejecución. Tal precampaña por su propia lógica, el estado de la relación de fuerzas, el contexto nacional e internacional del régimen político mexicano, porque las fuerzas en disputa están niveladas y cuentan con respaldos de los poderosos, por la unificación de la jornada electoral con varios estados que también celebran elecciones, por todo ello, la precampaña se volvió campaña ante los ojos atónitos de los ciudadanos mexicanos.
Nadie puede estar en contra de la lógica de la lucha política y la lógica del poder.
De ganar cualquiera de las tres coaliciones los absurdos anteriores no se modificarán porque los tres candidatos no son federalistas al contrario son exageradamente centralistas y les gusta la lógica partidista.
Sólo vemos una figura que trae los principios federalistas y republicanos, pero muy lejano de las preferencias electorales, es el llamado “el bronco”. Quien ha expresado su idea de fortalecer a los Estados de la Federación, combatir el centralismo y al régimen de los partidos políticos.
Lo que es cierto es que necesitamos una nueva relación de fuerzas que nos permita un mejor régimen electoral.