OAXACA, Oax., 20 de septiembre de 2020.- La cuenta larga de los siglos suele iniciar en sus mitades y no en sus finales o inicios.

A mediados del siglo 15, la caída de Constantinopla y el imperio romano de Oriente en el dominio de los turcos-otomanos aceleró el acceso de Europa y sus conquistados, colonizados y explotados americanos a la modernidad capitalista, agroindustrial y comercial.

Las ideas filosóficas e innovaciones científicas y constitucionales maduradas a lo largo de los 200 años siguientes en Europa y algo retroalimentadas desde el Nuevo Mundo incentivaron entre 1750 y 1850 lo que se conoce como la era de las revoluciones en los dos lados del Atlántico.

Téngase presente que en ese siglo acaeció la 1a Revolución Industrial, las revoluciones políticas de independencia o emancipación norteamericana, francesa y latinoamericana –México incluido–, la sustitución hegemónica de los imperios español, portugués y francés por el británico y la expansión territorial de los Estados Unidos.

También avanzó el primer constitucionalismo –democrático e individualista– en favor del reconocimiento burgués a la libertad, igualdad, propiedad y seguridad jurídica para todos, en realidad para las emergentes clases privilegiadas.

Esos logros, conseguidos en el tránsito de los gobiernos absolutistas a las monarquías y repúblicas, resumen el desafío de aquella centuria.

En los siguientes 100 años, la 2a Revolución Industrial generó las contradicciones sociales suficientes para alimentar reivindicaciones y revoluciones populares, lo mismo en países europeos que asiáticos y americanos, de Rusia a México y otros más.

Dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo 20 cerraron y abrieron las puertas de una época a otra: de la edad moderna 1450-1950 a la época posmoderna o contemporánea en los decenios ulteriores.

El de 1850 a 1950 fue el siglo del dominio anglosajón inglés que proyectó a los Estados Unidos y la Unión Soviética al liderazgo por la hegemonía mundial.

Fue el siglo en cuya segunda parte se forjó el constitucionalismo social, se edificaron estados de bienestar y se diseñaron mejores garantías para los derechos humanos y la democracia.

Es cierto que se caracterizó como el siglo del imperialismo de las grandes potencias, pero también lo fue del inicio de la descolonización de los países del Sur.

Cuando llegó su fin, se prometió esperanza al sembrar semillas de paz a través del Derecho Internacional, la Organización de las Naciones Unidas y el nuevo constitucionalismo democrático al interior de los estados nacionales.

Se inauguró un tiempo de los derechos y de los derechos en serio, según las agudas expresiones de los juristas Norberto Bobbio y Ronald Dworkin.

La 3a y 4a revoluciones industriales han intensificado y dinamizado ese tiempo hasta nuestros días. En 30 años más habrá de concluir y nos presenta retos enormes y complejos.

De entrada, plantea desafíos como los siguientes:

La búsqueda del reequilibrio internacional con el ingreso de China al liderazgo de la economía y la política globales.

El reacomodo, ascenso o descenso de países semiperiféricos y periféricos que están redefiniendo estrategias y alianzas con relación a las nuevas tecnologías y a aquellos hegemones.

La lucha por salvar al planeta, la naturaleza, los animales y la propia civilización que hemos construido –y dañado– a partir de energías limpias, salud, educación y conciencia profunda.

El espacio amplio y suficiente de inclusión y protagonismo a las grandes mayorías excluidas, a las mujeres y también a las minorías de la diversidad sexual y de género.

El despliegue creativo de movimientos comunales, indígenas y afrodescendientes subnacionales y cooperativos a todos los niveles y en todos los sectores.

La movilización y rebalance dual: de personas, grupos y colectivos, de un lado, y de comunidad internacional, gobiernos y organizaciones corporativas, del otro, para asegurar el mínimo piso parejo global.

La promoción bien concertada de medidas y garantías para la igualdad, libertad y seguridad consolidando el pluralismo con instituciones nacionales, supra-estatales y gobernanzas multinivel.

No se piense que se trata de utopías o romanticismos.

Hay indicios, proyectos y voluntades que en las elecciones de 2020 en Estados Unidos, 2021 en México y en otros países en años subsecuentes pueden cimentar la esperanza.

Hay gobiernos, organizaciones, ciudadanos y personas comprometidas con la realización de mejores acciones públicas para el bienestar general.

En verdad, se trata de establecer las condiciones indispensables para adentrarnos con menos incertidumbre en la fase final de nuestro siglo.

A la vez, de preparar el legado a las nuevas generaciones que ya están aquí.

Pese a la pandemia, la cual habremos de superar, vamos en ruta hacia el decisivo último tercio de nuestro siglo. Es el prólogo de otro ciclo largo de 290 años.