
Las pugnas arancelarias y el efecto Trump
CIUDAD DE MÉXICO, 12 de diciembre de 2019.- Era el solsticio de invierno a finales de 1531, entre los días 9 y 12 de diciembre, cuando en el cerro del Tepeyac, sitio de un antiguo santuario dedicado a Tonantzin Cihuacóatl, diosa madre de los mexicas, se apareció rodeada del sol, vestida de estrellas, oro y color de jade, con la luna menguante a sus pies, una joven y bonita señora de facciones europeas y la tez morena del amerindio.
Testigo ocular de este acontecimiento, fue el indígena macehual de 57 años de edad, originario de Tlayácac, barrio de Cuautitlán, de nombre Juan Diego o Cuauhtlatóatzin que significa águila que habla.
En lengua mexicana, la señora del cielo le dijo ser la siempre Inmaculada María, madre del nelly teótl, del dios verdadero. Le pidió ir con el Arzobispo Juan de Zumárraga para pedirle que se le construyera en ese sitio, una casa sagrada en su nombre donde ella pudiera escuchar y dar consuelo a todos sus hijos de estas tierras mexicanas.
Como prueba de su visita nos dejó cubierta de rosas, su imagen impresa en la tilma de ayate de Juan Diego. Este breve relato del gran suceso o huey tlamahuizoltica, nos es dado a conocer en lengua náhuatl clásica, en el documento que se conoce como: Nican Mopohua cuyo significado corresponde con las palabras de su primer versículo: aquí se cuenta.
Se trata del documento escrito más antiguo de la aparición de Guadalupe, considerado por el historiador y nahuatlato Miguel León Portilla, como una obra literaria que narra las cuatro apariciones de la Virgen, el dialogo que sostiene con Juan Diego y el mensaje de paz y amor del cual es portadora.
Nos dice León Portilla, que inicialmente fue escrito por el letrado indígena nahua Antonio Valeriano hacia 1580, quien fue alumno y profesor del colegio Santa Cruz de Tlatelolco.
Posteriormente se publicó en el año de 1649 como el libro: “Huei tlamahuizoltica omonexiti in ilhuícac tlatohcacihuapilli Santa María Totlazonantzin Guadalupe in nican huei altepenáhuac México itocayocan Tepeyácac o El gran suceso, por un gran milagro apareció la reina celestial, nuestra preciosa madre Santa María de Guadalupe, cerca del gran altépetl, cerro de México, allí donde llaman Tepeyacac”.
La Virgen de Guadalupe llegó a México en el momento más obscuro de su historia, al terminar la guerra de conquista y llegó para quedarse. Habiendo perdido su nación, sus tierras y creencias y mermada su población debido a la guerra y las enfermedades traídas de Europa, los mexicanos de la primera mitad del siglo 16 vivían una severa crisis existencial.
En ese escenario, Guadalupe se apareció portando el mensaje divino de paz y amor. Los mexicanos la acogieron de tal manera que a través de la historia y un ferviente culto, la fuerte personalidad que distingue al mexicano la convierte en su madre Guadalupe Tonantzin, su abanderada libertaria, su reina, su virgen mexicana y finalmente su imagen colectiva por excelencia. Es una relación de madre e hijo que nació en el cerro del Tepeyac y se dio en medio del profundo dolor que en esos momentos viven los mexicanos vencidos y despojados de sus tierras.
Con la caída de la imperial ciudad de Tenochtitlán el 13 de agosto de 1521, el pueblo del sol, elegido de Huitzilopochtli, es vencido, sus dioses y su cultura celosamente construida durante siglos, quedan sepultados bajo las ruinas de sus templos arrasados. Uno de tantos templos destruidos por la tropa del Capitán Gonzalo de Sandoval, fue precisamente el dedicado a Tonantzin, diosa Madre de los mexicas, en el Tepeyac.
Ante el panorama de su imperio en ruinas, Cuauhtémoc, último emperador mexica, se rindió y comunicó la derrota a su pueblo: “Llorad, amigos míos, tened entendido que con estos hechos, hemos perdido la nación mexicana.”
El trauma y desesperanza general, se expresaron en la parte final del poema publicado alrededor de 1528, el desgarrador icnocuícátl o canto triste anónimo, obra de los cuicapique o poetas nahuas post cortesianos, que a continuación nos da una idea de la visión de los vencidos:
“En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas. Gusanos pululan por calles y plazas, y en las paredes están salpicados los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas.
Y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre. Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe, Y era nuestra heredad un red de agujeros. Con los escudos fue su resguardo, Pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad.
Hemos comido palos de colorín, hemos masticado grama salitrosa, piedras de adobe, lagartijas, ratones, tierra en polvo, gusanos. Comimos la carne que apenas sobre el fuego estaba puesta. Cuando estaba cocida la carne, De allí mismo la arrebataba. En el fuego mismo la comían. Se nos puso precio.
Precio del joven, del sacerdote, del niño y de la doncella. Basta: de un pobre era el precio sólo dos puñados de maíz, Sólo diez tortas de mosco; Sólo era nuestro precio veinte tortas de grama salitrosa. Oro, jades, mantas ricas, plumajes de quetzal, todo lo que es precioso, en nada fue estimado.”
Cuando las lanzas y flechas callaron y del fuego quedaban solo cenizas, los vencidos y vencedores vivían el desarticulado comienzo de una nueva sociedad, un nuevo orden. Todo cambiaría, la cultura, la religión, la moral, el arte y la raza.
A diez años de la conquista, en la Villa del Tepeyac, al norte de la Ciudad de México Tenochtitlán recién tomada por el capitán Hernán Cortés, sus soldados y aliados indígenas, inicia una relación íntima y dulce, relación que surgió del diálogo que se establece entre la Virgen y el mexicano autóctono, dialogo que a la fecha, continua con mayor fuerza.
Si bien es cierto que el encuentro con Guadalupe se dio a través de las noticias de su aparición y primeros milagros y a través del documento escrito del Nican Mopohua, también se dio y quizá de manera mas inmediata en la relación directa entre la imagen y el mexicano. Aquéllos primeros indígenas que vieron la tilma del Tepeyac, entablaron un primer encuentro, el inicio de un dulce y trascendental dialogo de amor.
Los muchos que aún no la habían visto, tan solo por la descripción en voz viva de sus hermanos, pudieron visualizar la forma de golpe y captar el contenido o mensaje divino del cual fue portadora la Virgen María de Guadalupe.
Entre los saberes de los mexica, tenían una enorme cultura de libros llamados libros pintados o códices en bibliotecas o amoxcallis los que contenían por medio de glifos, una documentación gráfica de su historia, política, economía, religión, rituales, medicina, limites territoriales, entre otros.
Al fin creador de la enorme producción escultórica y murales cuyo contenido y formas trascienden el pasar del tiempo, el mesoamericano es visualmente culto, sensible y sabio, tiene una cultura visual integradora, sabe ver y entender la forma y contenido con igual importancia.
En mi visión tilmista por así llamarla, se reconoce que no hay un solo aspecto dentro del discurso guadalupano que no se inicie y regrese a la imagen de la tilma, la que nombro: sol del universo guadalupano. En términos del filosofo de arte italiano Humberto Ecco, veo a la guadalupana como una obra abierta, la propuesta de la Virgen es una de apertura al encuentro y al dialogo creativo con el espectador mexicano a quien le comunica su mensaje de amor y paz.
La Virgen vino a dar abrigo a todos. Los mexicanos, cuyos dioses se representaban con el sol, la luna, la lluvia y el viento, dejan de ser hijos de Tonantzin-Cihuacoátl para convertirse en hijos de Guadalupe-Tonantzin.
Guadalupe madre los reclama y éstos la hacen suya, en Ella se reconocen. El indígena, huérfano de sus dioses, ve a su madre Tonantzin, la continuidad de su prole. El criollo, que ni es indio ni español legítimo, ve en Ella la legitimidad para saber quién es, ve su sueño de nación.
El mestizo, despreciado por el indígena y por el español, encuentra que al igual que él, Guadalupe está hecha de sustancias europeas y amerindias. Su imagen esta al lado del Tloque Nahuaque, el cerca y el junto, representa el ámbito donde coexisten las fuerzas distintas del pensamiento occidental y las del México profundo de cosmogonías milenarias.
En ella estamos todos, el pelado y el letrado, los sabios y humildes, ricos y pobres, poderosos y desposeídos y hasta quienes se dicen ateos, en seguida se declaran guadalupanos. En su singular libro El guadalupanismo mexicano, Francisco de la Maza, visionario de la historiografía colonialista, acierta al decirnos que el guadalupanismo empieza con una dulce e inocente historia que con el tiempo y en dado momento alcanza proporciones inesperadas hasta convertirse en estandarte de nación, identidad nacional.
Establecido está que ése dado momento ocurre entre finales del siglo 17 y principios del 19 con los movimientos criollos de Independencia, el lugar es el altiplano de la patria y el momento es el grito devengado por el cura Miguel Hidalgo y Costilla bajo la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Por designio divino, México es escogido para ser custodio de la imagen de la Virgen María en Guadalupe, que salvo en el caso del pueblo de Abraham, también escogido de Dios, no se conoce otro antecedente “Non fecit talliter omni nationi”.
Al finalizar el segundo milenio, Roma designó al santuario del Tepeyac como centro de la nueva evangelización para América con la exhortación apostólica Ecclessia in América, en enero de 1999.
América en sus las manos de nuestra virgen morena, bajo su dulce mirada y la de millones de mexicanos. La respuesta no se hizo esperar, el pueblo fiel, que sabe gritar, pues hasta en sus momentos tristes ha sabido tener voz propia, sencillamente adoptó a Juan Pablo II como uno de nosotros, proclamándolo Papa Mexicano.
Las proporciones inesperadas que menciona de la Maza, para finales del milenio adquieren mayor dimensión al convertir en realidad aquella visión del siglo 17 inspirada en el Apocalipsis de San Juan, del presbítero Miguel Sánchez, interpretada en su libro Imagen de la Virgen María.
Así, lo que fuera la gran Tenochtitlán, centro cívico-guerrero del imperio azteca, convertida en la sede del Virreinato de la Nueva España en el primer cuarto del siglo 16, a finales del milenio y por intervención de la Virgen de Guadalupe y los mexicanos, fue elevada a sede de la Nueva Roma en el continente americano.
Es en la cultura de México, se multiplica como ninguna otra imagen, y a través de millones de copias litográficas encuentra su morada en los hogares de los mexicanos, dentro y fuera de territorio nacional. Como estampa, es testigo en nuestras fiestas y ceremonias. En su papel de mediadora es poderoso cohesionante que aglutina a todos los mexicanos en términos de una sociedad pluricultural, un pueblo ante el mundo.
En las tumultuosas peregrinaciones que llegan al santuario del Tepeyac, en especial las del 12 de diciembre, se puede observar la manifestación más fiel de la religiosidad mexicana. A partir del siglo 16 de una generación a otra, ha sido tema de apasionantes estudios, obras literarias y musicales, ha sido reproducida con insistencia por las manos creativas de los mexicanos.
El reproducirla no es meramente copiarla, en el acto mismo de la representación artística, los artistas y artesanos realizan un ejercicio espiritual, cumplen con un sentimiento de continuidad, un sentido de memoria colectiva, un encuentro con el ser mexicano. Para el comienzo del milenio, la devoción a la Virgen de Guadalupe rebasa fronteras y se extiende por el mundo, Guadalupe es universal.
El historiador Jaime Cuadriello calificó al santuario de la Villa del Tepeyac, que recibe a diario aproximadamente a 1500 visitantes, como “el sitio desde donde se puede tomar, en su estatura moral, el pulso del pueblo mexicano”.
Es en la Tilma del Tepeyac, estampada con la sola imagen de la Virgen rodeada de rayos solares dentro de un rompimiento de nubes, donde los mexicanos depositan sus oraciones y su esperanza, sus tristezas y alegrías.
La Virgen de Guadalupe de México es única no hay otra, su imagen es sagrada y real, contiene la inmensa fe inquebrantable y el amor de nuestro pueblo, además de ser de tan exquisita belleza y dulce consuelo ante las innumerables dolencias que continuamente acosan a sus hijos predilectos.
Se manifiesta en cada encuentro con ella, en cada milagro que concede, en cada lagrima y en cada alegría y cada plegaria que le depositamos, en la serenata que le llevamos, los concheros que le bailan y en cada obra de arte que le ofrecemos enriqueciendo de tal manera la inabarcable poética guadalupana.
Vive en el alma, en el corazón y en el pensamiento de cada mexicano y con el, emigra a otras tierras, su historia es la historia de México, de los mexicanos y sus querencias, una historia de pertenencia y sentido de lugar, finalmente y en vísperas de cumplir medio milenio, es una historia de amor entre la Virgen de Guadalupe y los mexicanos. Como muchas mujeres mexicanas, fui consagrada a Guadalupe cuando niña.
Por el lado de maternal, la familia nunca fue guadalupana, más bien su culto se enfocaba en la imagen de la Inmaculada Concepción de María, es por mi parte paterna que recibí una intensa y hermosa educación y cultura guadalupana. Me enseñaron a rezarle, ofrecerle cada mes la comunión, a conocerla en las plegarias y novenas, en el arte en la artesanía, en la música y en la historia de la familia.
Ritualmente íbamos a la Villa de Guadalupe a comulgar, recorrer el cerrito del Tepeyac y sus ermitas, comprar imágenes guadalupanas y comer gorditas de maíz del atrio envueltas en papeles de china de colores recién salidas de los comales. No recuerdo el momento preciso cuando entablé mi diálogo con Guadalupe.
Sería de niña cuando me consagraron a ella, o seria en una de las rituales visitas a la Villa.
Serian las veladoras de mi madrina Lupita las que alumbraron mi camino a Guadalupe cuando aún no había visto la luz. O, será que desde siempre sostuve un diálogo con la Virgen del Tepeyac.
Lo cierto es que es mi adoración y en mi morada, su imagen colectiva siempre tiene su lugar. Fue medalla de primera comunión, medalla y bendición en las bodas de 3 de nuestros 4 hijos, imagen central en mi trabajo académico.
La pinto una y otra vez como la siento, mi madre divina y de noble linaje, en sus misterios de diosa y de mujer madre de Dios, en el cerca y el junto, en su morada de rojo tezontle, en la de rojo Mitla, compartiendo espacios con las abuelas viejas y sabias, con las mujeres de mi familia, con la diosa Cihuacóatl, la Tonantzin, la Coatlicue de la falda de serpientes y el corazón en las manos, junto al amarillo cempasúchil, la milpa y el jade azulado de los grandes agaves de mi tierra, el mismo color del manto de nuestra Virgen.
En este tu día, te deseamos felicidades, madre y patrona Santa María de Guadalupe! Kuali iluichiuali, nantzin Santa Maria de Guadalupe.