
Origen, creación y evolución de tribunales y salas de justicia indígena
Punto de quiebre
“La educación es el arma más poderosa que puedes utilizar para cambiar el mundo.”
Nelson Mandela
La abrupta y simbólica salida de Max Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública marcada incluso por el uso de la fuerza pública para notificarla reabre una pregunta de fondo: ¿se va también su proyecto educativo o únicamente el funcionario?
Como uno de los principales impulsores de la llamada “Nueva escuela mexicana” Arriaga defendió un rediseño de los libros de texto gratuitos que, para muchos críticos, inclinó la balanza hacia una visión ideologizada de la educación pública. El debate no fue menor: se trató del tipo de ciudadanía que el Estado busca formar.
Priorizar el crecimiento colectivo por encima del individual puede sonar atractivo en el discurso, pero resulta problemático cuando se plantea como una disyuntiva. Los individuos construyen a las sociedades; no existen al margen de ellas, pero tampoco pueden diluirse en nombre de lo común.
Es la vieja paradoja del huevo y la gallina: sin desarrollo individual sólido, difícilmente puede sostenerse un desarrollo colectivo auténtico.
Si realmente se pretende un punto de quiebre en materia educativa, la discusión debe centrarse en capacidades, no en consignas. Formar juventudes sólidas en ciencia, artes e historia es indispensable. Pero hoy resulta impostergable apostar también por tecnología, inteligencia artificial, programación y pensamiento crítico. No como tendencia pasajera, sino como estrategia de supervivencia nacional.
El cambio climático y la transformación tecnológica pueden asumirse como amenazas o como oportunidades. La diferencia radica en la educación. Con preparación adecuada, estos desafíos pueden convertirse en motores de innovación, desarrollo y competitividad. Sin ella, se traducirán en rezago.
Asimismo, el fortalecimiento de habilidades blandas pensamiento crítico, comunicación efectiva, trabajo en equipo, inteligencia emocional y adaptabilidad debe complementar la formación académica tradicional. Estas competencias no solo facilitan la inserción en mercados productivos cada vez más exigentes; también fortalecen la vida cotidiana de los educandos, sus familias y su entorno social.
Más que formar generaciones alineadas con una narrativa política específica, el sistema educativo debe construir ciudadanos libres, críticos y técnicamente competentes. Ese tendría que ser el verdadero cambio de timón en la conducción de los materiales educativos de la Secretaría de Educación Pública.
La salida de Arriaga abre una oportunidad histórica. La pregunta no es quién ocupa ahora el escritorio, sino qué visión ocupará las aulas.
Porque al final, la educación no define a un gobierno: define a un país. Y hoy México debe decidir si educa para la consigna… o para la grandeza.