
Ilustra Melissa Pérez Segnini colección Cómoda de Pro Femme
El recuerdo más antiguo que tengo por mí mismo o inducido por mi madre que expresaba su amor y reconocimiento por el viejo es cuando antes de partir a la vieja ciudad de hierro para ser intervenido del apéndice que ya estaba casi en un cuadro de peritonitis, elaboró tres piñatas memorables de las que recuerdo tratando de pegarle a la de un chinito con su cola de papel lustre negro y una bella bata roja tan características mientras la futura palomilla de mis andanzas de barrio a grito pelón gritaba el dale, dale.
La primera pesadilla en que un apache de seguro inspirado en la figura de la lotería mexicana metía a Paco mi hermano entonces guardián de mis primeros pasos en una botella de refresco ante mis gritos y llantos que me despertaron en medio del primer sudor en mi nuca que después por tu ausencia se ha repetido tantas veces como la lluvia incesante que hoy trasluce los ventanales de la recamara donde yacen los sueños, las pesadillas y tu ausencia antes que te llevaras la esperanza de volver a lo nuestro a lo que nunca pude construir como dique a la desesperanza y al desamor.
Aprendí desde entonces a no encajar en los viejos moldes dictados por la edad, la tradición o lo acostumbrado por ser a los cinco años calificado como el mejor alumno de primer año contra toda la regla y la sospecha de ser un destacado liliputiense disfrazado de infante o en la diáspora del escuadrón que amarró al épico Gulliver que lo mismo hablaba de los clásicos griegos y latinos por las bellas lecturas de aquellos dos tomos que el entonces combativo sindicato de los ferrocarrileros les donó a sus agremiados en el que mi padre era su representante seccional en el núcleo de trabajadores del riel en mi San Jerónimo añorado, quetambién daba cuenta con emoción del último capítulo de Kaliman transmitida por la recordada cadena Radio Nacional, de los relatos de miedo con la palomilla una vez que terminábamos los juegos físicos echados sobre el resto de la barda a medio terminar apenas alumbrados por el cielo cuajado de estrellas y la luna de octubre que anunciaba la inminente celebración de los muertos.
De mi partida a la Xalapa, de mis encuentros con la ciencia en todo su esplendor, de mis primeros amores y también de los primeros desamores, de la continuidad fervorosa y esplendida de mis estudios de música en el viejo conservatorioubicado en la empinada calle de Sebastián Camacho yque don Fortunato inspiró en el viejo órgano de la capilla de Guadalupe donde sin saber el significado cabal repetía como perico la contestación en latín de la misa oficiada por el padre Paco y la supervisión puntual de la madre Melania para que no me equivocara a mis cinco abriles y mi habito de blanco y rojo de acólito novel.
De mi incursión cual esponja curiosa lo mismo en las clases de teatro universitario, en los cinco y diez mil metros planos en el esplendoroso estadio Xalapeño logrando representar al estado jarocho que generosamente me adoptó y cobijó mis estudios de bachiller y la licenciatura en Antropología Social, conviviendo en aquella famosa y generosa casa de “pupilos” regenteada por dos “señoritas” siempre vestidas de negro, primero bastante adustas para después al sobrenombre bien ganado de “niño” les pude arrancar sus esplendidas sonrisas, sus confesiones de lo que hubieran querido de sus vidas presentes y futuras y por fortuna referirse socarronamente a los curas que un día sí y otro también les gorreaban la comida abusando de su parentesco con un obispo ya fallecido de fama local. De mi profesor de mil materias en la prepa Dr., Suárez, de Paquito mi director perenne de la facultad de Antropología y de mi recepción universitaria, de la doctorra Waltrud Hanger que me formó en la antropología clásica y parra que no repitierra tonterriasde su paisano Marx me enseñó lo que aprendí de alemán coronando mi graduación con mi primera traducción de la Rotkappchen, caperucita roja, de migeneroso padawan Félix Báez que inspiró mi inclinación por la antropología social, de Memo Villarque además de prepárame profesionalmente en la traducción de textos especializados en inglés me subrogaba su chamba en la editorial siglo XXI.
De Luis el coño loco, de Edel el chicano, de Emilia la vegetariana, de Teresa mi acompañante, de Chicharin el matado estudioso compañero, de Héctor mi cruel y machín amigo, de Agustín el ricachón y generoso aristócrata, de Rafael y su gran guitarra clásica que hoy lo convirtió en un virtuoso concertino internacional y de otras y otros con quienes tejí mis sueños e ilusiones que algunos perduran y alientan el presente de mi vida. Una vida que en dos días me acercará a la otra orilla en paz y con ilusión que logre aun construir con Biaani, Biniza, Santiago, Diego, con mis compañeros actuales de vida y “solo le pido a Dios que la muerte no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente: ¡Felicidades por yo!
Gerardo Garfias Ruiz