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OAXACA, Oax., 31 de agosto de 2026.— Cuando Armando Contreras Castillo estudió para convertirse en maestro de primaria, no imaginó que años después estaría al frente del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), desde donde participa en la estrategia nacional de alfabetización que ha contribuido a llevar el analfabetismo en México a 3.8 por ciento.
Originario de Concepción Pápalo, en la región Cañada de Oaxaca, Contreras Castillo también estudió Economía y regresó a su comunidad como presidente municipal. Posteriormente ocupó diversas responsabilidades estatales y legislativas, hasta llegar a su actual responsabilidad al frente del INEA.
Actualmente, el Instituto atiende a 481 mil 818 personas: 132 mil 882 están aprendiendo a leer y escribir; 139 mil 190 cursan primaria y 209 mil 746, secundaria.
Durante 2025, 189 mil 874 personas fueron alfabetizadas mediante la estrategia nacional, más de siete veces las registradas en los 5 años anteriores. A 45 años de la creación del INEA, su director general habla sobre los retos que persisten y sobre la educación como una herramienta para reducir desigualdades y transformar comunidades.

—México llegó a 3.8 por ciento de analfabetismo. ¿Se acabó el problema?
—No. Y sería un error creerlo.
Pero alcanzar 3.8 por ciento y llegar a uno de los niveles más bajos de analfabetismo registrados en los últimos años es un logro muy importante de la política educativa de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y de todo México.
Significa que como país hemos hecho un esfuerzo extraordinario, pero todavía tenemos alrededor de 3.9 millones de personas mayores de 15 años que no saben leer ni escribir.
No estamos hablando simplemente de una estadística que tiene que bajar. Estamos hablando de una persona que quizá vive en una comunidad alejada, de alguien que tuvo que trabajar desde niño o de una mujer que dedicó su vida al cuidado de su familia y nunca tuvo la oportunidad de ir a la escuela.

Ahí está nuestro reto.
—¿Dónde está hoy el analfabetismo en México?
—Está profundamente relacionado con las desigualdades.
Tiene una presencia importante en zonas rurales, indígenas y entre poblaciones que históricamente han tenido menor acceso a los servicios educativos.
Eso nos obliga a cambiar la lógica. Durante mucho tiempo construimos instituciones y esperamos que la gente llegara a ellas.
Pero si sabemos que una persona no puede llegar hasta nosotros, nosotros tenemos que llegar hasta ella.
El INEA ofrece servicios educativos en 66 lenguas maternas. Eso nos habla de la enorme diversidad del país y también del tamaño del desafío.
No podemos pretender atender de la misma manera a una comunidad indígena que a una colonia en la periferia de una gran ciudad. Hay que conocer el territorio.
—¿Haber nacido en una comunidad pequeña de Oaxaca cambia su manera de mirar este problema?
—Claro que la cambia.
Yo nací en Concepción Pápalo, Oaxaca. Cuando naces en una comunidad entiendes muy pronto que la distancia importa: la distancia entre tu casa y la escuela, entre tu comunidad y una ciudad, entre querer hacer algo y tener realmente las condiciones para conseguirlo.

Yo tuve la oportunidad de seguir estudiando. Salí de Pápalo, me formé como maestro de primaria y después continué preparándome. Fui parte de la primera generación de Economía de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.
Por eso, para mí, la educación no es solamente una política pública.
La educación transforma a una persona y, cuando llega a muchas personas, puede transformar una comunidad.
—¿Qué queda de aquel maestro rural en el funcionario que hoy dirige una institución nacional?
—Muchísimo.
Un maestro aprende a mirar a las personas.
Puedes tener un programa, un libro o una planeación, pero cuando entras al salón descubres que tienes enfrente seres humanos distintos. Uno aprende rápido, otro necesita más tiempo; uno tiene apoyo en casa y otro llega con problemas que tú ni siquiera conoces.
La política pública debería conservar algo de esa mirada.
Las cifras son indispensables para tomar decisiones, pero si solamente ves cifras puedes terminar administrando problemas en lugar de resolverlos.
—Después regresó a Concepción Pápalo como presidente municipal. ¿Qué le enseñó gobernar su propia comunidad?
—Que los problemas de la gente son muy concretos.
En un municipio nadie llega a decirte: “vengo a plantear una política pública”. Te dicen que falta agua, que el camino está mal, que existe una necesidad en la escuela o que su comunidad simplemente necesita atención.
Ahí entiendes también que las desigualdades se van acumulando.

Si una persona, además de enfrentar carencias, no sabe leer ni escribir, tiene menos herramientas para ejercer sus derechos, realizar un trámite o encontrar una ruta para resolver un problema.
Por eso, gobernar no puede ser administrar cada problema por separado. Hay que entender cómo se relacionan y organizar al pueblo para resolver sus carencias entre todos.
—De Concepción Pápalo pasó por responsabilidades estatales, el Senado, la Cámara de Diputados y ahora el Gobierno federal. ¿Mientras más arriba se llega existe el riesgo de dejar de ver lo que ocurre abajo?
—Existe. Siempre existe.
Por eso nunca hay que perder el territorio, nunca olvidar que la cabeza piensa por donde caminan los pies, miran los ojos y escuchan los oídos.
Yo soy oaxaqueño y mantengo un profundo arraigo con mi comunidad. Oaxaca conoce bien el desafío del analfabetismo, particularmente en comunidades rurales e indígenas.
Pero ahora mi responsabilidad es nacional. Son 32 entidades y detrás de cada porcentaje hay realidades distintas.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha colocado la alfabetización como una prioridad y eso nos obliga a salir a visitar a la gente, convencerla de que nunca es tarde para estudiar y que la educación es la base de la revolución de las conciencias.
El territorio te permite descubrir algo que una oficina no siempre muestra: saber a quién no has llegado todavía.
—¿Qué ocurre cuando una persona aprende a leer a los 60 o 70 años?
—¡Es algo que muy pocos imaginan!

Empieza por perder el miedo, vive la vida con orgullo, con dignidad, pasa de la noche negra y sin estrellas a la luz como decía Benito Juárez, y pasan en cada persona mucha cosas que no alcanzamos a dimensionar.
Se desprende de la dependencia para leer y escribir el mundo, imagínate que de repente sepas que el libro habla, saber qué dice un documento, leer una dirección, entender una indicación o escribir lo que se quiere decir. Tan solo el paso de poner su huella en un documento a poner con una pluma su firma, ya es un cambio inimaginable.
Lo vemos incluso entre beneficiarios de programas sociales. Hay personas que antes no podían escribir su propio nombre y hoy pueden hacerlo.
Parece algo pequeño, pero no lo es.
El nombre es identidad.
Esa es la satisfacción de nuestra tarea: ver cambios reales.
Cuando hablamos de alfabetización no estamos hablando solamente de números y letras. Estamos hablando de personas que empiezan a relacionarse de otra manera con su propia realidad.
—¿La educación basta para cambiar esa realidad?
—No.
La educación es indispensable, pero necesita encontrarse con salud, empleo, infraestructura, seguridad, conectividad y desarrollo económico, pero sin duda la educación es el principio del ejercicio de todos los demás derechos.
Esa es la diferencia entre administrar programas y tener una visión de desarrollo.
El Estado tiene distintas instituciones, pero la persona tiene una sola vida. No vive por secretarías.
Una familia no separa sus problemas entre educación, salud, economía e infraestructura. Los vive todos al mismo tiempo.
Por eso las políticas públicas tienen que encontrarse en el territorio y alrededor de las personas.
—¿Eso define también su manera de entender el servicio público?
—Sí.
Hoy tengo una responsabilidad muy concreta: dirigir el INEA. Mi obligación es que funcione y dé resultados. Para eso me confió la presidenta esta tarea.
Pero un servidor público no puede perder de vista para qué existe la institución que dirige.
No alfabetizamos para mejorar una estadística.

Lo hacemos porque una persona que sabe leer y escribir tiene más herramientas para tomar decisiones y México necesita que su gente tenga mayores capacidades para construir su futuro.
—El Gobierno de México habla de una República Educadora. ¿Qué significa para usted?
—Puedo explicarlo desde mi propia vida.
Nací en Concepción Pápalo. Ahí comenzó mi historia. Salí para estudiar, fui maestro, continué preparándome, conocí otras realidades y años después regresé al mismo lugar para servir como presidente municipal.
En particular para la educación para jóvenes y adultos, tiene que ser tarea de todos, los 3 ámbitos de gobierno-municipios, estados, federación- Sindicatos, universidades, organizaciones empresariales, sociales, educativas, deportivas, escuelas normales, magisterio.
¿Qué iba a imaginar aquel maestro que un día tendría la responsabilidad de dirigir el INEA y participar en un esfuerzo nacional de esta magnitud?
Por eso creo en la educación como una puerta, además de estar convencido que es la principal palanca del desarrollo nacional.
No sabemos hasta dónde puede llegar una persona cuando le damos las herramientas para desarrollar sus capacidades, solo sabemos que con educación puede llegar muy lejos.
—¿El Estado puede cambiar el destino de una persona?
—El Estado no debe decidir el destino de una persona. Debe procurar que tenga posibilidades reales para elegirlo.
Una escuela abre una posibilidad. Un camino abre otra. La salud, la seguridad, el acceso a internet y un empleo también.
Gobernar consiste, en buena medida, en construir esas condiciones.
Después, cada persona decidirá qué hace con ellas.

—¿México todavía puede cambiar realidades que parecen heredarse de generación en generación?
—Tiene que poder.
Si aceptáramos que alguien está condenado por el lugar donde nació, por la condición económica de sus padres o porque no pudo estudiar cuando era niño, estaríamos renunciando a una de las responsabilidades esenciales del Estado.
Yo no creo en eso. Lo veo todos los días en el INEA.
Una persona llega pensando que una etapa de su vida está cerrada y descubre que todavía puede aprender.
Aprende a leer y escribir. Después termina la primaria. Luego quiere la secundaria. Y empieza a imaginar cosas que antes no imaginaba.
Eso es abrir posibilidades.
Yo vengo de Concepción Pápalo y uno puede recorrer muchos caminos, pero nunca debería olvidar desde dónde empezó.
Y si en el camino tuvo la oportunidad de aprender, prepararse y servir, también adquiere una responsabilidad: hacer algo para que otros tengan sus propias oportunidades.
Esa es la tarea que hoy tenemos en el INEA y la vamos a continuar.
En el segundo piso de la cuarta transformación entendemos que México llegará hasta donde se combata el rezago educativo y es un compromiso de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y también del secretario de educación Mario Delgado Carrillo.