
Los obispos y la Cristiada
OAXACA, Oax. 5 de septiembre de 2025.– Francisco Benjamín López Toledo sigue vivo en Oaxaca.
Está en las calles por donde caminaba con sus periódicos bajo el brazo, en los estantes del Instituto de Artes Gráficas donde reposan miles de libros al alcance de todos, en los talleres del Centro de las Artes de San Agustín donde jóvenes creadores encuentran un lugar para experimentar, en cada cartel que reclama justicia y en cada papalote que alguna vez elevó para recordar que la memoria no debe perderse.
Su presencia se mantiene en las instituciones que fundó con una visión generosa y comunitaria: el IAGO, la Fonoteca Eduardo Mata, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, el CaSa en Etla, tantos más.
Espacios que definió como refugios culturales abiertos y gratuitos, diseñados para que cualquier persona pudiera acercarse al arte sin barreras ni distancias.
Toledo nunca buscó construir templos para la élite, sino sembrar semillas de conocimiento en la gente común.
También vive en los gestos que lo colocaron como un ciudadano comprometido.
En 2014, tras la desaparición de 43 normalistas en Ayotzinapa, colgó en el IAGO una manta con la palabra Justicia y elevó papalotes con los rostros de los estudiantes: “Si los buscan bajo tierra, también hay que buscarlos en el cielo”, dijo entonces.
De esa acción surgió la Bienal Internacional de Cartel Oaxaca, una plataforma que hoy continúa convocando a artistas de todo el mundo para denunciar la violencia y defender la vida.
Toledo permanece en su obra plástica, reconocida por su fuerza y originalidad.
Monos, iguanas, murciélagos, mujeres y escenas cotidianas se funden en un imaginario que bebe de lo ancestral y lo popular.
Sus grabados, esculturas, óleos y acuarelas recorren museos internacionales, pero también están presentes en Oaxaca, donde quiso que su arte dialogara con su comunidad y sus raíces.
En la memoria colectiva queda también el hombre que defendió causas. Fue voz firme contra la instalación de un McDonald’s en el Zócalo de Oaxaca, promovió la defensa del maíz nativo, respaldó la preservación de las lenguas indígenas y abrió el IAGO en 2006 como espacio de solidaridad en medio del conflicto social.
Su vida se sostuvo siempre en la idea de que el arte debía caminar al lado de la gente, nunca por encima de ella.
Toledo vive en cada libro que se consulta en sus bibliotecas, en cada exposición que recupera sus piezas, como la que presentó Coesida para enfrentar el VIH, en cada artista que encuentra en sus instituciones un espacio para crear, en cada acto de resistencia cultural que se inspira en su ejemplo.
Su ausencia física duele, pero su presencia se ha transformado en un legado inagotable que lo recuerda en diversos rincones de Oaxaca.