
Reunirá ECIES 2026 a 2 mil especialistas eléctricos en Oaxaca
El deporte era parte de un ideal griego, la areté o excelencia moral, en la que el cuerpo se convertía en un vehículo para demostrar valor y grandeza frente a los dioses, poseedores de poderes sobrenaturales, pero que compartían con los humanos virtudes y defectos; la posibilidad de la falibilidad debido a las pasiones. Como nosotros, los dioses griegos estaban sujetos al destino, una fuerza superior a cualquier poder temporal, que ni ellos podían cambiar. Enfrentar al destino nos hizo lo que somos: civilizaciones capaces de sobrevivir al paso del tiempo y a las calamidades del mundo natural. En la lucha frente a las fuerzas que no controlamos hemos probado nuestra resiliencia, pero también el permanente deseo por superarnos.
En esta línea, el fútbol es mucho más que un asunto que organicen adultos, también es ese motor que motiva e impulsa a la niñez y juventud, como también lo hacen otros deportes alrededor del mundo. Los sueños de niñas y niños se parecen, crezcan estos en Oaxaca, en Tierra del Fuego o en las orillas del Lago Victoria en Tanzania. Las geografías se dividen por líneas que ignoran quienes viven lejos del mundo de jefes de Estado, mandos militares y sus asesores. Así, el juego se vuelve ese elemento común que permite pasar el tiempo, competir sanamente y conocer a otros, fuera del mundo de los adultos, y en ese paralelo que las infancias aprovechan para crear sus propios anhelos, a partir del esfuerzo individual, pero también y sobre todo del trabajo en equipo. Cooperar como acto profundamente humano y necesidad vital, que se aprende en los primeros años, y es parte de la revolución cognitiva que nos hizo Sapiens, una idea de Harari (2014).
En el túnel del tiempo, hay un niño de ocho años que no ha acabado el último ejercicio del curso de español y por tanto no puede salir del salón. Afuera todo es expectativa y aparente júbilo. Se han instalado tres televisiones analógicas en diferentes puntos de la escuela primaria Niños Héroes de Chapultepec de la ciudad de Oaxaca, que no suspende clases, pero permite que sus alumnos vean el partido entre México y Holanda, el tercero de la fase de grupos del Mundial de Francia 98. Quedan unos minutos del juego y quien escribe trata de convencer a la maestra de que lo deje salir para ver el desenlace del partido, pero la maestra le exige que termine los ejercicios de acentuación como mínimo. Finalmente, sale enloquecido a ver en una pantalla noventera, bastante pequeña para el número de alumnos reunidos alrededor, los últimos momentos de un partido que tiene al país entero en vilo. Es el México de siempre contra un potente rival, la selección holandesa, siempre en los primeros lugares de su continente y del mundo.
Los mexicanos llevan un jersey blanco impecable, con el calendario azteca de fondo, probablemente el más bonito de los uniformes que haya usado la selección mexicana de fútbol, frente a los rivales de un naranja chillante. En los últimos minutos vamos perdiendo 2 a 1, como tantas veces en los torneos que realmente importan. Pero en la mirada del niño oaxaqueño de ocho años hay esperanza, hay anhelo y un deseo honesto, incluso pidiéndole a Dios que le conceda a nuestra selección empatar. La meta como siempre es entrar a la etapa final de la copa mundial. En el tiempo que añade el árbitro sucede lo imposible, Luis Hernández, el famoso Matador, veracruzano de melena siempre teñida de rubio, anota un gol que empata el partido y asegura el pase de México a los octavos de final. Para el niño, el deseo se cumple y justo en ese cruce de momentos se pone a llorar mientras los demás niños gritan eufóricos. El empate significa un triunfo y para el pequeño Bruno un deseo cumplido, sin que ningún otro deseo importara entonces. Es la vida sin complicaciones que hoy se mira desde muy lejos.
La anécdota da pie a un recuento personal. Vendría Corea y Japón que, en 2002, todavía sin redes sociales, mostraron a través de la televisión los portentosos avances tecnológicos con sus estadios salidos de otro planeta. El desvelo al lado de mi abuela materna, entre tres y cinco de la mañana, para ver los partidos de la selección que dirigía Javier Aguirre, quien hoy vuelve a ser el técnico nacional, más de dos décadas después, lo que también dimensiona los alcances del fútbol: tiempos, vigencia y legado. Vinieron Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 con las dolorosas derrotas frente a Argentina en octavos de final, y en el primer caso con un partido memorable de la selección mexicana solo finalizado en tiempos extras por el gol prodigioso de Maxi Rodríguez. Lo demás es historia, la selección mexicana ha vivido un proceso difícil, de más a menos, que ha llevado incluso a la pérdida de confianza por parte de la afición, ese segmento social acostumbrado a mantenerse fiel a pesar de todo, incluso cuando lo peor no era lo peor. Hoy, y como parte del mundial Norteamérica 2026, debuta frente a Sudáfrica, en un dejá vu de 16 años, solo que esta vez en Tlalpan, en vez de Johannesburgo.
Los mundiales de fútbol también son eso que pasa, a la par del tiempo, frente a nuestros ojos, recordándonos a las personas que ya no están. Son los partidos al lado de mis abuelas, fieles seguidoras de su selección, que incluso se paraban a saludar a la bandera a la hora de cantar el himno nacional. Son las horas con nuestros padres, hermanos y amigos, esperando un gol para gritar, para llorar, o para recordar al niño de ocho años que le pidió a Dios que el Matador defendiera nuestro herido orgullo frente a los extraños de un país lejano llamado Holanda, donde creía que se producían los helados que vendían afuera de la primaria. Es la emoción de un país que apoya aún en los momentos de ánimo más bajo, que olvida por noventa minutos los graves problemas afuera del estadio y que, sin importar las coordenadas en el globo terráqueo no escatima en sobreequipaje para llevar sombrerotes, máscaras, trompetas y matracas, incluso trajes de danzante azteca, y demuestra que el fútbol no termina en una cancha de 11 contra 11. No soy de elogiar la nota deportiva. Es más, he perdido la fe en el quinto, sexto y séptimo partidos, pero sí soy, como buen mexicano, creyente de los sueños, o tal vez de la posibilidad, si no de forzar, sí de doblarle el brazo al destino cuando la causa vale la pena. Hoy gana México.
@bruneitorres en X