
Invita Salomón Jara a vivir La Fiesta Más Viva de Todas
Punto de quiebre
“El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes.” Jorge Valdano
El fútbol, como lo hemos comentado en este espacio, es el deporte que mayor capacidad tiene para conectar al mundo. Las razones son muchas. Para jugarlo ni siquiera se necesita un balón; en mi escuela primaria, la General Francisco J. Múgica, bastaba un bote de jugo para improvisar un partido. Es un deporte sencillo de entender, accesible para prácticamente cualquier persona y profundamente arraigado en la tradición de millones de familias.
El incremento a 48 selecciones para esta Copa del Mundo generó, en su momento, una fuerte controversia. Sin embargo, el resultado terminó siendo un éxito. Equipos como Cabo Verde un país que muchos, incluido quien escribe, apenas conocíamos demostraron que el talento y la disciplina no son exclusivos de las potencias futbolísticas. Su orden táctico, su entrega y su clasificación a la siguiente ronda, donde compitieron de tú a tú frente al vigente campeón del mundo, confirmaron que abrir las puertas a más naciones enriqueció el torneo.
México también nos devolvió algo que parecía perdido: la ilusión, la esperanza. Durante algunas semanas, esa división que desde hace años se alimenta desde distintos frentes entre fifís y chairos, ricos y pobres, unos contra otros quedó en un segundo plano. Millones de mexicanos volvimos a vestir la camiseta verde, blanca o negra de la Selección Nacional y compartimos una misma esperanza: alcanzar, por fin, esos anhelados cuartos de final.
¿Cómo olvidar aquel vibrante partido frente a Inglaterra? Aunque el resultado no fue el esperado, la Selección jugó con personalidad, carácter y dignidad. En esta ocasión, la frase “jugamos como nunca y perdimos como siempre” describe el marcador, pero no el sentimiento ni las formas. Este equipo representó con orgullo a un país que necesita volver a creer en sí mismo.
Observar a selecciones como Francia y España, repletas de talento y con plantillas de primer nivel, también deja una reflexión que trasciende el deporte. En el caso francés, muchos de sus futbolistas son hijos o nietos de migrantes africanos. Nos recuerda que la identidad no depende únicamente del lugar donde se nace, sino también del país que se decide representar, del proyecto al que se pertenece y de los valores que se eligen defender.
El fútbol moderno refleja, como pocas cosas, la realidad de un mundo cada vez más interconectado. Jugadores con diversos orígenes defienden con orgullo los colores de las naciones que hoy consideran su hogar. México no es la excepción, con casos como Álvaro Fidalgo y Julián Quiñones, quienes han enriquecido nuestro fútbol y fortalecido a la Selección Nacional.
Argentina, encabezada por la leyenda Lionel Messi, volvió a ser protagonista dentro y fuera de la cancha. Las polémicas arbitrales alimentaron el debate entre aficionados, pero nada de ello opacó un Mundial que regaló emociones, historias memorables y partidos que permanecerán en la memoria de millones de personas.
Al final, este Mundial nos recordó que el deporte tiene la capacidad de unir lo que la política, las diferencias ideológicas o los problemas cotidianos muchas veces separan.
Durante algunas semanas volvimos a emocionarnos, a creer y, sobre todo, a sentir que pertenecíamos al mismo equipo.
La pregunta que deja este Mundial no es si México puede llegar más lejos en una cancha. La verdadera pregunta es otra: ¿y si sí podemos construir un país donde nuestras coincidencias sean más fuertes que nuestras diferencias?
Cuando dejamos de vernos como adversarios y comenzamos a reconocernos como compañeros de equipo, descubrimos que juntos siempre seremos más fuertes.
Gracias, fútbol.
Gracias, Selección Mexicana